Recuerdos de un verano IV

RECUERDO-DE-UN-VERANO-IVTodos intentábamos imitar aquel potente y majestuoso grito que avisaba, de su presencia inmediata, a los viajeros que se aventuraban a internarse en la densidad de la jungla africana. Era el grito de Tarzán el que nos prevenía de la llegada de la ventura y el cine entero, mayores y niños, enaltecía su valerosa presencia con un rotundo y emocionado aplauso, como si aquel peligro acuciante e inminente fuéramos a soportarlo nosotros, y el forzudo personaje provocaba una sensación de la alivio en todos los espectadores.

            Salíamos del cine de verano con el veneno del misterio recorriendo nuestras venas, apropiándose e infectando la imaginación que ya corría hacía las emergentes selvas africanas que se mostraban ante nuestros fantasiosos ojos transformando el llano campo en sabanas casi desérticas, donde los jaramagos se transfiguraban mágicamente en palmeras de aceite, los alineados naranjos en frondosidad boscosa de la que colgaban hasta lianas, especiales medios de transportes, por las que poder recorrer grandes distancias sin poner los pies en el suelo y las lagartijas y salamanquesas en feroces e insaciables cocodrilos del Nilo que surgían con la maliciosa intención de devorarnos. No había duda, estábamos rodeados de peligrosas fieras. Incluso las miradas furtivas que se parapetaban tras las persianas a medio echar no eran sino peligrosos indígenas que nos observaban para iniciar, en cualquier momento, un sorpresivo ataque.

            No habíamos cumplido aún diez años y ya nos sentíamos capaces de organizar expediciones por los intrincados y laberínticos senderos de una selva. Por eso, apenas los primeros rayos del sol invadían los espacios y los terruños que rodeaban los edificios, saltábamos de la cama y hacíamos acopios de nuestras letales armas, un tirachinas, una escopeta de gomillas y unos cuantos balines de papel a modo de explosiva munición, guardadas celosamente en una caja de mantecados, y nos disponíamos para el safari, donde daríamos cuenta de las alimañas y bestias que salvajemente se disponían a atacarnos. Todos queríamos ser Tarzán, el rey de los monos, el forzudo que habría de salvarnos de los constantes ataques de las beligerantes tribus que se disponían a ambos lados del caudaloso río, una acequia del naranjal que nuestra fantasía convertía en profundo Niger. Nadie quería formar parte de los indígenas, excepto Modesto que gozaba embadurnándose de tizne y revolcándose cuando era abatido, porque siempre perdían. Por eso había que echar en suerte los personajes. Aquella mañana Ángelito fue feliz porque sería él quien encarnara al monarca de las junglas, y como era una especie potentado infantil, compró unos metros de gruesa cuerda para convertirlas en lianas. Así cada cual con su papel, comenzó la aventura, con el sofoco del sol castigando los cuerpos y las tierras. Primero fue la implacable caza del cocodrilo, inocentes lagartijas que caían unas tras otras. Luego tuvimos que defendernos del ataque de hambrientas y monstruosas aves que acudían a la trampa de un reclamo –zapateros atraídos por la humedad improvisada de una meada, en cuyo centro de elevaba una rama previamente clavada. Por últimos debíamos introducirnos en la selva –el naranjal guardo por el perro Betis- donde seríamos emboscados por los feroces guerreros la tribu de los chichamba –nombre del que no recuerdo ni su origen ni su mentor- y cuando estábamos a punto de sucumbir ante las bravías acometidas de los indígenas, aparecería nuestros salvador, anunciando su presencia con el grito. Angelito, que había puesto las “lianas” en los sitios indicados, apareció surcando el aire, no para salvarnos a nosotros sino para salvarse él mismo de un porrazo seguro, gritando y atravesando la copa de un naranjo mientras trataba inútilmente de aferrarse alguna rama para no estrellarse en el suelo, cosa que no pudo evitar. Perdió un diente, cogió cinco puntos de sutura bajo el párpado derecho y ya nunca más quiso ser Tarzán. Nos regaló las lianas, que luego tuvo otros empleos más útiles. Aquel aterrizaje nos devolvió de inmediato a la realidad. A Modesto le pegaron la paliza del año por haberse embadurnado, a Angelito lo recluyeron en su casa durante unas semanas y a nosotros nos sobrevino una catarsis de realidad que duró al menos tres días, cuando pusieron en el cine de verano una película de James Bond, el agente 007.

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