Templanza

templanzaQuienes me conocen saben de mi pasión literaria por Antonio Muñoz Molina. Desde que leí, por vez primera en 1987, su obra inicial Beatus Ille quedé cautivo de su prosa y del estilo narrativo que le distinguía y separaba de cualquier otro autor de su generación. No creo haber faltado a ninguna de sus citas editoriales desde entonces. La verdad. Y continúo leyendo cuanto escribe y cuanto cae en mis manos de su producción. Sus artículos de opinión apresan mi interés y procuro no pasar más de dos días sin leerlo, posibilidad que me facilita acudir a su página web.

Antonio se ha distinguido siempre por su progresismo y nunca ha escondido su ideología, a la que hace referencia constantemente en sus escritos. Pero lo hace desde la mesura y la cohesión a su pensamiento. Eso no quiere decir que comparta todo cuánto escribe. Por eso sigue siendo un referente para mí y sigo recomendando la lectura de su obra para descubrir un paisaje nuevo de esta España que algunos quieren convertir en algo que no es.

Ayer, en su aportación diaria a su blog, escribía bajo el título de Fracturas, lo siguiente:

“En un país atravesado por fracturas tan graves -sociales, territoriales, políticas, económicas-, en el que cada vez es más difícil llegar a acuerdos sobre cosas fundamentales, sobre problemas inaplazables a los que no se hace frente nunca por falta de un mínimo espíritu de concordia, en el que parece cada día más difícil el ejercicio de la opinión independiente y en el que se oyen sobre todo las voces de los que gritan más alto y más agresivamente, en el que el delirio tiene un prestigio muy superior al de la racionalidad, ¿de verdad nos hace falta, justo ahora, abrir una fractura más? Decía Manuel Azaña que él soñaba con un patriotismo arraigado en las “zonas templadas del espíritu”. Qué falta nos hace eso que se valora tan poco en el territorio entre cínico y visceral de la política, la templanza”.

No puedo estar más de acuerdo, en esta ocasión, con el escritor granadino, que lo es por adopción, porque su lugar de nacimiento es Úbeda. Y no puedo estar más de acuerdo porque lo que necesita este país, en estos delicados momentos, en los que unos gurús, aprovechando el aire de desencanto y desámino que ha prendido en la sociedad civil, harta ya de tantos desmanes y atropellos de un sector de la clase política, es templanza, moderación y cognición con la historia reciente. NO basta con salir a la calle, aprovechando la coyuntura de la abdicación, e imponer, como casi siempre sucede en esta nación, el ideario, la ideología –sea cual sea- a base gritos, proclamas y sofismas. Hay que orientar, cualquier petición reivindicativa, dentro de los márgenes que marca la ley, en el ámbito de la jurisprudencia constitucional, esa Carta Magna que aprobamos, por lo visto nada más, el treinta por ciento del actual censo español. Y es cierto. Porque mucho ha llovido desde aquel invierno de mil novecientos setenta y ocho y muchos son los que faltan. Pero también es verdad que la Constitución, en la actualidad, dictamina los órdenes de conducta y reglamenta las actuaciones concernientes a las sucesiones en la jefatura suprema del estado, que se fundamenta en un régimen democrático.

En Sevilla, la convocatoria de los partidos político que mantienen en su ideario la implantación de un república, logró concentrar siete mil ciudadanos, la misma tarde que el rey hizo pública su decisión de abdicar. Y lo hicieron con toda la legitimidad de su pensamiento y con las garantías que les ofrece un estado de derecho, que viene recogida en la actual Constitución. Mostraron su opinión de manera racional y pacífica. Pero mucho me temo que algunos de los que participaron en este llamamiento desconocían el verdadero significado de una república. En ella tienen cabida todos los pensamientos ideológicos, se accede al poder por sufragio universal, o sea, que las mayorías son las que ponen y quitan a sus gobernantes. Más o menos como ahora. ¿Acaso un presidente republicano no tendría una asignación monetaria? ¿Renunciaría a los privilegios institucionales que son afines al cargo?

Creo que debemos mantener la calma, templar las inquietudes y seguir las órdenes constitucionales que rigen en la actualidad. No está este país para fracturas. Ni es el momento, Hemos tenido casi cuarenta años para enmendar los artículos que pudieran considerarse caducos o innecesarios de la Carta Magna. La Constitución no debe estancarse y deberá ir adecuándose a los tiempos. Pero hay que hacerlo con raciocinio, con cordura y siempre buscando el mejor de los fines para el país, de TODOS sus ciudadanos.

Debe ser la edad pero cada día estoy más convencido, como decía D. Manuel Azaña, de la necesidad de “un patriotismo arraigado en las zonas templadas del espíritu”. Pues éso. Educación, conocimiento y templanza. Mucha templanza. Que el que anda deprisa, tropieza. Y ya está bien de que este país siga tropezando en la misma piedra tantas veces.

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