Otra feria de la misma crisis.

feria 01Grandes claros al mediodía, aumentando a partir de la media tarde y condensándose bien pasada la medianoche. La madrugada volverá a despejarse. Esto que pudiera parecer el parte meteorológico de una emisora de radio o televisión no es más que crónica resumida de la afluencia de público al Real de la Feria, en los diferentes estratos horarios. El flujo de asistencia de sevillanos es una pleamar según las manecillas del reloj nos acercan o nos alejan del mediodía. Esta es consecuencia de la crisis económica, que está causando estragos en la ponderada, y nunca exagerada, apariencia frente al vecino. A estos extremos estamos llegando. La prepotente imagen del figurón ha venido a menos con los escollos económicos. La pomposidad ha dado paso a la austeridad. La caída en desgracia de todo lo que circundaba el mundo económico ha llegado a la Feria.

            La suntuosidad, y la facilidad a la hora de sacar la cartera, ha caído en el menoscabo y el desprecio. El gorrón, esa especie que comienza a reproducirse con demasiada profusión, da más vueltas que un jilguero en un campo de tenis. Tiempos aquellos en la que las mesas se veían cubiertas de platos con langostinos del tamaño de la manga del chaleco de Harry Potter y de raciones de jamón, lonchas sonrosadas y grasientas, que despegarlas del plato era ya saborear la delicia antes de que llegara a los labios, a las que cualquiera tenía acceso porque el presuntuoso de turno, ese nuevo rico de apariencias banales, necesitaba lucir su condición con la mera pretensión de habitar la gloria por unos segundos. Pena de ellos ahora que la cartera está vacía.

La gente llega al Real con el almuerzo en el estómago, a pasear y tomar una copa en la caseta hasta que los farolillos se prendan en sus entrañas y balanceen sus panzas al son de la brisa de la noche. Es a esta hora, cuando una nueva hornada de feriantes comienza la toma del campo de la Feria, cuando hordas juveniles se introducen para aniquilar la madrugada con una ronda por las calles y una multitud de copas que salen del pertrecho efectuado en las tiendas de los alrededores.

Esta Feria de la crisis es como aquellas de las medianías de los años setenta en la que se puso de “moda” el tronco de lechuga regada con abundante vinagre, pitanza que al menos servía para desviar la sensación de impotencia de una sociedad que comenzaba a verificar los cambios, esos que nos iban a acercar a la igualdad entre las clases. ¡Ay si el tiempo pudiera volver atrás su manillas! Años en los que éramos más felices -sería por la falta de responsabilidades propias de nuestra edad- y más sanos por aquello de la obligada dieta mediterránea, trajinando las calles de la feria, cantando a las puertas de las casetas a las que no teníamos acceso, ni falta que nos hacía, bailando –los que saben hacerlo con dignidad- en el interior de un corro, mientras se jaleaban las letras de una sevillana, a compás de unas palmas y una caña, no como ahora que se necesita un carrito para llevar las guitarras, maracas, cajas acústicas y otros elementos de percusión, que en vez de un grupo de sevillanas, parecen el elenco musical de Pink Floid. No hacía falta crisis en aquella época porque la arrastrábamos ya, venía con nosotros desde que nacimos, por eso aceptábamos aquella manera de celebrar la feria y no echábamos nada en falta. Nos bastaba la alegría y la ganas. Hoy nos sobran los años y algunas promesas de bienestar que nos vendieron ésos a quienes trasladamos la responsabilidad de nuestra felicidad y nos devolvieron la mentira con intereses.

La fiesta popular en su más exacto perfil etnológico, que diría ahora uno de los modernos políticos que lucen copa y langostino tigre en sus manos sin el menor recato, pudor ni vergüenza para quienes apenas pueden darse una vuelta por el Real buscando si todavía está el tío de las lechugas. Esta es la Feria de la crisis, tal vez la modestia pueda devolvernos la fiesta.

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