El pequeño Nicolás

le_petit_nicolas_cmjn1Tenía que pasar. Era solo cuestión de tiempo. Aquí nos cargamos cualquier mito. En este país de desventuras y desventurados, de listos y sabihondos, de ilustrados mangantes, solo nos quedaba la referencia de la juventud. Anidábamos la esperanza de que pasaran de largo ante la oportunidad de la sinvergonzonería. Era inevitable en un lugar donde espejamos siempre en lo peor. En lo mejor, que ya uno no sabe donde se asientan el bien y el mal.

En mi infancia soñábamos con emular a los futbolistas. Eran ídolos sentimentales que se fajaban en la heroicidad para defender un escudo, un emblema que había en el sentimiento, en la emoción y el cariño de nuestros padres, y antes, en nuestros abuelos. Ni siquiera nos fijábamos en los rutilantes jugadores de los clubes importantes, de los que siempre ganaban y alardeaban del poder y la supremacía que les hacía inalcanzables. Nosotros queríamos ser como Telechía, Quino, Rogelio o Luis del Sol, que era nuestro emblemático horizonte porque había llegado a jugar nada menos que en Italia, o unos años después como López, Alabanda, Cardeñosa o Gordillo. Nos importaba un comino que pasáramos fatigas secas, un año sí y otro también, para no bajar a segunda división o subir inmediatamente si la catástrofe se consumaba. Moríamos, seguimos muriendo, con orgullo y honor, por aquel escudo con trece barras verdiblancas. Soñábamos, en las tardes de verano, con emular a James Bond, a Tarzán o vivir las historias de amor de Clark Gable con Claudette Colbert en Sucedió una noche o con Vivien Leigh en Lo que el viento se llevó, o en el colmo de la indocilidad, emular al legendaria James Dean en Rebelde sin causa o Gigante. Hay quienes nos plantemos en la actualidad si no fuimos gilipoyas formándonos en esos valores, en la lealtad, en la severidad, a la honradez y la integridad, en intentar fomentar esas virtudes que nos fueron transmitidas por la educación familiar y académica.

Hoy priman otros ejemplos. Los jóvenes, convencidos de que no pueden alcanzar sus propósitos con el esfuerzo, no olvidemos que estamos frente a la mejor y más preparada generación, se lanzan a la consecución de sus fines por el camino más corto. Se presentan a casting de programas donde lo más relevante es perjudicar al prójimo, ningunear al compañero cuando desprestigiarlo con insultos y hasta con agresiones. Los curriculum duermen el sueño de los justos en los cajones porque, entre otras cosas, siempre tienen el mismo fin: la papelera del director de recursos humanos de las empresas. Se fijan en deportista que tienen más tonterías que una tienda de chinos y un manager que maneja los hilos del marketing y los contactos para vendernos lo que son inutilidades, o quieren emular a eventuales y casposos personajes televisivos, que se dicen periodistas, que ni siquiera saben si Ceuta es territorio español o creen Lope de Rueda juega en el Deportivo de la Coruña. Así pasa lo pasa y así nos luce el pelo.

Resulta que un mocoso, de apenas veinte años, ha vulnerado todos los esquemas de seguridad del estado y se ha presentado, en unos casos, como asesor de la Vicepresidencia del Gobierno, y en otros, como enviado del Gobierno y del CNI o incluso como enlace entre el Gobierno y la Casa Real, según algunos testimonios. El pequeño Nicolás, éste va a ser pequeño hasta que se jubile, no escatimó en imaginación y prefirió recortar el camino para la consecución de sus fines, que no eran otros que llenarse el bolsillo, en la mayor brevedad posible. Buenos ejemplos tenía. Lástima de la edad. Si le coge un poco mayor y unos años antes, ríase usted del Gürtell o de los ERES de Andalucía. Y no tiene que ser torpe el muchacho porque logró engañar a algunos empresarios de los que se embolsó veinticinco mil euros. Claro que a los otros les podía la ambición. E incluso llegaron a ponerle escolta en algunos lugares. Pa mea y no echar ni gota, que dice un buen amigo.

Estoy seguro que no será el único joven que decida procurarse la vida de manera tan onerosa. Ejemplos tienen donde espejarse. Y como son pocos o muy pocos los que pisan la cárcel, pues se invisten con sus ejemplos y a vivir la gran vida. ¿Para qué perder tiempo en estudiar, en fundamentar sus vidas en los valores esenciales que hacen grande al hombre, si con menos esfuerzo pueden utilizar su intelecto para conseguir dinero fácil y posición social? El pequeño Nicolás será también modelo para muchos. Al tiempo, que da y quita razones. Muchos aparcarán sus recuerdos infantiles, cuando leían y disfrutaban con las aventuras del Pequeño Nicolás, el personaje de René Goscinny, y seguirán la senda del delicuente.

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