Tus Dolores son mis Penas*

NUESTRA-SENORA-DE-LOS-DOLORESLlegó como aparece la vida tras el desastre, vencedora y triunfal, sobreponiéndose a la propia hecatombe de cada existencia, revocando la desgracia y anunciando la ventura. Vino con un aura de felicidad, extiendo su dicha por el vergel que le habían preparado, dispuesto para que el tránsito del dolor a la gloria apareciera como se salmodió en las bienaventuranzas –“bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”.

Atravesó la espesura de las almas con el mismo puñal que le perforaba el pecho, asumiendo su dolor, su condición de Madre Redentora, para deshacer las penas que le llegaban desde las invocaciones. Radiante, este nuevo sol que se aposenta en la tierra, que se hace dueño de los espacios llenando de luz los recovecos de la razón que intenta perderse cuando es abatida por el dolor.

Mira los ojos implorantes de la Virgen de los Dolores y encontrarás un motivo para la existencia; comprenderás que no hay facilidad ni alegría en la vida que no llegue tras la pena. La Virgen llora por el tormento al que someten al fruto de sus entrañas, por la tortura que ha de preceder el anuncio que ya los grandes vaticinaron  como preámbulo para salvación del género humano.

Viene sedada por la música, mesura y compostura de las notas que se van conformando para atenuar su suplicio de ver al Hijo caído, derrumbado bajo el peso de la cruz, y aún así continúa aferrado al patíbulo del que ha de pender. Los ojos de la Madre buscan una explicación, mira al cielo donde reside el Padre, en espera del mensaje del enviado, el mismo que la sorprendiera en habitación, treinta y tres años antes, y donde Ella se puso al servicio del Creador, “hágase en mí según Tu palabra”.

Cuando San Vicente se abra para acogerla de nuevo, habrá reflejos de cielo en el fondo de sus ojos. Los luceros son ahora los que buscan el consuelo y se espejan en el  fondo de la mirada de la Madre. Los naranjos de la calle van pregonando ya el duelo, extendiendo el dolor por el Hijo caído. El fulgor de los luceros se ha desprendido del universo y el esplendor de su azogue se ha apostado en el techo del palio, donde ya habita el dolor, donde se alojan los miedos de los hombres, la debilidad de su espíritu. Qué habremos de temer viendo el candor de tu rostro, el clamor de tu mirada. Qué habremos de soñar cuando tus ojos descubran la derrota de la muerte, cuando el alma se abra al poder de la Verdad.

Si mis dolores son tus penas, hoy te vengo a consolar. Qué suerte poder mirarte y que mi rezo desarme la arquitectura del pesar que trata de hundir el signo de la Verdad, la implantación de la alegría que en tres días ha de llegar. Vuelve, esos tus ojos misericordiosos, a quienes te venimos a orar, para saciar el destino que trata de condenar la redención de los hombres. Busco Señora, en tus ojos, la paz de en la eternidad.

 

*A la familia Ciria González,  a la que tanto quiero.

 

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