Tiempo de Cuaresma. In memoriam a mi cuñado José María

los negritosVio pasar ante él aquel reguero de luces, enhiestas, majestuosas, portadas al cuadril por aquellos seres que parecían provenir del pasado, extraídos por la magia de la ciudad, del torbellino del tiempo para asombrar en el futuro. Caminaban; de vez en cuando se detenían y las luminarias fluctuaban mecidas por la meliflua brisa que se filtraba por las ramas de los árboles, que habían iniciado un complot de caricias con los balcones próximos. La tibieza del aire primaveral anegaba los límites de aquella plaza y el olor a cera derretida, a incienso avainillado, a dulces garrapiñadas que elaboraba artesanalmente una joven en un volquetillo estratégicamente situado sobre el promontorio de la acera, le provocaba una sensación desconocida, misteriosa, incomprensible, inaudita.

Era la primera vez, en su menuda existencia, que contemplaba un desfile procesional en Sevilla y sus sentidos aún estaban desubicados intentando asimilar tanta grandeza. Alguien siseó, advirtiendo con su gesto que algo maravilloso habría de ocurrir de inmediato. Los nazarenos seguían pasando fantasmagóricamente, descubriendo con la luz de sus cirios rostros absortos, contraídos por la sorpresa, resaltando el brillo de unos ojos, profanando la oscuridad del espacio, alterando el ámbito cromático que adquiría tonalidades inverosímiles.

Una marea de fulgurante resplandor fue precipitándose al abismo de la esquina inundando sus ojos de belleza y muerte, de sobrecogimiento y admiración, de sorpresa y trance. El cimbreo de la cruz parecía querer romper las aristas de la noche, deshacer la quietud de su espíritu para convertirla en un maremagnum de emociones contrapuestas.  Oyó, en los límites de aquel altozano, una voz de mando, serena, concreta, contundente, dogmática y el paso, nigrománticamente pues sus sentidos aún no habían sido alertados por las conmociones que tendría que vivir, inició lenta, pausadamente la vuelta para reemprender el camino. Un camino que lo pondría en frontispicio a Él. Le susurraron que aquel era el Cristo de la Fundación, el Señor de los Negritos, el Dios que quiso morir para que los hombres entendieran que no hay motivos de diferenciación ni menosprecios por el color de la piel, que no ha de haber conflictos entre hermanos por el mero hecho de su procedencia. El Dios de la tolerancia, El que a él le mostraban en su austera tierra castellana como distante y alejado, se exponía delante suya con una proximidad que le pareció herética, con toda la crudeza de su muerte, para significarle que los límites de la vida están comprendidos en el arco de amor que abarcan sus abiertos brazos; que quien huye del abrazo del hermano está volviéndole la espalda a su sacrificio, que el hijo de Dios no se hizo hombre para sucumbir en la intolerancia de su prójimo, ni dejó que lo humillaran y se burlaran de Él por San Esteban para que inocentes padecieran la desconsideración y el ninguneo de quienes se creen superiores por el mero hecho de poseer la fuerza, que no abrazó la Cruz en San Roque y se inmoló en la hogueras del amor para que constantemente inflijamos martirio con nuestra material suficiencia a quienes menos poseen.

Dios pasaba frente a él en el tabernáculo caoba que recogía todo su amor. Los cuatro faroles extralimitaban el perímetro de su Redención. El hombre de la voz ronca y autoritaria ordenó detener el paso junto a él. Cruzó la mirada con el Señor y ya no pudo desprenderse de Él.

