Tres canciones

rocíojuradoSon como las sinfonías de nuestras vidas, las bandas sonoras que nos retrotraen a un tiempo donde el idealismo y la inocencia primaban por encima de otras virtudes. No es que fuéramos mejores, es que no conocíamos más entorno que las calles de un barrio que era un mundo. Sé de personas mayores, de mi juventud, que cuando iban al centro, cuando el centro era motor comercial de la economía local, se arreglaban como si fueran a otra ciudad, porque tal la sensación era la misma.

Estoy escuchando, por una casualidad o por mi escasa habilidad para localizar un video en youtube, una canción que fue como himno para quienes estamos en los cincuenta, una balada que nos sublimaba los sentimientos cuando el disyóquey ocasional de las fiestas, lo que nuestros padres llamaban guateques, pinchaba el disco, menguaba las luces y las sillas y las esquinas se quedaban vacías porque los chicos nos acercábamos a la niña de nuestros ojos, la niña que nos volvía loco. Estoy escuchando “El amor” de José Luis Perales y se han precipitado los recuerdos. ¡Cómo han pasado los años! La escuchábamos mientras nos aferrábamos a la cintura, y lentamente nos desplazábamos por la pista, dejándonos llevar por la música y por la letra hasta que los sentimientos nos subyugaban, encadenándonos a las emociones que palpitaban en el interior del pecho porque nos identificábamos con aquel idilio de sensaciones que salían de los altavoces del tocadiscos. ¡Cuántos besos se han robado en aquella intimidad compartida de una azotea o un salón transformado en discoteca! ¡Cuántos recuerdos prendidos en la canción que retorna treinta años después!

Canciones que nos señalan en el tiempo, que nos aturde la memoria y nos confunde los espacios que creíamos dominar. Ritmos que nos alertan de la edad y nos remueve la nostalgia. Sueños compartidos con amigos que ya no están y que comenzamos, hace ya muchos años, a no echar de menos. Momentos que fueron, que creíamos que siempre permanecerían, y que residen en la nube que envuelve el corazón para ensombrecer el presente. No porque aquellos años fueran mejores sino porque percibimos que debimos hacer algo más para que no se aletargaran y yacieran, latentes sí, en las profundidades del alma.

Canciones que nos remueven los sentidos como aquella Lucía, Joan Manuel Serrat, que alguien puso, tal día como hoy, de hace treinta y dos años, en aquella aula de una miguilla, y la saqué a bailar, venciendo mi timidez, una decisión que cambió mi vida y que graciosamente, por esos entresijos y confusiones que utiliza Dios para premiarnos, afianzó mi estima y la confianza en mí mismo, con la más bella historia de amor que tuve y tendré, como si aquel poema, musitado en la voz del Ninet, fuera precursor aviso del acontecer de todo este tiempo en el que compartimos tantas alegrías, risas y alguna que otra pena también.

Fragmentos de nuestras vidas que siguen en la sutilidad del aire, danzando por los cielos, esperando a conmovernos, a perturbar la serenidad de una existencia que ya se asienta en la sabiduría que comienzan a dar los años. Poemas que resuenan como recuerdos de otro tiempo, que braman para que evitar el olvido, el poder del cariño, de los afectos que nunca se entierran porque provienen de la misma sangre que nos corre por las venas, canciones con extraños vínculos pero que nos traen la memoria de la madre -¡Qué canción más bonita! dijo la noche que estuvimos en el espectáculo Azabache, durante la Expo 92- y que nos devuelven imágenes que subsisten en el inconsciente y que nos hacen llorar. Palabras dramáticas que nos procuran la repatriación de las caricias que creíamos perdidas, sentir los besos que nos dieron y añorar las risas que tanto nos gratificaban. Qué no daría yo por empezar de nuevo, por volar de nuevo a los brazos de mi madre, buscar su imagen de soslayo y no ésta nostalgia que viene con la desolación de su ausencia, con la demoledora fuerza de la presencia que falta, con la entereza del amor que queda anclado en el alma.

Tres canciones para enervar mis sentimientos y que han marcado el devenir de nuestra existencia desde hace treinta y dos años.

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