Cine delicias

CINE-DELICIASCon los años uno se va encontrando como desubicado en sus propios recuerdos, como si el tiempo fuera nublando las imágenes que se configuran en la memoria para presentárnosla en blanco y negro, como las viejas televisiones que fueron impregnando, con la visión de los programas, nuestras fantasías de aquellos momentos.

Pero hay cosas ineludibles, instantes que no se pueden alterar ni siquiera con el poder de la imaginación, con la fuerza de la nostalgia. Hay situaciones en las que uno cree poder regresar al tiempo de un instante de felicidad, al reencuentro de la ilusión de un primer beso o una caricia subrepticia en la butaca de un cine, mientras la música del nodo se convertía en cómplice de la inocente maldad, en el convencimiento de que nos alejábamos, con aquellos gestos, de la adolescencia y nos aproximábamos a la madurez. ¡Qué tiempos!

Me alegré de volver a una sala de cine, al espacio decimonónico que conserva el ambiente, el color, las paredes y el telón de una verdadera sala cinematográfica. El mero hecho de traspasar aquellas puertas, con sus ojos de buey que nos avisaban del momento en el que se encontraba la proyección, abriendo nuestras almas al desasosiego si el films ya había comenzado, desplazando el pesado cortinaje que nos separaba de la oscuridad de la sala, desencadenó en mí sensaciones que desbordaron los límites del tiempo, cuando ir al cine era un hecho casi litúrgico, porque tal vez no intuíamos los despropósitos que nos esperaba al cabo de unos pocos años. Vivíamos el momento como si fuera la eternidad la que se nos descubría en cada segundo, porque  cada segundo era un viaje que terminaba en el asombro.

Le descubrí ya cuando su esplendor comenzaba a perpetuarse en la memoria de la ciudad. Allí vieron mis padres “Lo que el viento se llevó” y compartieron la felicidad de una tarde de domingo mientras Siete rudos hermanos emulaban, con hermosas melodías y extraordinarias coreografías, el rapto de las sabinas. Allí entendí que el arte tenía movimiento y color, que se oía y hasta prestando atención, podíamos oler las flores de un valle irlandés, o aterirnos de frío en las estepas siberianas. Allí nos refugiábamos de los primeros calores del verano, cuando en los institutos se impartían clases vespertinas, y sus atrayentes neones nos secuestraban la voluntad y soñábamos con semejarnos a los héroes del oeste que se batían tan sólo por el amor de una joven o la defensa del honor. De allí salimos bailando y mesando nuestros cabellos con brillantina, encantados por el descubrimiento de una forma de vida que había dejado de ser en su tierra, pero que venía a nosotros como novedad de la juventud inconformista y rebelde que comenzamos a ser.

Un día tal como hoy, empezamos a descubrir los primeros síntomas del fracaso y el desengaño amoroso, la certidumbre de que la vida se nos venía encima aplomada y gris, que empezaría a sernos robada la ingenuidad alegre que prendía de unos tirantes y un pantalón corto, que se abría una distancia entre vidas que juraron jamás separarse. Un día tal como hoy, con el otoño arreciando y hojas regando calles de melancolías, dejándose pisar por la furia de una desbandada sentimental, cerraron las puertas del cine Delicias, el cine de mi barrio, para desposeerle el alma y trastocar todos los sentimientos que vagaban desde la sala de butacas al paraíso, desde sus pasillos hasta la sala de proyección. Venía anunciando su muerte la modernidad y las necesidades por rentabilizar los espacios, aunque ello supusiera el asesinato de los sentidos.

Cada vez que paso por lo que fue acceso y puerta principal del cine de mi barrio, ascienden por mis venas un escalofrío y viajo a mi memoria para verme, enTechnicolor, en aquella cola de horas para sacar una entrada y ver el estreno de Grease.

 

 

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