Tiempo de Cuaresma. Los elegidos

COSTALEROS-SENTNCIASe ha implantado un extraño silencio en su entorno. Hay una premonición de fasto grande en el ambiente y las voces sólo irrumpen para destacar la labor costalera, el semblante del carismático capataz o alabar la grácil y pretoriana presencia de la soldadesca romana que da escolta y protección al Señor de la Sentencia.

            Es una mañana de fiesta ésta del Viernes Santo. Hay una corriente sentimental que va arrasando por donde pasa, que va destruyendo barreras cuando el sol se hace oro en la canastilla, como en la madrugada se hizo la luna pincel para derrochar la plata por sus esquinas -esas que prenden recuerdos de Marmolejo, el viejo orfebre sevillano que hizo cielo un camarín-, o plasmándose en repujado de las corazas de los oficiales romanos que salvaguardan al Hijo del Hombre.

            El misterio va atropellando la razón de las miradas que se agolpan en las orillas de una resolana que parece empequeñecer, que minimiza sus espacios, donde desaparecen las esquinas, donde se disipan los cantillos que van delimitando el trazado urbano, donde se espeja el semblante más recio, donde se reza cantando, donde impera la alegría por saberse sentenciado a la paz de su mirada, donde el temblor se hace dueño de la piel, incapaz de controlarlo.

Hay un niño, absorto en su menester, que busca un indicio de belleza en el acompasado vaivén de los faldones morados, barreras sedosas que parecen entonar los salmos populares de otros tiempos, que van ocultando un secreto que a muy pocos es dado conocer, el idilio de amor de unos hombres que mantienen el deber de sentirse macarenos, qué suerte poderlo ser, en el ejercicio fervoroso de ser pies de Quién es Rey de sus nortes, el que les hizo comprender que no hay mejor esfuerzo ni mayor entrega que ser costalero por amor, servidor de la dulzura que se enrola en el clamor del pergamino que sostiene el relator de la Sentencia más bella con la que les premia Dios.

¡Cuántos secretos escritos, con la tinta del sudor, se guardan bajo las trabajaderas! ¡Cuántas deudas de amistad, ay si pudieran hablar, cuanto compañerismo forjado en la lealtad al origen del sentido, ese empezar a soñar que es vivencia intranquila porque el día parece no llegar y cuando llega se marcha diluida en el andar presuroso de las horas! ¡Cuántos esfuerzos unidos por la mera condición de participar de una gracia concedida por el mismo Redentor! ¡Ay quién pudiera escribirlos, recoger la sensación  de ser testigos directos de la entrega del Señor, de cómo te marca el sendero –aquí de costero a costero, esa vuelta sobre los piés, vamos a darle más paso, echarle cuenta Miguel, vamos a romper de costero que es como mejor se me ve bien-.  ¡Qué equivocados están quienes piensan que aquí llegan por su propia voluntad! ¡Cómo yerran al hablar, cómo se engañan ellos mismo! La cuadrilla del misterio, de este Señor de Bondad, se comienza a conformar en las glorias celestiales, antes de nacer incluso, cuando sólo somos un sueño, una hermosa irrealidad, ya te empiezan a igualar, ya te imprimen el carácter que te va a diferenciar. Quedarás signado por siempre, para la eternidad, para cuando vuelvas a la gloria, prendido con tu costal, bien ceñida la faja, puedas al fin pregonar que fuiste su costalero, que lo hiciste por su amor, que no buscaste más cielo que procurar su esplendor, repartir, sin ninguna pretensión, el mensaje fraternal, el de la Verdad que Tú fuiste y que muchos reconocieron en el andar de estos sevillanos nobles, que supieron propagar lo que otros ya anunciaron con su esfuerzo y su sudor, y que no hay premio mejor ni más plena indulgencia que haber sido costalero macareno, que es ser fiel servidor de Dios, cuando se lleva en los hombros al Cristo de la Sentencia.

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