La teoría Marmolejo

_MG_6484_drm8 En pocos días las luces que planean la ciudad, que la rodean y forman carismáticamente su fisiología, variarán hasta conformar una nueva Sevilla. Veremos acortar las tardes y envolveremos la visión en la melancolía, hermosa y trascendental,  de las Vírgenes de gloria, discurriendo por las calles, arrastrando el esplendor que todavía reside en ellas, ataviadas con el manto de los siglos, por las miradas que nos devuelven los tiempos que creíamos haber perdido. Este romanticismo nos convierte en seres débiles vencidos por el amor a la tierra. Preferimos nuestros sentimientos, optamos por mantener la dignidad del amor que a otros se les va en la indignidad de sus actuaciones. ¡Qué verdad tenía Rousseau cuando proclama la bondad del hombre y que era el propio hombre el que se encargaba de destruirla! Y es ahí donde se aprovechan los listos, los que no dudan en sacudir los escrúpulos de sus hombros, con la misma displicencia con la denostan el sentimiento y la voluntad del pueblo.

Alertados por la mediocridad de la caterva política que nos gobierna, los nuevos profetas lanzan sus sofismas hasta conseguir ser oídos. La bondad sigue siendo utilizada por disolutos que siguen aprovechándose de la necesidad y las carencias que nos han sido impuestas. Pablo Iglesias y su siervos de podemos siguen instigando en las trastiendas de la sociedad, con la permisividad de quienes lo pusieron en su momento y ahora se ven incapaces de detener a este caballo que campa y corre desbocado por los prados de la parquedad, la insuficiencia y el hartazgo de unos ciudadanos que comienzan a vender sus almas al mejor postor con tal de poder recuperar algo del bienestar que les ha sido afanado.

Sé que voy un poco tarde pero no puedo callar. En unas de sus últimas intervenciones, antes de los calores comenzaran a mortificarnos y a aletargarnos, anunció la equiparación de los impuestos a los ciudadanos de este país con el fin de obtener una paga social a quienes no tiene ningún tipo de ingresos. Una idea extraordinaria para que pudiese concretarse. O sea, todos cotizaríamos, a la hacienda pública, con el mismo índice porcentual, lo que supondría igualarnos en la contribución. Miente. No hay más que aplicar la teoría Marmolejo, la del don Fernando, que expuso con toda su rotundidad una tarde de septiembre, de tal día como hoy, en el taller que mantenía en el acceso al barrio de San Bernardo, junto al antiguo muro del ferrocarril, a la comisión artística, de una hermandad de un pueblo sevillano, creada con motivo de la inminente coronación canónica de su venerada imagen mariana. En aquellos días, solía frecuentar aquel taller de los prodigios más hermosos, donde el Juani, el Kiernan y el López, perdonen el vulgarismo, junto a Juan José Marmolejo, llevaban a cabo los trabajos que dirigía y diseñaba, magistralmente, el mejor orfebre que ha dado esta tierra en las seis últimas décadas. Miren si es así que la misma Virgen lo señaló para que le construyera ese trozo del cielo que brotó en la Macarena. La comisión, como digo, llegó al taller repleta de ilusiones. Desplegaron el proyecto y don Fernando frunció el ceño, se quitó el puro de la boca e intentó decir algo. El joven, que sin duda alguna era el diseñador del boceto y entusiasmado con su obra, no dejó que el viejo maestro iniciara su opinión. Empezó una perorata con la ilusión en cada palabra. A cada pausa, el orfebre intentan intervenir, pero el ímpetu del joven no se lo permitía. Tras casi media hora de exposición, por fin concluyó. En medio de un silencio expectante, el artesano levantó la cabeza y con la rotundidad propia del conocimiento, le espetó, “ésto no se puede hacer. Sencillamente porque es imposible realizar lo que usted ha dibujado”. Pues lo mismo, señor Iglesias, porque aplicar los porcentajes propuestos repercutiría negativamente en los de siempre. Porque un cuarenta y cinco por ciento de mil euros, afortunados aquellos que los reciban, significaría sumir en la miseria, como en Venezuela, Cuba o Bolivia, al común de los ciudadanos. En los afortunados que mantienen sus ganancias en más de cincuenta mil euros, al menos les quedaría para poder subsistir y las grandes fortunas abonarían un ridícula parte en comparación con la gente del pueblo, porque la mitad de un millón de euros es medio millón de euros. A no ser que quiera usted recuperar las diferencias de clases.

Confiemos en la sabiduría popular y que nos propongan acciones que puedan llevarse a cabo sin arruinar el país. Por favor.

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