Recuerdos de un verano III

sentados_en_la_puertaNo hacía falta que la tarde tornase y los cielos empezaran teñirse cárdenos para que la calle empezase a poblarse. Si los inviernos habían sido abundantes en lluvias, y los pantanos habían acopios de aguas suficientes para que corriesen por las acequias y bañaran los terruños de naranjales y olivos para regarles la vida, un camión cisterna regaba las calles y aceras y entonces la flama, agazapada entre el asfalto y la arena, era sorprendida y huía hacia el cielo enfundada en un tul vaporoso. Rendido el sol tras las filas de chumberas, enseñoreando y dorando las lomas con un velo etéreo que desprenderían las primeras sombras, comenzaba el ajetreo en los soportales de los bloques, tal vez herencia sentimental de una época pasada cuando en las casapuertas de los corrales de vecinos se arremolinaban en las aceras y formaban coros de sillas y las tertulias empezaban con la primera brisa de la noche y concluían con el cansancio rendido al frescor de la madrugada, y la primera butaca se situaba en la embocadura del acceso al edificio y a los pocos minutos otra se alineaba a la derecha y otra a la izquierda y así hasta conformar una hilera que enseguida se cerraba.

Un caudal de risas se elevaba hasta el piso y yo me asomaba a la ventana, recién peinado a la raya, oliendo a Nenuco, porque era una colina fresquita, y observaba a aquellas mujeres ajenas a las dificultades que las acuciaban, despreocupadas por los problemas familiares, cubiertos ya los quehaceres domésticos de la jornada, alejadas del estrés por la escasez de trabajo o de la añoranza del esposo que había tenido que emigrar porque los campos y la fábrica de pollos ya no daban más de sí.

Cuando algún niño llegaba al coro, con los ojos llenos de lágrimas porque otro le había pegado o lamentándose por haber perdido en un juego los cromos de los futbolistas, siempre había una misma respuesta, “haber sido más listo, que eres un zoquete, a quién habrás salido” o “la próxima vez te defiendes y le das tú, inútil”, y se volvían al grupo y continuaba la plática en el mismo punto donde había sido interrumpida. En el peor de los casos, si la cosa trascendía, salía a relucir la pedagogía de la alpargata y había algunos que corrían como diablos intentando deshacerse de la corrección maternal a su desmán, inútil evasión en algunos casos porque había verdaderas expertas en el lanzamiento de zapatilla y ni el más brusco cambio de dirección –tal era la destreza que habían adquirido- evitaba el impacto, y para colmo había que devolver el asesino calzado a su propietaria.

Siempre había alguien que bajaba con un melón que había estado en la fresquera durante todo el día y otro bajaba un búcaro. Si había algo que celebrar entonces pasaban unos platos de salchichón, mortadela y chorizo y dos litros de cerveza.

Así se ahuyentaba el calor, en los primeros años de los setenta, esos años en los que la esperanza en el nuevo progreso, en mejorar las condiciones de vida era objetivo de la vida en la ciudad, efectos minimizados en el pueblo, porque entonces las distancias y las comunicaciones estaban reñidas y lo que ocurría en el pueblo cercano eran incógnitas que nunca traspasaban las lindes que delimitaban sus comarcas. No es que hiciera menos calor, es que se engañaba al termómetro con la charla animada, con el recuerdo del tiempo atrapado en la memoria. Momentos que quedaron prendidos en mi recuerdo cuando me escondía tras los armarios de los contadores de la luz, entre las escaleras, y veía como un mundo desconocido para mí, el de los mayores, se me iba presentando cinematográficamente, con aquellas tertulias que buscaban eludir los rigores del calor.

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