El ancla que fija nuestra vida

besamanos catedralMadre, cúrame. Ya la tienes contigo en el cielo. Gracias Esperanza por haber permitido que siga viviendo. La gloria debe parecerse mucho a ésto. Niña, escucha esta súplica. Macarena no me dejes nunca. Guapa. Socórreme y protege a los míos. Qué ganitas tengo de que estés en casa que ésto está muy lejos. Razón de nuestra existencia. El mundo gira cuando andas. No se puede ser más guapa. Virgencita, qué poco nos queda para vernos. La luz se manifiesta en tus ojos. Qué mi niña salga bien de la operación. Te busco y siempre te encuentro. ¡Cuidado con las flores! ¿Qué flores? Hasta mañana, si tú quieres. ¡Qué pena más grande, Madre, tener que separarme de ti! ¡Sueña con mi niño que se está dializando, que mientras lo sueñes estará con nosotros! Seré mejor por Ti. Que no le falte el pan a nadie, ni el trabajo. Ampárame que estoy solito. ¡No me quiero despertar de este sueño!

Esta hermosa sinfonía se fue repitiendo con los días. Esta letanía de ofrendas y peticiones fueron enmarcando el tiempo de las esperas y diluyendo las angustias porque ya las musitaban conforme se acercaban a Ella. Siempre aliviando desengaños, ¿verdad Joaquín?, siempre atendiendo las súplicas, siempre escuchando a quienes llegan con impronta del dolor o con el estallido del gozo. Porque el remedio a tanto mal se encuadra en ese suspiro que vive constantemente en sus labios, en esa sonrisa que parece determinar la frontera donde se desvanece el dolor y se instaura la alegría. No hay quien quede indemne ante el poder de su figura, quien no se conmueva cuando La siente respirar, cuando La oyen o cuando se manifiesta fijando sus ojos en los suyos.

Es esta salmodia de oraciones la que va construyendo la epopeya de la salvación, la que reescribe constantemente la historia hasta envolverla en la parafina de la redención del hombre que siempre busca auxilio en la Madre que todo lo puede y todo lo da. Vienen buscándola, anhelando aún cuando su presencia pervive en la distancia, recortando la ansiedad con paso lento y ceremonioso. No hay por qué acelerar la conciencia cuando se tiene la certeza del encuentro que nos otorga la resurrección a quienes nos creemos muertos por las banalidades del mundo.

La fastuosidad del templo se minimiza con su figura. Nadie repara en grandiosidad arquitectónica que la rodea porque Ella es capaz de desbaratar cualquier indicio de fastuosidad instruyendo en la bondad y en el amor con tan solo mostrarse. Saben, quienes caminan hacia Ella, que van al encuentro de la felicidad, a refundir su memoria en las manos que se ofrecen. Y recobran los recuerdos que creen perdidos, recuperan los ojos y los besos de los suyos cuando posan sus labios en los dedos de esta Madre que todo lo puede. No hay misterios que queden sin resolver, ni problema al que no se le halle solución. Nada es imposible cuando nos presentamos ante Ella. Todo alcanza su recompensa al mirarla, al cruzar la mirada y quedar prendidos en la retina de la Bienaventurada que trae las esencias de la gente de la Macarena, de esta gente que engalanó sus balcones con mantones, que cruzó fachadas con guirnaldas, que abrió ventanas para que entrara la luz que irradia esta moza de san Gil que nos va haciendo suyo si remisión porque en Ella vemos a la Madre de Dios, a la esposa del Espíritu Santo, a la que es dueña de nuestros corazones y nos hace esclavos de su Virtud.

Quienes llegaban a sus plantas lo hacían henchidos por una emoción que solo se reconoce, y tiene comparación en el beso de una madre. Quienes se ponían ante Ella reconocían su pequeñez y conciliaban sus sueños en el cumplimiento de la devoción. Nadie se fue de vacío tras el encuentro. Nadie queda insatisfecho ni desahuciado porque la Virgen siempre tiene un motivo para hacernos felices, siempre una mirada para saciar nuestra sed y convertirnos en sus hijos. En Ella se cumple la palabra de Dios, la bendición al género humano que nos procura la alegría. Ella disuelve las penas y anega los corazones de dicha. No hay mejor medicina que cruzar la mirada con la Virgen y renueve nuestras ilusiones. Besar sus manos es alcanzar la gloria y la tierra prometida, Ella es quien afianza nuestra existencia en el edén que el pecado nos quitó. Ella es el ancla que fija nuestras vidas y las dota de la mejor condición del hombre. La Esperanza.

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