Tiempo de Cuaresmas. Anuncios de naranjos y magnolios

naranjos y magnolios“Se entraba a la calle por un arco. Era estrecha, tanto que quien iba por en medio de ella, al extender a los lados sus brazos, podía tocar ambos muros. Luego, tras una cancela, iba sesgada a perderse en el dédalo de otras callejas y plazoletas que componían aquel barrio antiguo. Al fondo de la calle sólo había una puertecilla siempre cerrada, y parecía como si la única salida fuera por encima de las casas, hacia el cielo de un ardiente azul. En un recodo de la calle estaba el balcón, al que se podía trepar, sin esfuerzo casi, desde el suelo; y al lado suyo, sobre las tapias del jardín, brotaba cubriéndolo todo con sus ramas el inmenso magnolio. Entre las hojas brillantes y agudas se posaban en primavera, con ese sutil misterio de lo virgen, los copos nevados de sus flores. Aquel magnolio fue siempre para mí algo más que una hermosa realidad: en él se cifraba la imagen de la vida. Aunque a veces la deseara de otro modo, más libre, más en la corriente de los seres y de las cosas, yo sabía que era precisamente aquel apartado vivir del árbol, aquel florecer sin testigos, quienes daban a la hermosura tan alta calidad. Su propio ardor lo consumía, y brotaba en la soledad unas puras flores, como sacrificio inaceptado ante el altar de un dios”*

            Nadie como Cernuda ha descrito una Sevilla tan íntima, tan introspectiva ni tan recóndita, Nadie como este poeta, al que el atrofiado pensamiento de unos pocos, desprovistos de razón y cordura, de cultura y saber, anatemizaron por sus conductas y maneras, enviándolo al doloroso estadio del exilio, ha conseguido transmitir los sentimientos y las sensaciones que se esconden el corazón que los sevillanos compartimos con la ciudad. Nadie como Cernuda supo transfigurar el alma de su ciudad, de la pequeña patria por la que corrió y descubrió el mundo, el placer, la luz y la soledad.

El magnolio es el fruto inalcanzable cuyo jugo revitaliza el alma, la fuente de la vida a la que nunca tenemos acceso porque las fuerzas centrífugas de los poderes fácticos nos la ocultan. El magnolio no es sólo el hermoso árbol que preside y enseñorea el patio de juegos, de encuentros y escarceos amorosos, testigo anquilosado de la furtividad de unos besos que buscan los labios sorprendidos de otro joven, es la meta inalcanzable de la felicidad, el deseo inaccesible que se muestra tras la verja de la intolerancia y que invalida las emociones ante la posición de poder de la autoridad intratable y el autoritarismo.

El magnolio ha caído sin que nosotros hayamos podido hacer nada. Se ha consumado la debacle. Nos han sorprendido y no hemos sido capaces de reaccionar. Ni siquiera con la belleza del recuerdo. Nos han expatriado sin desplazarnos de la tierra que nos vio nacer, nos han confinado al lado oscuro de la memoria y el recuerdo, nos han desposeído de la remembranza y la nostalgia, convirtiéndonos en seres anodinos, despreocupados, carentes de sacrificios y desmotivados. No vemos incapacitados por la acomodaticia situación de esta engañosa sociedad bienestar que nos presentan de manera virtual y carente de acercamiento.

Han abatido, sin que nadie ponga el grito en el cielo, una hilera de naranjos que alegraban primaveras y aromatizaban las caídas de las tardes. Nos han hurtado, sesgando sus troncos, el romanticismo de una visión descuidada, el remanso de quietud que anegaban nuestras almas cuando los veíamos florecidos o cargados de frutos. Han arrancado, con la violencia de quienes no entienden que el fragor del azahar es un suspiro de Dios en estos días previos a la Semana Santa, el romanticismo que viene adscrito a la leyenda que versa en el aire cuando ondea su fragancia en el aire y nos advierte de la gran dicha.

Ya sólo podremos, como Cernuda evocaba su magnolio, en el atroz exilio mexicano, aún sabiendo que otras manos lo arrancado, evocar la bucólica imagen del verdor pigmentado por el azahar y romper la furia con una lágrima de sentido recuerdo. Sólo nos queda añorarlos, creer que aún viven cuando recreemos, en los fastos de la nostalgia, la vida que fue, la gloria que pervive del recuerdo y los años que nos anunciaron la llegada de la Semana Santa.

 

*El magnolio. Fragmento de Ocnos. Luis Cernuda.

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