Aquellos días pudo reconocer a Dios en muchos lugares. Le vio por la Magdalena bajo la susurrante melodía coral de los pájaros que descubrían con sus cantos las primeras luces de la mañana del Viernes Santo; con la dulzura del sueño aun reflejado en su rostro, comprendió que aquel arrullo de bondad se entonaba anunciando un mensaje de salvación y que la silente observación de quienes estaban presentes en aquel espacio, no era sino la confirmación, una vez más, de que en esta ciudad se cumplían los designios vaticinados por los grandes profetas de Israel; que el acompasado vaivén del palio de la Virgen de la Presentación no era un movimiento casual, ni un juego caprichoso de la brisa mañanera, porque si se presta atención se pueden oír con claridad absoluta los salmos que entona Nuestra Señora para su Hijo, recordando que un día lo tuvo reposando en su hombro mientras soñaba, desposeído del dolor y del martirio; se conmovió con el maremagno glorioso y estridente, con la melodía sorprendente de unas cornetas de sonidos imposibles que acompañaban a Jesús caído mientras cruzaba un puente de espumas y caracolas; se turbó con la belleza que se le presentó in situ, bajo un palio verde confeccionado en los talleres de la gloria de Triana, con caídas de amor y cimbreos de esmeraldas extraídas del corazón de sus hijos que entre vítores, aclamaciones, vivas, proclamaciones regias, exhortaciones pintureras, revuelos de saetas, miscelánea de dolor y alegría, de pena y júbilo, devolvían a su casa a la Madre Soberana, Emperatriz de la belleza, que anegó el cauce de Pureza con la virtud de la Esperanza; estuvo presente en el momento, para maravilla de su fervor, en que María necesitó de la clemencia y ayuda del prójimo para poder descender a su Hijo de un patíbulo inmerecido, Necesidades que fueron atendidas porque en los hombres todavía hay signos de la benevolencia primigenia con la que Dios nos concibió; buscó por la Costanilla a Jesús cuando caía por tercera vez y percibió, en aquel monte de claveles y lirios, la fuerza solidaria de Simón Ciriné; fue testigo del maravilloso poder del Señor en la Conversión, de un ladrón que quiso en el momento más sublime de su vida, en las postrimerías de su existencia, ser cordero en las praderas del paraíso que ya se le anunciaba.

Nada, aún siendo muy grande cuánto pudo contemplar en aquel lejano Jueves y Viernes Santo, llegó a conmoverle de manera tan sobrenatural, a sostenerle el alma en el pretil de sus sentidos, como aquel intercambio de miradas y pensamientos con el Cristo de la Fundación.

Durante muchos años quiso acompañarle en la tarde del Jueves Santo por las calles de esta Jerusalén occidental, que no tiene Jordán pero tiene Guadalquivir. Y quiso ser nazareno de Sevilla, que es una de las cosas más importantes y serias que puede una persona llegar a ser. Con su hábito blanco y su escapulario azul Inmaculado dio Luz al Dios de la Luz, pregonó con su silencio penitencial el más bello de los mensajes, adquirió el compromiso demandado por quien otorga la vida con el misterio de su Resurrección. Enfundarse el antifaz significaba alterar el devenir y rigor del tiempo regresando al primer momento en el que tuvo certera constancia de que Dios verdaderamente se sacramenta y materializa en el espíritu de la vieja ciudad y que cabe, para misterio de la fe, en el intercambio de una mirada.

Pero quiso ser aún más y en muestra de su desmedido amor cambió la túnica por el costal, se desprendió del esparto y se ciñó a la cintura una faja; se descalzó sus sandalias y se colocó unas zapatillas, el rezo se acompasó con el racheo de sus pies, las cuentas de su rosario las fue marcando cada una de las chicotás. Fue entonces, bajo el trabajo compartido y solidario, cuando comprendió y acató en su plenitud la grandeza redentora que llevaba sobre sí, y descubrió el misterio insondable que sólo a unos pocos se da a conocer: que la bondad de los corazones radica en la gran concesión de amor de Dios y que sólo el hombre puede llegar a ignorar el mensaje de su propio Creador.

Pero un Jueves Santo, cuando la tarde vertía la grandeza solemne de su sol por la gran Ronda sevillana para que germinara la flor de la belleza y el esplendor de la mujer enmarcada en el arabesco del carey de una mantilla, no pudo acudir a su cita de amor de cada primavera. Porque el Cristo que le descubrió a la vida y a la teología sevillana, el Cristo del que fue sus pies, el Cristo que se inmoló por todos, le reclamó con urgencia porque se necesitaban ángeles para cuidar a su Madre. Y entregando su corazón acudió raudo a su llamada y para su postrer e inesperado tránsito, forjó un hatillo donde introdujo un pensamiento de amor para los suyos, un costal, una faja y unas zapatillas, y emprendió el camino para la igualá definitiva, dejándonos a los que le quisimos, un vacío hondo y doloroso, que el tiempo aún no ha logrado mitigar porque el recuerdo nos trae su sonrisa, su compromiso de cristiano coherente, una lección de amorosa fraternidad que ha marcado nuestras vidas con la serenidad y entrega de la suya, legándonos la lección magistral de que no hay mejor ejemplo vital ni mayor referente que el de Dios y que él descubriera, la noche de un lejano Jueves Santo, en los ojos del Cristo de la Fundación.

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