Tiempo de Cuaresma. Tabernáculo de Dios

ABUELA-CARMENMi recuerdo es el recuerdo de otros que antes evocaron. Mi memoria es la sangre que corre por mis venas, el campo acotado donde implantaron la semilla y luego me soñaron. Yo retengo imágenes que no he vivido, momentos que no he presenciado, lugares donde jamás he estado. Yo he vivido sensaciones que nunca experimenté aunque la conciencia se obstine en dictarme que las viví, o acaso las soñé aún cuando todavía no existía y era sólo ánima en busca de cuerpo.

            Mi voz son las palabras que otros retuvieron, que pregonaron en campos de sueños sin saber de la trascendencia de su clamor, del alcance de su grito. Yo busco en el olvido mi presente porque añoro ese pasado que no es mío, que no me pertenece, pero que siento grabado en mi alma porque así se me ofrece el futuro.

            Mi rezo es la letanía de unos labios que bisbiseaban en el reclinatorio posicionado frente al origen y final de esta historia, jaculatorias que brotaban de una voz rota que pedía por los suyos, por los próximos, por mí, aun sin tener todavía conciencia de mi existencia, de mi concreción y mi nacimiento.

Mis lágrimas fluyen de la fuente de otros ojos que se vieron sorprendidos por la cegadora luz de una mirada que rompía amaneceres, que oscurecía mañanas, que eclipsaba los rayos del astro rey, que lo desterraba al reino de las sombras, una mirada capaz de revertir las penas, de transformar la pasión en sosiego y la calma en frenesí.

Mis sentimientos son los que ya eclosionaron en otra alegría, en los vítores que salpicaban de honor y gloria las paredes encaladas de las casas de vecinos, en el fragor de una batalla de emociones que se libraba en las casas puertas, en las esquinas, en las orillas de las calles, en los balcones abiertos donde se colgaban blasones domésticos que se tornan en regios gallardetes cuando el cante, hondo y profundo de la gente de las huertas, rendía pleitesía a la Bella Dama que les saludaba.

Mis penas fueron amortizadas por unas viejas manos que estrujaban el delantal negro donde se refugiaban, cuando el dolor y la congoja se saciaban en sus carnes, cuando las necesidades acuciaban y entonces, solo Ella era capaz de prestar el auxilio solicitado, la llamada siempre atendida, el ruego siempre escuchado.

Yo soy testigo de un sueño que otros ya soñaron, de una historia de venturas que otros ya disfrutaron, de la creación de un paraíso donde otros ya arraigaron, donde nadie es expulsado, donde todos tienen cabida, donde quién llega se duerme y se acoge, sin dudarlo, a la reconfortante sombra que procura el verdor de su manto, donde un río sacia la sed del que ávido de amor en sus aguas se sumerge. Yo soy testigo de un tiempo que otros ya habitaron y que luego me cedieron, dejándome saborear la antigüedad de su paso, para cuando cogiese el testigo, se actualizara en mis manos el testamento de amor, que yo he de poner en un vado donde otros ojos, otros labios, otras manos, vuelvan a tener estos tiempos, estos años, esas penas, los sentimientos, las lágrimas, el rezo, la voz y el recuerdo que en mi alma impregnaron.

Todo esto me llegó, sin siquiera yo esperarlo, en el aleteo de un amor, en la guía de una mano, que yo recuerdo sencilla, vencida por el trabajo, de una inmensa dignidad, que me acercaba hasta el trono donde el resplandor de una Reina le procuraba aquel llanto, disimulada en la risa y en el temblor de sus labios, que no acertaban a pronunciar lo que me estaba enseñando, lo que me estaba legando.

Yo soy la visión vidriosa de mi abuela, la mañana de un Viernes Santo, muy cerca del Pumarejo, un lugar donde se tornan los silencios en alabanzas, donde hasta las piedras proclaman la grandeza de su nombre, desde donde se acercaba, llevándome de la mano, para mostrarme el Tabernáculo de Dios y verdadera Esperanza de los hombres.

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