Chano Amador, la voz de Saeta

chano-amador-cope Siempre he sido un ferviente oyente de la radio. En las ondas viven mis mejores recuerdos, los instantes más bellos de mi infancia y mi juventud. Soy un oyente en disidencia hoy porque la madurez me ha impuesto deberes y obligaciones que restan horas a mi ocio, argumentaciones que me auto engañan, porque debe haber tiempo para todo. Soy un oyente de radio porque mi madre era una gran oyente –siempre hubo un aparato de radio en el comedor de casa o transistores encubiertos en las almohadas, que amortiguaban el sonido, para no molestar el sueño de otros- e infundió en mí esa magia que cabalga por las frecuencias y nos hacen más felices con músicas y palabras. Me sigue subyugando el mundo de la radio por su viveza, por su rapidez en la información y por la intimidad que me procura. Somos protagonistas -¿verdad don Luis del Olmo- junto a ellos porque compartimos sentimientos y emociones que difícilmente se consigue en otros medios, si no es en una sala de cine, mi otra gran pasión.

Hace unos días nos dejó, buscando ese cielo claro, como sus ojos, donde habita la Virgen de las Aguas, Chano Amador, aquella voz mítica del primer programa de semana santa “SAETA”, anunciandonos que “la primera estaría pronto en la Campana”, desde las instalaciones de Radio Popular, luego vendría la COPE, que tenía la emisora en la calle Vírgenes.

En aquellos años no había la profusión informativa que hoy tenemos de nuestra Semana Mayor, ni abundaban las publicaciones dedicadas a ella, ni había internet que nos soluciona hoy tanto, ni mensajes de texto, ni whatsapp, que nos anuncian el inicio de los programas de radio y televisión. Nos limitábamos, en los albores de la primavera, a desplazar la rueda del dial, en la pantalla retroiluminada de la radio, hasta encontrar la frecuencia de radio Popular, porque intuíamos que las emisiones iban a comenzar. Todo, absolutamente todo, se transforma en magia y en emociones cuando oíamos la voz de Manuel Centeno, el saetero que dedicara su oración a la crus de guía de El Silencio, y constatábamos que ya quedaba muy poco para que las calles se llenaran de nazarenos, de pasos de palios y marchas de tambores y cornetas, niñas con vestidos nuevos y jóvenes acelerando el paso para ir al encuentro del Señor o de la Virgen.

Aquella voz nos ilusionaba en las vísperas con su solemnidad, con las sílabas medidas de una saeta recitada, o declamando una poesía de Rodríguez Buzón o Juan Sierra. Nos informaba, pausadamente, de los cultos y actos que se celebraban durante la cuaresma y alzaba la voz crítica, siempre elegante y positiva, en aquella sección esperada de “se dice”, y que muchos de los actuales comunicadores han tergiversado para convertir la crítica en zafiedad, cuando no rozan la calumnia.

¡Cómo echamos de menos aquel SAETA, aquellas voces que nos marcaron, y porque no decirlo, nos instruyeron en los sentimientos buenos que deben primar en la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo! ¡Cómo echamos de menos a Carlos Schlater, a José Manuel del Castillo y Chano Amador,  último romántico de la radio sevillana, abriendo en los últimos días de enero, arreciando el frío aún en los vidrios de las ventanas, las puertas de la ilusión, mientras la estancia, absorbida por el silencio, se llenaba con la solemnidad de la marcha Jesús de las Penas, de don Antonio Patión.

Esas notas musicales, que preceden la voz de Chano Amador, vienen hoy taladrando el aire, surcando la nostalgia que nos hiere, porque nos devuelve el aliento y la presencia de quienes tanto quisimos, y ya no están, y se implantan en el niño que seguimos siendo, por más que los años vayan poniendo muescas en los almanaques, para seguir anunciándonos que ya está aquí la Semana Santa de Sevilla, que las calles se aromatizan de azahar y que los templos se están inundando con nubes de incienso y oraciones dedicadas al Señor que todo lo puede.

Sí, sé que es cuatro de julio. Pero hay ecos en la memoria que traen su voz, la de Chano Amador, mientras observo la radio de cretona y rebusco en mi interior la sintonía de Saeta, la palabra convertida en magia que hace posible que vivíamos lo que siempre hemos vivido y afloren los sentimientos que solo son posibles desde la fantasía que vagabundea en las ondas radiofónicas en espera de ser atrapadas por el corazón y la solemnidad de una voz altere nuestras emociones: “pero sigamos, que muy pronto, la primera, estará en la campana”.

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