Veintiún gramos. Ocho segundos

21 gramos Dicen los científicos y los metafísicos que han volcado sus estudios en la justificación de la vida tras la muerte, que el alma pesa veintiún gramos, en base a la diferencia que se manifiesta en el cuerpo de un recién fallecido y el que mantenía cuando aún respiraba. Veintiún gramos que contienen toda la existencia, toda la espiritualidad que nos hace sentir, emocionarnos, llorar o reír. Veintiún gramos que envuelve toda la sustancia vital, que mantiene cautiva las experiencias en los recuerdos, las imágenes y las sensaciones. Veintiún gramos que nos diferencian para alertarnos de una vida eterna. Ese es el peso de la inmortalidad prometida, de la resurrección que nos llevará a la alegría del asentamiento de la fe, de este creer sin tocar ni ver que nos hará libre.

Éste es el peso. ¿Pero y el tiempo? ¿Cuánto dura la eternidad? ¿Cómo se mide la felicidad? ¿Cómo se calcula? El tiempo es una mentira que se manifiesta de maneras extremas, que nos hace vencer o morir en la contemplación o en la espera. El tiempo es un fogonazo en la grandeza del universo o una eternidad en el dolor. El tiempo se ralentiza mientras descubrimos los ojos nos miran con amor o se volatiliza cuando recibimos el primer beso de los labios que añoramos. El tiempo es desesperación cuando vemos cómo se marcha el ser que nos dio la vida o se desintegra en el espacio cuando recordamos el apriete nuestras manos guiándonos en la infancia y el mundo era un lugar seguro y dichoso. El tiempo se estira en el dolor y se encoge en la dicha.

Veintiún gramos y ocho segundos es el compendio en el que se muestra la mayor felicidad. Es la aleación donde se configura la vida y se muestran los mejores sentimientos. Ésta es la gran dicotomía, el espacio universal donde se manifiesta la mayor de las alegrías, el sentimiento del aserto por haber encontrado la certeza de la resurrección aún latiendo el corazón. Veintiún gramos espiritualidad asomándose a los ojos que La ven llegar, aún cuando no esté al alcance de la vista. Es el presentimiento del gran suceso que condiciona y alimenta el alma para todo un siglo, para toda una eternidad. Veintiún gramos que se asoman al filo de unos labios cuando se aproxima y todo el tiempo, toda la eternidad tienen un fin inusual en la linealidad de los ocho segundo que perdura la visión.

No tiene explicación, ni nadie se obstina en buscarla, esta alteración del alma cuando llega, cuando se aproxima, cuando te mira, cuando te ríe, cuando responde a tus súplicas, cuando respira a tu lado, cuando se marcha y ya la vida se va tras Ella. Ocho segundos que son capaces de retener la eternidad. Ocho segundos que suscriben los mejores salmos y las más bellas odas en la memoria. Ocho segundos que se prolongan en la nostalgia y en el recuerdo. Ocho segundos que destapan lágrimas que corren en busca de la bienaventuranza que se muestra bajo la corona invisible y el terciopelo y el oro del manto que La protege. Ocho segundos es lo que tarda en pasar la Virgen de la Esperanza ante quienes llevan horas esperando, secuestrados por el ansia de un encuentro que se resuelve en la precariedad del tiempo. Ocho segundos en los que se renuevan las existencias, se confieren secretos, se alteran los sentidos, se manifiestan las penas que se transmutan en alegrías porque el rostro de la Madre de Dios nos ha sido revelado. Ocho segundos que se funden en la inmensidad del cosmos que tiene su centro en la Macarena. Ocho segundos que guardan todo el peso de la felicidad en veintiún gramos de universo.

Nadie se marcha sin la eternidad de una sonrisa. Todos convienen en la renovación del aura que nos convierte en dichosos, en la purificación del cuerpo y en la transformación del alma que deja de pesar veintiún gramos, porque se nos marcha tras la Bienaventurada, La que nos enseña que la vida dura ocho segundos, aunque nos consuma el tiempo en décadas, que es lo que tardamos en mirar su cara, adentrarnos en sus ojos, oír su discurso y su mensaje y ahogarnos en las lágrimas sin saber que nos anega la alegría cuando la Virgen se acerca.

Ocho segundos bastan para resolver las dudas. ¿Veintiún gramos? Una tonelada nos pesa el alma cuando vemos pasar a la Virgen, miramos su cara y nos llega su Esperanza.

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