Margarita

VEINTISIETE AÑOSHay un lugar de la memoria que va marcando rutas al corazón. Es la vida misma anclada al alma, sin ambages, sin sutileza ni ambigüedades. Es la razón vencida por el recuerdo de las circunstancias que nos imprimen carácter y nos retrotraen en el tiempo para ser vencidos y humillados por el amor. Ahí reside gran parte de la naturaleza que nos distingue de la irracionalidad, que nos fijan en la sensibilidad para recrear imágenes con lágrimas, que no siempre vienen a señalarnos en el dolor.

Son retratos que transgreden el espacio, que lo acortan y nos lo acercan hasta casi herirnos. Vienen tintados de sepia, porque los recuerdos nunca vienen en color aunque comparezcan con la efervescencia de la alegría. Llegan con la premura de quererse perpetuar y luchamos por inmortalizarlos en el interior, en el poso donde se aglutinan las evocaciones de los besos, de los labios menudos que dibujan menudas sonrisas en la suposiciones de sus sueños. Son imágenes que laten y palpitan con el mismo impulso del corazón. Pero vienen otras empujándolas y luego otras desplazando a las segundas y así, unas tras otras, se recrea una cascada que van precipitándolas a la mansedumbre de una laguna donde reposan, donde serenan sus ánimos y donde placen porque todas ocupan un lugar preeminente, mientras Dios nos lo permita, en la profundidad del alma.

Yacen los recuerdos, como yacen las emociones, esperando la llamada de la nostalgia para sobresaltarnos. Proceden de tus ojos, aunque no sabes que mantienes esa merced, la dote de ofrecernos la felicidad con tan solo un resplandor, que se asoma a ese balcón azabache y blanco, con el centelleo que se abre a la dicha apenas tus párpados juguetean con la luz. Miras y nosotros vemos. Sonríes y nosotros nos alegramos. Penas y nosotros velamos tus sueños para que no alteren la ventura de una risa nueva en el amanecer.

Tenemos miedo porque la locura del tiempo viene a confundirnos, a deshacer la realidad que nos indica que hoy no es hoy sino hace veintisiete años, que no estamos en casa sino en la recepción de una clínica, donde unos brazos, que tú no reconoces, porque tienen otro calor y otros pálpitos, te sostienen en suspensión, porque temen hacerte daño. La hilaridad prende en nuestras almas removida por el recuerdo, por las ausencias también, por quiénes tanto te quisieron, por quienes cuidan y viven por ti desde el lugar donde refulgen todos los arcoíris, donde esperan tus sonrisas desdoblando las capas que solapa la luna apenas aparece en el universo. Sabes, como lo intuimos nosotros, que están lanzando besos con cada brisa que rodea tu rostro, con cada suspiro que llega enfundando en el céfiro que persigue tu presencia.

Veintisiete años en el centro del mundo, implantada donde el amor mantiene su ancla, donde te buscamos para no perdernos, para no confundirnos en el espacio. Veintisiete años hace y parece que aún no has abierto los ojos, ni has pestañeado, ni has lanzado aquel suspiro que taladró nuestras para hacerlas rehenes de tu sonrisa.

Veintisiete años invocando al Dios que tanto nos da para que siga dándotelo a ti, para que ofrezcas a los que te sigan la cordura y el sentido con la que alumbras nuestras rutas, para que sigas enlazando eslabones en la cadena que nos mantiene unidos.

Hoy hace veintisiete años que naciste, que nacimos contigo a la nueva vida. Hoy, como ayer, como mañana, como siempre, viene el recuerdo a herirnos de bienaventuranza con la saeta que surca el aire donde duermen los sueños, a tranquilizarnos el espíritu porque te sabemos cerca, a verificar que la eternidad sigue empotrada en la memoria y, mientras así suceda, sabemos que continuamos engarzando nuestras vidas a la tuya.

Hoy hace veintisiete años que naciste, Margarita. Te queremos no igual, si no más, mucho más, porque hemos tenido veintisiete años para engrandecer nuestro amor.

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