Tiempo de Cuaresma. Blanco nazareno del Amor

NAZARENOS-DE-LA-BORRIQUITAPor la ventana comenzó a asomarse la mañana. Durante aquella madrugada apenas pudo conciliar el sueño y su descanso se vió alterado por un ir y venir del sopor a la duermevela, del amodorramiento a la vigilia. El tiempo parecía haberse detenido y el transcurso de las horas, estancado en las manecillas del despertador que jugaban con su realidad mostrándose extremadamente lentas, cansino discurrir por la esfera que le exasperaba aún más, provocando un desencuentro entre lo real y lo ficticio, sin poder llegar a separar qué era cierto y qué mentira en aquellas tinieblas que se obstinaban en alejarle de la dicha anhelada.

            Fue como un destello mágico, como la figuración que se concreta de improviso para hacernos felices. Primero fue el desvanecimiento, lento y pausado, de la oscuridad que se había apoderado de toda la estancia. Después, vencida ya rotundamente, la clara luz fue anegando la totalidad del espacio hasta convertirlo en un vergel de luz y colores, mostrando los detalles superfluos en los que no solía reparar, el viso dorado del aldaboncillo de la puerta del ropero, el brillo exultante de la madera barnizada, el albor de los visillos, filtros para moderar la intensidad de la luz en las mortecinas tardes del verano, amortiguando la calima, y ahora columnas sedosas flirteando con las cuadrículas de las ventanas, donde se recogían gracilmente en su mediana.

            Con el advenimiento de aquella primera luz del día, el cansancio se fue diluyendo en la alegría, la falta de sueño se transmutó en incontenible júbilo y con una agilidad felina pocas veces expresada, como si un resorte nigromántico le hubiera catapultado desde la cama hasta el mismo alfeizar, se situó junto a la ventana y toda la grandeza luminotécnica desprendida de los bastidores del cielo, se mostró frente a él. Era Domingo de Ramos, el tiempo se había cumplido. Desde la cercana parroquia llegaba el repique glorioso que anunciaba la procesión de palmas y en la lontananza, en aquel paraje lejano y exótico entonces, se adivinaba la venturosa consumación  del ansia.

            Cuando miró a su espalda le fue revelada la gran dicha. Colgada del raíl de las cortinas, la medalla dividiéndola en dos, la cola sutilmente recogida en la cintura, con un alfiler, para evitar el roce con el suelo, el pequeño cinturón de esparto vigilando, desde su descanso en una silla, el contorno del hábito, se encontraba la túnica, aquel ropaje con el que se investiría, recordando el rito de sus mayores, devolviéndole la memoria a la memoria que habitó en otros, en poco menos de unas horas para la realizar su estación de penitencia.

            Se cinceló una sonrisa en su rostro que ya no habría de abandonarle en siete días, toda una eternidad aquella mañana, toda la vida en una semana, para contemplar y compartir las sensaciones, a deshojar la sensibilidad que ya comenzaba a desmembrar en su conocimiento, implantándose en el alma.

            El descubrimiento de aquella alegría vino a consolidarse, y a incrementar su espiritualidad, con el transcurrir de los años y cada primavera, cuando la luz se transforma para mostrar la transparencia de su claridad y espejarse en la plata, o en el repujado dorado de las cruces de guía, retornan a él aquellos momentos, la sonrisa reflejada en el espejo del alma, y el tacto de una mano que se aferró a la suya para transmitirle el Amor de los amores, que se cobijaba en aquel templo inmenso, unido al tronco de la cruz, dormido en Su entrega sin límites, desenterrando de su memoria aquella tarde de ensueño, la de aquel domingo de ramos, en la que descubrió su Amor, al llegar la Salvador, con mi madre de la mano.

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