La mejor estación de penitencia

la mejor estación de penitenciaHa pasado la Semana Santa con la fugacidad con la que se tiñen de verde los sueños. No hay amaneceres perpetuos como no hay ocasos eternos. En ese arco, donde todo tiempo tiene marcado un fin, se enclaustran momentos sublimes e imágenes que quedarán prendidas en el mejor papel fotográfico que existe: la memoria.

Se fueron abriendo los cielos conforme avanzaban los días. Hacía muchos que la lluvia no nos permitía acercarnos a la gran dicha de la contemplación, a expresar los sentimientos y las emociones rezando a las Sagradas Imágenes que nos acercan a Dios, que nos avituallan de rigor penitencial para el resto del año. Ahítos de la proximidad de la Virgen salimos a la calle a su encuentro, a recorrer el camino de la nostalgia que nos acerca a la infancia y a los seres queridos, que ya no están con nosotros, que nos enseñaron a querer con desprendimiento porque quienes esperen recompensa por la entrega del amor fenecerá en sus propios egoísmos.

Han sido días de intensidad emocional incontenible. Jornadas engrandecidas por las oraciones y las peticiones, pero también por el gozo y la alegría de sabernos poseedores del privilegio concedido a esta ciudad donde es posible ver a Cristo mismo abrazando una cruz, entrando en Jerusalén o a su Madre ofreciendo el dolor por la entrega descarnada del Hijo. Sin mebargo debemos reflexionar sobre algunos acontecimientos que vienen desvirtuando esta fiesta que rememora la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

La solemnidad de las procesiones está siendo vilipendiada por un sector de “espectadores” siempre preocupados en no reconocer más valores que la espectacularidad de los movimientos, no siempre gratos, que procuran esa nueva raza de prohombres en los que convertimos a los costaleros. Jamás han andado los pasos tan bien como lo hacen ahora. Pero no hay que confundirse y menos en los tiempos actuales en la que la mayoría de las cuadrillas están formadas por hermanos. No es culpa de ellos y sí de la confusión de algunos que vitorean sus acciones como si actuaciones circenses se trataran. Gracias a Dios cada vez son menos. Y no digamos de los que ni siquiera se fijan en las Sagradas Imágenes –no digo ya rezarles o pedirles- y centran toda su atención en un músico que deja los pulmones en una corneta. Ovaciones propias del Maestranza o Scala de Milán se otorgan a músicos para los que se piden silencios que no se solicitan ya ni en la Maestranza de Caballería.

Otro tema importante, y que se viene agravando en los últimos años, es la proliferación de sillitas de mano situadas en cualquier sitio de la ciudad por donde pase una cofradía. Se anclan al suelo tomando posesión del espacio como si les perteneciera, como si se tratara de una concesión administrativa del suelo público. Se apostan horas antes y hacen suyo un espacio que debiera ser compartido por muchos más, eso sin tener en cuenta el peligro que suponen para una posible evacuación del lugar en caso necesario. Más debiera preocuparse el ayuntamiento y el CECOP de evitar estos asentamientos en vez de poner obstáculos y vallas en algunos lugares para impedir la contemplación de verdaderos momentos íntimos que llevan a la reflexión y a la meditación. Es vergonzoso cómo se llenan plazas, puentes y calles de estas sillitas impidiendo al gran mayoría de los sevillanos participar de sus tradiciones, con el agravante de la suciedad que dejan cuando alzan sus campamentos, que algunos llevan hasta una pequeña mesa para poder llenar el estómago. Vamos como si fueran al campo.

Gracias a Dios todavía quedan muchas más cosas hermosas a las que aludir de esta Semana Santa de nuestra ciudad y que durante estos día iré reflejando desde esta humilde ventana en la que ofrezco mi opinión. Valores que permanecen y que permanecen a pesar de la excepcionalidad de algunos comportamientos que ya hemos descrito. La espiritualidad que las Hermandades mantienen, a pesar de todo. La entrega de sus hermanos para seguir el ejemplo de Cristo.

Fue el lunes santo. Mediaba la mañana. Un populoso barrio esperaba, con expectación y alegría, la salida de la cofradía que yo iba a presenciar desde un lugar privilegiado gracias a la consideración, inmerecida por mi parte, y a la amistad de la que me honran los componente de esta importantísima corporación. Doy gracias al cielo por haber puesto en mi camino a tan generosos, bondadosos cristianos. Minutos antes de salir me vi sorprendido por el abrazo jovial y cariñoso, como siempre que coincidimos, de uno de sus más destacados cofrades, de los que se dejan la piel día a día, en la entrega a sus hermanos y su Hermandad, de los que la hacen grande sin pedir nada a cambio. Me llamó la atención, cuando ya todos vestían el hábito nazareno, su compostura de paisano y le pregunté si no iba a realizar la estación de penitencia o si su responsabilidad en la unta le confería una participación sin la túnica. Y su respuesta empequeñeció mi condición gentil hasta límites insospechados. Efectivamente, me dijo, mi estación de penitencia va a comenzar un poco después. En un hospital, junto a la cama de un enfermo.

¡Qué gran lección! Mientras el barrio entero, su barrio y su cofradía, se obsequiaban con la presencia de sus sagrados titulares, el cumplía su fidelidad cristiana acompañando al afligido, al que muchos ignoran y abandonan cuando sufren, al Cristo que necesitaba de su presencia en ese momento. Muchos de los que se sitúan delante de los pasos, y que dicen ir de promesa, debieran tomar ejemplo de éste mi amigo y aferrarse a esa cruz con la naturalidad y la sonrisa en los labios con la que me comunicó, una mañana de lunes santo, cómo debe hacerse la mejor estación de penitencia, de quién yo sé quién y él sabe quién es.

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