La resaca y la feria

feria finOtra vez la rutina. Otra vez la ciudad desperezándose tras las fiestas. Si la semana santa nos deja el vacío de la nostalgia, el recuerdo de los mejores y más íntimos momentos, la feria lo que viene a dejar desolada es la alegría que no termina y la cartera. Estos diete días de farándula, de transitar por las calles del Real mortificando el brillo de los zapatos y sorteando coches de caballo y caballistas inconscientes que caminan por encima de los animales sin ningún tipo de reparo, salvajes que ponen el punto negro de señores que pasean con sus corceles con señorío y amabilidad, con ese trato civilizado que merecen, quedan atrapados en el recuerdo de las veladas con los amigos, de la charla sin descanso y de las mujeres que bailan en el estruendo de los equipos de sonido que ya quisieran muchos grupos de heavy metal. ¿Es necesario tanto volumen y tanto jaleo? Como esto siga así, algunos feriantes de la calle del infierno no tendrán más remedio que denunciar a algunas de las casetas por no dejarles publicitar sus servicios de ocio o sus ofertas de tómbolas.

La feria es ya un recuerdo. Seguramente, a estas horas de la mañana, todo el esplendor levantado, todo el boato y la pompa festiva, habrá sido desmantelada y un cúmulo de escombros de maderas, farolillos arrasados y de huesos de jamones desechos, tana apurados que se pueden adivinar el tuétano, esperan apilados a que los servicios de limpieza den rendida cuenta y conviertan en un páramo lo que fue ciudad de la fraternidad y la alegría. Ahora, seguramente, cunda el desánimo y la tristeza donde antes habitó la algarabía, donde se liberaban botellas de manzanilla y se limpiaban platos de frituras y jamón con la misma destreza que eran desarbolados por la habilidad culinaria de un tropel que los asaltaba apenas ponían sus redondeces en las mesas. ¿Se han fijado ustedes lo poco que dura un plato de surtido ibérico o una ración de pescado frito? Es tan efímero que no da tiempo a retener en la memoria su imagen. Y lo que es peor, quién lo pago, el socio benefactor, ni siquiera lo cata y además tiene la delicadeza de fingir lo bien que lo pasan cuando llegan sus amigos, que la verdad, los hay que nada más te reconocen en la feria.

Es también tiempo de la superación de la frustración. Lo que no importaba antes, la grandilocuencia de la alegría, viene desterrada por las cuentas que se apuntan. Llega el momento dramático de la liquidación. ¿Pero tanto he comido y bebido yo, dios mío de mi alma? Y el encargado, mirando al suelo, le intentará recordar las de veces que ha llegado el niño con la novia, y con el hermano de la novia y su pareja, y la familia y los compañeros del trabajo que almorzaron la tarde del jueves y que usted se obstinó en que le apuntaran en su cuenta a pesar de los tibios intentos de sus compañeros por abonar parte de lo consumido. Y… Entonces, para que la perorata no se alargue, no vaya a ser que se acuerde el encargado de alguna consumición no apuntada, saca la tarjeta y cargo a ella, que se pagará en seis o diez meses, que no están las cosas para mermar, a la debilidad economía familiar, con un roto de este calibre.

Ahora, vencidas las jornadas, viene el tiempo de la rutina a indicarnos que la vida tiene también momentos de verdad y nos señalará el camino para reiniciar la normalidad, aunque nos cueste asumirlo. Sentiremos el peso de las horas, tan rápidas que corrían en el Real, encorvándonos hasta la desesperación, observando el reloj parado, de tránsito tan premioso que nos parecerá inútil luchar contra él. Siempre nos quedará el recuerdo, la risa del amigo de verdad, el beso y el abrazo de quienes están cuando realmente lo necesitamos. Sea feria, semana santa o quince de julio están siempre ahí. Sin dobleces, dispuestos a saludarte el día y constatar, con sus palabras, que la alegría es tenerlos y tenernos. Y hacen del año toda una feria.

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