Los libros de la plaza de España

anaqueles   El fomento a la lectura debiera considerarse como un fin principal en los planes de estudio de la educación básica y bachillerato de este país. La estimulación a la lectura es un hecho en otros países, donde se comentan los textos y se adentra en la figura de sus autores. Alentar a los niños y jóvenes a sumergirse en las aventuras e historias que se relatan es ayudarles a la comprensión de los contenidos pedagógicos. En primer lugar porque les ayuda a entender lo que leen, a descifrar los códigos de formación que se exponen en sus líneas. Hay que enseñar a leer para poder interpretar las intenciones instructivas que se pretenden divulgar. Ampliar el conocimiento depende, en gran parte, de cómo se lea.

Hace unos días una editorial celebraba, con gran aceptación mediática, la donación de mil quinientos libros, de su fondo editorial, para que fueran depositados en los anaqueles que se sitúan, en los diferentes espacios que configuran la plaza de España. La justificación para llevar a cabo esta intervención era la pretérita intención de su arquitecto, Aníbal González, de convertir aquel lugar en una gran biblioteca pública. No podemos negar que la intención no deja de ser buena. Es evidente que la forma no. Los libros desaparecieron, en su totalidad, a los pocos días de su instalación en los artísticas estanterías, lo que demuestra que el fondo primordial de su función, es decir la divulgación y el fomento de la lectura, un factor principal e indispensable en la utilidad social y cultural de una biblioteca, se reduce a los mil quinientos primeros que llegaron a la plaza, a no ser que se estableciera un servicio de préstamos, por alguna institución municipal, cosa que dudo. Si ésta es la idea para la divulgación y potenciación de la lectura mucho me temo que fracasará porque se está sectorializando el reparto de los libros, principalmente en los listos, que abundan, o en el peor de los casos, de los más rápidos.

Bromas apartes, siento que este proyecto para acercar la cultura, para potenciar la lectura, no llegará a buen término. Estoy completamente seguro que no serán devueltos, la mayoría de los libros, a sus anaqueles y la buena intención de la editorial morirá en la desesperación. ¿O acaso está dispuesta a la reposición continua de los fondos literarios? ¿Publicará sólo para este fin? ¿Se fomenta de esta manera, la lectura mayoritaria y popular? ¿Se convertirá en mecenas capaz se sufragar los gastos que supone la reposición continua de los ejemplares?

Para arraigar, con naturalidad, la costumbre de la lectura es necesaria la instrucción desde la niñez, crear hábitos en los jóvenes que aviven la continuidad en la asistencia a las bibliotecas o en la adquisición de las obras que le atraigan. Leer es vivir, conocer, ampliar campos, conocer la tolerancia y practicarla. Hay que poner la cultura al alcance de todos, absolutamente todos. Hay necesidad de leer y lo demuestra el hecho, constatado, de la desaparición de todos los ejemplares instalados en los anaqueles de la plaza de España. Tal vez, organismos e instituciones tienen que concordar la política para posibilitar la adquisición de los libros. No olvidemos que tras ellos hay toda una industria que crea empleo, investigadores y escritores que dedicas muchísimas horas a la creación, editoriales que exponen sus patrimonios para difundir la cultura, que es base primordial para el progreso del hombre.

Desde luego, la plaza de España, es un magnífico sitio para lectura, para abstraerse y profundizar en esas historias que nos hacen soñar, emocionarnos o simplemente informarnos. Pero utilizarla como biblioteca, no parece lo más adecuado. No me corresponde atribuir actitudes, ni quiero agrandar los estereotipos que pesan sobre la condición humana. Instalar miles de libros en sus hermosas y labradas estanterías, sin ningún control, sin ningún tipo de mantenimiento, es particularizar el fomento a la lectura. Los más listos, los más rápidos se harán con ellos. Las bibliotecas y las librerías deben cumplir esa misión. Así todos ganamos en ecuanimidad en el trato y en el derecho a la cultura.

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