Una tormenta del carajo

ciclogénesis explosivaLas ciencias avanzan que son una barbaridad. Al mismo son que evoluciona la estupidez humana. Son cosas inherentes al desarrollo de la tecnología, principalmente a su mal uso. Que conste que soy ferviente defensor de todo aquello que pueda asegurar una calidad de vida mejor, más longeva y con bienestar. Los últimos avances médicos potencian esta sensación de mejora. Los investigadores se afanan en construir mejores instrumentos para reducir el esfuerzo del hombre acrecentando la ventura y alargando el tiempo de ocio. Las máquinas potencian la consecución de mejores y mayores obras y los campos producen más y mejores productos. Esta sencilla elucubración debiera mantener el hábitat de la esperanza. Pero viene el hombre a complicarlo todo, a destruir sus propias conquistas. Debe ser que no considera oportuno, ni da validez alguna, a lo que otros consiguen desde el esfuerzo y la dedicación, se le va el oremus con tanta desacertada opinión contraria. Vamos que algunos están, perenne y constantemente, bajo los efectos el viento de levante, tan perniciosos para la conducta y el proceder humano.

Ayer, durante toda la jornada, moviésemos el dial de un lado para otro, o zapearemos entre la inutilidad multitudinaria de canales de televisión, nos alertaban sobre la inminente entrada de un fenómeno meteorológico, por el occidente de la península, llamado ciclogénesis. Un especie de final del mundo según la terminología que adoptaban los diferentes especialistas en estas cosas de la bravura de la naturaleza. Las torrenciales lluvias que vendrían a anegarnos los espacios y a despertar los viejos temores de los desastres naturales.

El joven matrimonio no hacía más que cambiar miradas embutidas en la aprensión por lo que se avecinaba, en medio de la indiferencia y despreocupación de la concurrencia del bar, ocupados y preocupados en ser servidos que en la espeluznante noticia que vomitaba el noticiero televisivo, y de la tranquilidad del viejo, que no cesaba de comer, que se encontraba asentado en la misma mesa, en el mismo mantel, que la asustada pareja. La mujer, observando la naturalidad y la tranquilidad con la que el padre continuaba con su almuerzo, le espetó si no se sentía asustado por la información que llegaba del televisor, si no temía, cuando le dejasen en la soledad de su vivienda, verse acuciado por la ciclogénesis que ya estaba bordeando el litoral andaluz, a la vez que le incitaba a levantar la visión del plato y observase cómo la lluvia y el viento azotaban las playas de la zona más meridional de Huelva, cómo se inundaban las calles de las poblaciones que se convertían en correntías que se llevaban por delante el mobiliario urbano y anegaba los bajos y los aparcamientos de los edificios. El hombre movió la cabeza ante las reiterantes insistencias de su hija, unas impertinencias que le estaban coartando su menester. Se limpió los restos de sopa que hacían relucir sus labios, y su barbilla, miró al aparato y, con la misma naturalidad con la que izó su figura del plato, le espetó

– Hija eso que estás viendo no es más ni menos que una tormenta del carajo, lo que pasa todo los inviernos. Lo que tienen que hacer es limpiar las alcantarillas –y continuó con tomando su sopa, no sin volver a mover su cabeza porque se comenzaba a enfriar tras aquella inoportuna y absurda interrupción.

Pues eso. Con tanta terminología científica, con tanto vocablo nuevo para asignar cosas de toda la vida, están intentando mantenernos engañados, apresados con el miedo a que un chaparrón nos haga sentir el pavor de los últimos, desviar nuestra atención hacia cosas naturales y esenciales para sostener el equilibrio congénito de esta tierra que nos da demasiadas oportunidades para seguir viviendo. Que si ciclogénesis, que si perturbaciones nórdicas, que si enfriamientos de capas altas de la atmósfera. Lo que tienen que hacer es limpiar las alcantarillas de tanta mierda e inmundicias que tiran nuestros políticos al ambiente. Que se dejen de tanta terminología y comiencen a asear las calles de individuos indecorosos que presumen, para inri del ciudadano, de ser sus representantes. Tormentas y temporales del carajo han existido siempre. Lo que no había eran tantos chorizos, con trajes a medida y coches de alta gama, gastando los presupuestos para obras públicas en caprichos, restaurantes, tiendas de lujo y casas de señoritas. Las ciencia y la tecnología deben ser utilizada para el progreso, de todos, no de unos pocos.

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