Dónde anidan nuestras vidas*

macarena La vida. Eso es lo contiene una mirada, lo que retiene en su visión esta Niña que aparece en la mañana, camino de su casa, tras una jornada de ímpetus gloriosos, de excesos de amor, turbada por la eclosión de fervor y recorridos insólitos. La vida que se tiñe se verde, como el campo en la primavera, para recordarnos la fugacidad de nuestro tiempo, que no del suyo, y de la urgencia por apresar las imágenes que nos hicieron enaltecernos y nos acercaron a la gloria, al estado de nirvana que nos procuran los sentimientos, a la caída de la tarde, que arañando la memoria nos trasladaban a la niñez, a la felicidad de aquel mismo día, cincuenta años antes, cuando una mano nos dirigía en la emoción y en la verdad del credo mejor, por calles adoquinadas, por estrechas aceras y casas humildes engalanadas, de fachadas recién encaladas, revestidas con el lujo de los mantones, con flores y con reposteros, colchas que ennoblecían balcones, zaguanes cuajados de jazmines, pilistras y madreselvas, de fotos de Serrano y Arenas enmarcadas con panes de oro, sacadas a la calle como el mejor de los tesoros porque por ellas transitaría la Vecina que faltaba ya una semana de su casa y empezaban a echarla de menos.

La vida. Eso es lo que entregamos cuando se aparece. Ése es el precio que tenemos pagar por verla llegar sostenida en el aire, encaramada en los pretiles del cielo que configurara Juan Manuel en sus sueños para que otros La soñaran, apesadumbrando a la razón que huye a guarecerse en el corazón ante este arrebato de belleza que desarbola sus defensas, que destruye la fortaleza ha ido edificando durante años la inteligencia, para caer aturdía, vencida y sometida ante la hermosura sin fin de la Moza, a la que todos llaman Bienaventurada porque fue la elegida en su pureza para Reinar en la Macarena, para extender su virtud al mundo desde la balaustrada de plata y amor que cincelara Marmolejo, y que reúne tanto poder, tanta grandeza que es capaz de inutilizar a la inteligencia cuando ésta se rebele.

La vida. Este es el diezmo que hemos de sufragar para poder tenerla unos segundos frente a nosotros. Lo que dura una oración, lo que dura una ofrenda, lo que dura una petición. Todo el universo rendido ante nuestros ojos, todas las estrellas concentradas en el resplandor de los suyos, todo el poder de Dios concediendo peticiones, todo el amor del Padre recogiendo las ofrendas, toda la Caridad del Señor aceptando las oraciones. Contemplarla es mantener la certeza de hallarnos frente a María, la madre de Dios, Nuestra Señora, la dueña de nuestros corazones.

La vida. Es lo que entregamos en la espera sin importarnos el cansancio, sin que nos afecte el espíritu, sin aturdirnos en la desazón del tiempo retenido por el ansia, por la insatisfacción de las horas que se ralentizan mientras se va cuajando la ilusión por saberla cerca, porque hay un rumor exclamativo que viene surcando el aire, taladrando su espesura como advenimiento de una gracia que está por llegar, porque resplandecen miradas que van iluminando rostros, porque hay rostros que se transmutan de felicidad, por la felicidad que viene prendida en unas lágrimas que discurren sin freno ni medida por las mejillas hasta la comisuras de los labios donde florecen palabras que suenan a requiebros, porque hay requiebros que se convierten en salmos.

La vida. Es lo que entregamos en la memoria, en el sacrificio primero, la humildad de la gente que coronaron sus sueños, hace ya más de cien años posando sobre tus sienes el oro de sus ancestros. Con el transcurso del tiempo, vino el refrendo de Roma a poner sobre justicia lo que nuestros abuelos asentaron, lo que nuestros padres sabían, que al amor tiene nombre y resuena en Macarena. Cincuenta años después volvimos a nuestros anhelos, a recordar los esfuerzos de quienes te coronaron, de quienes se fueron contigo sin haber cumplido el sueño de una presea alzada en medio de la grandiosidad de la mayor de las plazas concebidas.

La vida. Esa es la consagración de nuestro gozo. La entrega sin medida para ser recompensados por una mirada. ¿Dónde estriba el misterio? ¿Dónde habita la dicha de esta Niña que emerge entre la muchedumbre, que la rodea, la sigue y la proclama como su Reina, como su Madre, como su amiga? ¿Dónde se recogen las almas, dónde se esconde los sueños, dónde la vida se acaba para empezarla de nuevo? ¿Dónde se guardan los recuerdos de quienes fueron a tu encuentro, dónde anida la memoria de los míos, de los nuestros, de los que nos hicieron saber que vivimos en el cielo aun cuando nuestros pies sigan tocando estos suelos, los que nos enseñaron a amarte, los que nos dijeron te quiero y nos pedían solo un beso?

La vida la vimos pasar de nuevo, cuando se cumplían cincuenta años de su proclamada realeza, cuando retornaba a su casa entre clamores y vivas, entre rezos y fragores de grandezas, entre proclamaciones de Reina y alharacas que entonaban la gente de la Macarena, el pueblo entero rendido a sus plantas.

¿Qué donde residen nuestras vidas? En el universo de su cara. En su entrecejo se guarda el mejor y más bello de los secretos. Buscad vuestra vida en él porque allí reside la Esperanza.

 

Foto de Fran Narbona

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