La festividad de mi madre

mamáComo cada diecinueve de marzo, la memoria viene explorar las emociones y a explicarle a la sangre que corre por mis que la vida tiene una pauta marcada para rememorar tu nombre. Son estas horas las que nos revientan el alma con puñales de dolor. Son estas claridades, que van abriendo la mañana con preludios de primavera, las que se cuelan por los quicios de la ventana como esquirlas que se clavan en el corazón, las que restañan las ausencias hasta convertirlas en nostalgia.

El aroma del azahar, de los naranjos que alzan en mi calle, profana la dulzura del recuerdo, los primeros y más entrañables, cuando nos descubrías esta hermosura que es la vida con la entrega de la tuya. Siento cómo el tiempo se hace dueño de mis años, cómo se aferran al espacio y retrocede para verte anclada en la estancia, sentada y observando cómo nos movemos a tu alrededor, como una pavesa incapaz de emitir ningún sonido porque cualquier gemido puede quebrar la felicidad que se presentaba ante tu mirada. No soy capaz de restringir mis emociones ni de contener esta furia que nace en mi interior y que me impide besarte. Añoro el tacto de las manos que me impusieron, por vez primera, una túnica de nazareno de la Borriquita y luego ese merino que cubría mis hombros y que enseñoreaba mi figura camino de una Basílica donde reside la Esperanza.

Vienen a mí las imágenes de mi niñez alborotando mis sentidos. Vuelvo a recorrer las estrecheces de unas calles, de un pueblo, que fueron configurando el tiempo en el que los hombres son felices. Cogido a tu mano y mirándote aparecías como una diosa ante mi pequeñez, desando el camino de los años para recuperar el sentido de la vida. La maternidad, suave, eterna y bondadosa, se proyecta ahora para destrozar cualquier atisbo de razón, para desmembrar la cadencia de las horas que se convierten en suspiros. Y no hay forma de parar el tiempo para que permanezcas siempre joven, con el vigor que procura el amor, con la brillantez de sentirte como la bienhechora que daba cobijo y amparo a nuestra inocencia. Allí habitábamos. En ese lugar seguro que es la maternidad.

Veo, a través de mi ventana, cómo se despeja el horizonte y se apodera del ambiente la nitidez que unas brumas mantenían cautivas. Comienzo a deshacerme de esta nostalgia que me retuerce el alma. Soy un ente prescindible ante la grandeza de la mujer que un día vi frente a mí, ante los brazos que me alzaban para realizar una foto de estudio o para elevarme sobre la multitud y viera cómo se transfiguraba la Virgen, con el sol del mediodía, en la Resolana. Soy un tipo al que maneja el tiempo y me acuno sobre la barandilla de los sueños, yendo a la calle Patricio Sáenz para ver a mis abuelos y encapricharme de un caballo de cartón, corcel de mil aventuras, que guarda en su interior todos mis anhelos. Soy un hombre atrapado en los deseos de un beso que siempre me quedó por dar en un día como hoy, removiendo mis entrañas, transformando mis recuerdos en lágrimas que vienen a morir en la comisura de unos labios que añoran hoy la ausencia.

Hoy es fiesta en mi corazón por mucho que hayan ennegrecido la fecha la fecha en los calendarios. Hoy conmemoramos el día que puso nombre a la mujer que nos dio el ser, que nos infringió lecciones magistrales sobre la humildad y la bondad, que nos hizo ver que siempre hay dignidad donde se obra con amor y que los bienes materiales se suplen con un abrazo y un beso. Hoy recordamos, en esta festividad de San José, a nuestra madre. Siempre con nosotros, siempre en nuestro recuerdo que es la mejor manera de perdurar en la vida. Muchas felicidades, mamá.

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