La piedad, el miedo y la mentira

foto02Recuerdo que a principios de los años noventa, en vísperas de la inauguración de la gran Exposición Universal que se celebró en nuestra ciudad, para conmemorar el Quinientos Aniversario del Descubrimiento de América, hubo varios movimientos pacifistas y ecológicos que alzaron sus voces para protestar contra, lo que entendían, un despropósito al evocar el exterminio de la población indígena precolombina y la expoliación de sus riquezas naturales, pero pasaban por alto que la leyenda negra no fue, históricamente está demostrado, exactamente así. Incluso, hubo otras de carácter proteccionistas de la naturaleza, que costaron a los contribuyentes cientos de millones de pesetas de la época, al tener que desviarse un importante tramo de la autovía del noventa dos, para no desplazar una colonia de mariposas que polinizaban en campos cercanos a Aguadulce, que tiene bemoles la cosa. En esta tierra, entre linces, mariposas y ERES, desangramos las arcas de los ciudadanos y seguimos tan panchos. Ignoraban los enardecidos, que ETA seguía matando, la exclusión social se disparaba hasta límites insospechados, que la vida no tenía ningún valor en los campos de exterminios del África profunda donde se mataba como chinches a quienes no compartían la misma confesión religiosa. Y en nuestra ciudad había barrios en los que la pobreza extrema y la discriminación eran el evangelio diario y nadie se preocupaba de ellos. El más absoluto de los silencios en algunos de estos casos.

La constante y paulatina secularización de la sociedad, la supresión interesada de los principales valores que distinguen al hombre de los animales, nos están incapacitando para reflexionar con serenidad sobre los acontecimientos que están cambiando el mundo. Los lobos se han impuesto la piel de cordero y convocan a la guerra santa. Victimizan a sus muertos, los utilizan para convertirlos en mártires y los exponen a los innumerables medios y redes sociales como héroes y como ejemplos que deben seguir los desventurados, los que no tienen más que sus propias vidas.

En el siglo XIX fue la lucha de clases, la recuperación de la dignidad del hombre como ser, como igual a quienes no hacían más que enriquecerse con la miseria de sus congéneres. Hombres y mujeres, sin distinción de clases, consiguieron gozar de los mismos derechos, de las mismas obligaciones. La lucha de clases se convirtió en la bandera para consecución de la libertad, de la democracia. En el siglo XX, las ideologías tomaron el relevo de las luchas, de las confrontaciones. A tal extremo se llevaron que culminaron con dos guerras mundiales, con la masacre y aniquilación de pueblos enteros. El fascismo enfrentado al comunismo. Hitler y Mussolini enfrentados a las democracias. Sucumbieron.

Hoy, en este convulso inicio del siglo XXI, seguimos sin darnos cuenta del nuevo peligro que nos acecha, que se cierne sobre nuestra civilización. Seguimos victimizando a los lobos. Los adelantados, esos que creen que no serán pasados a cuchillo, si llegase el momento, si no se convierten al islam, demonizan a los israelitas y los acusan de magnicidio porque defiende lo que les corresponde desde tiempos de Moisés, parajes y tierras donde habitaba la desolación y unas pocas de cabras han sido dinamizadas, modernizadas, convirtiendo desiertos en vergeles, por poner un ejemplo, mientras sus vecinos siguen anclados en el siglo XIV, sin respetar los derechos principales de las mujeres, utilizando niños, escuelas y hospitales como escudos humanos. No se trata tampoco de santificarlos pero son el último bastión, los guardianes de la frontera del occidente. El día que caiga…

Los yihadista ya han proclamado sus califatos, en lo que incluyen a gran parte de Europa,y masacran a todos aquellos que no comparten sus sentimientos religiosos. Están exterminando todas las confesiones cristianas, degollando a los descreídos, a otras confesiones de hermanos musulmanes que creen creen en la paz y en el amor que proclama el Todopoderoso, que todos tenemos nuestros espacios, y a los ateos. Se jactan de ello en las redes sociales, en las televisiones, en los periódicos. Nos están avisando y no hacemos nada. Quieren imponer sus credos por la fuerza. No solo podemos indignarnos por la violencia, venga de donde venga, y esperar. Debemos y tenemos la obligación de exigir, a quienes corresponda, que tomen la decisión para detener esta barbarie y todos, absolutamente todos, podamos vivir en la misericordia de Dios.

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