Aferrarnos a la Esperanza

guinea_ebolaEste país tiene el triste record de las desgracias. No somos capaces de controlar a los rateros que se atavían con trajes de primerísimas marcas y utilizan el dinero público para pagarse sus lujosos caprichos y ahora nos vemos sorprendidos por la virulencia de uno de los virus más terribles. No tendríamos que culpabilizar a los enfermos y sí a quienes no ponen medios para sofocar el mal en origen, que es donde se tiene librar la batalla, donde las grandes industrias farmacéuticas debieran volcarse. Desgraciadamente tienen hasta los voluntarios para probar sus nuevos medicamentos, para convertirlos en conejillos de indias. Es una obligación, que debiera imponérseles desde los estamentos del poder, que todos sabemos donde habitan y se protegen.

Esta nueva plaga es el indicativo que nos sitúa en el mismo nivel a los humanos. A todos sin diferencias de razas. Vivimos con la manifiesta creencia de sabernos protegidos por los avances tecnológicos, por los muros sociales que nos alejan de las miserias que habitan en otros continentes, donde se acumulan las miserias y las necesidades más básicas, donde la gente muere en las calles sin ningún tipo de atención médica, abandonados a su suerte, como nuevos apestados, deambulando en busca de una solución a su enfermedad, aún sabiendo que sus vidas se acortan a cada paso que dan. Las dramáticas imágenes de una mujer, tambaleándose, intentando mantenerse en pie y no sucumbir a los efectos de la fiebre y la descomposición orgánica, no deben caer en la indiferencia. La única ayuda que recibe es la de un militar, con su fusil en la mano, ordenándole que se tire al suelo, y la de un religioso, sin más protección que unos guantes, una mascarilla y una bata de plástico. Ignoro el fin de la pobre mujer aunque nos lo podemos imaginar.

Nuestra seguridad ha sido vulnerada. El ébola se incrusta en occidente. No es más que un recuerdo de nuestros olvidos hacia quienes sufren sus efectos a muchos miles de kilómetros, en otro continente, sumido en la barbarie y excesos de sus incapaces dirigentes que solo se preocupan de acumular poder, de vender riquezas naturales para enriquecerse con la desgracias de quienes debían verse favorecidos por los productos que subyacen en sus tierras. Ahora quieren culpabilizar a los enfermos, que son en su mayoría personal sanitario, médicos, enfermeros y auxiliares, que han atendido a ciudadanos españoles que luchaban por no abandonar los desheredados de occidente. Y solo un inciso para quienes muestran hostilidad hacia la Iglesia. Misioneros, monjas y sacerdotes, laicos de otras confesiones religiosas, que se enfrentan diariamente a la muerte, cara a cara, y comparten, porque no decirlo también, con algunas organizaciones la atención a los apestados que vagan, como en la edad media, por los caminos de la inconsciencia occidental.

Dios quiera que los infectados por servir a los demás salven este difícil trance, que puedan seguir besando a sus seres queridos con la naturalidad con la que lo hacían antes de ser contagiados. Dios nos alumbre para que no anatemicemos y desplacemos socialmente a quienes se sacrifican por detener esta plaga que amenaza con desequilibrar nuestro bienestar, que no son precisamente los políticos. Dios nos ilumine, principalmente a los dirigentes, para compartir cuanto bueno nos sobra, que es mucho, en educación, medicina y prosperidad. Ojalá podamos transmitir un signo de esperanza a quienes no conocen sus acepciones.

El ébola puede ser erradicado. Pero hace falta compromiso social y no económico. Los datos están desfigurando las ilusiones de muchos, de los que siempre padecen. Hace treinta años, un suspiro en el devenir de la humanidad, cuando se advirtieron los primeros brotes, en África Occidental, los afectados apenas superaban el millar. Hoy, en pleno siglo XXI, superan los diez mil. ¿Ninguna empresa farmacéutica, hace tres década, sopesó la posibilidad de desarrollar una vacuna, de investigar los orígenes del virus para su erradicalización? Ay. Se me olvidaba que aquello no merecía ninguna atención. Total los que morían estaban tan lejos.

Nuestro país tiene la triste relevancia de haber sido el primero en constatar un caso en origen, o sea, una infección en nuestro patrio suelo. Menos mal, como dice Manuel Carrasco, que nos queda siempre una gran verdad y podemos aferrarnos a la Esperanza.

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Una respuesta a Aferrarnos a la Esperanza

  1. Santi dijo:

    La Esperanza siempre está ahí

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