Un caballito de cartón

CABALLITO-DE-CARTONMartilleando la cretona de una radio llegaban los sonidos de los prolegómenos de la Navidad, aquellas resonancias que se mezclaban con el aroma del café recién hecho y el susurro de una fuente en el patio que pugnaba con el gélido ambiente de diciembre por no sucumbir a la física y tornar en solidez su cantinela líquida.

Apenas amanecía y ya reclamaba su cuerpo la actividad al que estaba acostumbrado desde su infancia. No conocía más reposo ni descanso que la noche porque ni los festivos detenía su actividad laboral, pausada eso sí, sin prisas, que las ilusiones que sus manos manejaban necesitaban de un cuidado y una dedicación exquisita. Por eso, antes de iniciar la jornada, recorría el breve trayecto que le separaba de San Gil para saludar a la Doncella de esplendor que cautivaba sus sentidos. Al regreso siempre paraba en Mariano, quien nada más verle traspasar el umbral colocaba sobre la barra una achatada copa de licor y la rellenaba de anís, más allá de las lindes que marcaba la línea roja, esa estría dictatorial que nadie respetaba. Tras el rictus cotidiano, con el espíritu repleto de alegría y la garganta saciada, retornaba al patio donde el suelo de tejas se  transforma en improvisado taller, donde se instalaba la labor desbancando a la ociosa tranquilidad que presentaba cada mañana. Eran los rumores de los juegos de los niños, en el segundo patio, los que podían distraerle, pero con el paso de los años su sentido había aprendido a disolver los ruidos.

El material era tan numeroso como básico, rudimentos que en sus manos acabarían convirtiéndose en deseo de los jóvenes, en ilusiones de niños, en sueños que aparecerían en los piés de sus camas en la mañana de la epifanía del Señor y serían tal vez la única alegría cumplida, de unos sueños que se fijaron en azul sobre el albeo reluciente de una cuartilla.

En un viejo barreño de cinc, que comenzaba a oxidarse por sus extremos porque la acción química de los elementos que solía contener lo atacaban desaforadamente, vertía el engrudo, que él mismo preparaba en la tarde anterior, a base de harina y agua. Mil veces removía con la pala aquella masa hasta que la pasta resultante mostraba la densidad apropiada, haciendo desaparecer los grumos que podrían desvirtuar el producto final. Sobre los moldes iba colocando los pliegues de papel que previamente había impregnado de agua y sobre los que aplicaba una densa capa de la cola artesanal, para que fueran adquiriendo la figura pretendida. Extendía suavemente cada estrato de la piel e iban apareciendo el torso, la cabeza y las patas del caballito y entonces tomaba conciencia de su poder. Elucubraba sobre los aspectos de la creación, de cómo sus manos iban configurando aquel símil de animal y hasta creía dotarlo de vigor y fuerza, de vida propia que provenía de la suya, de su carisma artístico. Y entonces, llegado al punto en el que la memoria se fijaba en su corazón y lo estrujaba hasta convertirlo en una masa nostálgico dolor, no podía disimular su tristeza por haber sido forzado a tomar aquel camino que le apartaba de su vocación, de su sentimiento artístico; pero había razones más que suficientes, siete razones que comían, vestían y debían vivir con la dignidad que él debía proporcionarles, para haber tenido que adoptar aquella decisión: dejar atrás todos sus conocimientos sobre las bella artes.

En aquellos días, que ahora se plasman en grises sobre el telón donde se proyecta esta película que procede de mi propia sangre, que aventó en mí aquella ilusión transmitida desde sus manos, aquellas mismas que creaban mundos de fantasías en los niños de la escasez y las penurias, aquellas mismas que me guiaban, años después, hasta la basílica donde reposa la Doncella que sostiene nuestras vidas, fue recreando la infancia que perdió en esos caballitos de cartón que sirvieron para sostener y mantener en alerta la magia que todo niño debe poseer.

Yo cabalgué sobre uno de ellos y supe que los sueños eran posibles sobre sus lomos.

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