Cuando vea a Dios se lo contaré todo

Contaré todo a Dios   No encuentro nada más dramático, ni más espeluznante, que el grito de un niño atormentado, vencido por el dolor. Y últimamente estamos viendo demasiadas escenas del horror que padecen. La misericordia y la humanidad escasean en estos tiempos donde todo tiene un precio y nada se consigue que no esté vinculado a los intereses de algunos seres sin escrúpulos, a los que poco importan el sufrimiento de sus congéneres. La vida no tiene valor ante la especulación y el enriquecimiento.

En este mundo mediatizado por las redes sociales y donde se proyectan las emociones, los sentimientos y las sensaciones sin el más mínimo recato, donde se ha perdido cualquier atisbo de intimidad y el pudo brilla por su ausencia, podemos comprobar cómo este paraíso idílico que nos han creado se va transformando en el infierno. Sin embargo desde el horror, desde lo más profundo de la degeneración humana, se eleva el ave fénix de la esperanza.

Ha circulado por internet, el infierno de Dante ante nosotros, una imagen estremecedora, un titular que nos debiera hacer pensar y recapitular sobre las actuaciones del hombre contra el hombre. Como decía, el titular no puede ser más dramático: Cuando vea a Dios se lo contaré todo y se ilustraba con una fotografía de una niña herida, agonizante y que según las noticias fallecería instantes después.

Que se enfrenten los jóvenes leones de una manada, para conseguir la supremacía entre las hembras y la mejor parte de las piezas cazadas, puede llegar a considerarse como normal porque las leyes naturales lo marcan y el ámbito irracional, en el que se desenvuelven, bien pudiera justificar estos comportamientos. Extrañamente se exterminan entre ellos y lo único que sufre, el animal que pierde en la contienda, es la destronización de sus privilegios porque seguirá comiendo y viviendo en su hábitat. Sin embargo, el hombre sigue atentando contra su propia especie, aniquilando miserable y cobardemente a sus oponentes, con tal de alcanzar sus propósitos de enriquecimiento. Es la única obsesión. No importa quienes sucumban, quienes caigan, que casi siempre suelen ser los más débiles, los que menos tienen, los que soportan la esclavitud de la pobreza. Nada les afecta ni les conmueve. Sus palabras suelen envolverse en hierro y acompañadas de explosivos.

Cuando vea Dios se lo contaré todo, pronunció la niña antes de morir. Tres años y dando lecciones de amor, destruyendo cualquier indicio de aversión, como invocando al único poder que puede acabar con el horror que vivió, con la miseria que padeció y la inhumanidad de quienes segaron su vida. Dios como único y capaz intermediador para poner fin a la masacre indiscriminada contra otros chiquillos, pensaría en su inocencia, en ese instinto de bondad que guardan los niños. Sus palabras debieran hacer recapacitar a tanto miserable que permite estos actos criminales. Pero seguirán ignorándola, como ignoran al Dios que alaban, esquivando su constante mensaje de amor y fraternidad, tal vez su egoísmo es su propio dios y no creen más que en el fulgor de sus riquezas, de sus ambiciones, de sus codicias y sus rencores.

Dios continuará abrazado a la niña cuando lleguen a rendir cuentas, cuando se presenten ante el tribunal justo, aquellos que propiciaron su muerte, que no la dejaron disfrutar de la infancia que merecían, que le restaron los sueños y le robaron sus ilusiones. Han ignorado la inocente amenaza de esta niña de tres años que estará contando a Dios las miserias del hombre, del sufrimiento que el hombre le procura al semejante, a ella misma, a su familia. ¡Qué vería esta niña para dedicar sus últimos minutos de vida en proclamar, al mismo Dios, las monstruosidades, las atrocidades y las aberraciones!

Dios habrá mesado sus cabellos, limpiado sus llagas con besos y habrá llorado con este relato de la niña mientras se quedaba dormida en su regazo.

A ver si de una puta vez nos enteramos que este mundo es el que tenemos para todos y el único para podre ser feliz como preámbulo del paraíso prometido y no tengamos que oír más como un niño, en su bendita inocencia, tenga que hacer llegar a Dios los desastres del hombre.

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