Humildad y Paciencia

IMG_6637 Es la misma imagen de la resignación ante la inminencia de lo inevitable. Ancla su mirada al suelo, al terrizo que ya lleva implícita la consumación de la sentencia, al lugar donde van a sucumbir los pecados que ennegrecen la condición humana. La rudeza del patibulum yace esperando la culminación de las palabras que profirieron Zacarías e Isaías, los profetas y sus salmos adviniendo al martirio. Su mano derecha es la columna que sostiene la imperturbabilidad de los tiempos, la cadencia del paso de los siglos que transitan, vertiginosamente, en una secuencia universal, por la mente del Hombre que está dispuesto al sacrificio para la regalar la redención que iluminará el espíritu del ser nuevo.

Espera con paciencia, como se espera a la amada, la conclusión de este sueño que es el albor para una vida plena, limpia e inmaculada, la victoria sobre el mal que nos  depara el quebranto de la pesadumbre. Sobre la peña descansa y anhela el súbito resplandor de los ojos llorosos de una Mujer que desgarra su dolor en lo más hondo del alma, en los subterráneos del corazón, donde se enraízan y sostienen los mejores sentimientos de la condición femenina, del tránsito de la sangre limpia que alimentó la grandeza del Hijo de Dios, y que ahora ve esperando el principio de la salvación, aunque el sufrimiento y el dolor sean los cauces.

Es la misma imagen de la humildad proyectándose en la cima del monte donde se ejecutan a los maleantes, donde se atormentan a los delincuentes, donde se ajustician a los que desobedecen los dictámenes de los gobernantes, de quienes mantienen la valentía de la verdad ante la depravación de la mentira convenida, de la anuencia pactada para la imposición de la injustica. Es la victoria del hombre libre proyectada en la primera luz de la primera hora de la tarde, del sol que abrasa la espalda flagelada, la desnudez que intenta humillar al Dios que está a punto de entregar su propia vida para sanar las mentes del hombre, para restaurar la inocencia primera que fue sometida por la maldad a través del engaño.

Es la misma imagen de la misericordia abasteciendo el alma. Es el Cristo que padece la incomprensión de quienes van a ser salvados, ignorando que tienen ante sí el conducto que los elevará al lado del Padre, que no entienden del sacrificio que se está ofreciendo en aquel primer altar, en el tabernáculo donde se inmola la divinidad, de la omnipresencia que convierte la pesadilla del sufrimiento, del tormento inaudito e insufrible, en el más hermoso de los sueños. La hecatombe del martirio destrozada por la humildad, humillada por paciencia infinita del Dios que es Padre y que no duda en abrirse en el pecho para alimentar a sus hijos, del Dios Padre que ejerce en el más grande del amor para salvar a su pueblo y que se inmola premeditadamente para liberar la conciencia que ha prevalecer para adquirir la bondad.

Esa misma imagen, que va derramando su mensaje salvífico, por esta nueva Jerusalén, en la tarde del domingo de ramos, será la que nos acerque a los días de la piedad, de la meditación de los misterios de su pasión, su muerte y su resurrección, al tiempo preparatorio de la cuaresma, a los días en los que la luz comienza a vencer a las sombras, extendiendo la claridad en las horas. Será este Cristo que invita a la reflexión, que nos acerca al ensimismamiento de la Verdad que nos conduce en los hábitos y en las costumbres, el que nos invite a reconocer nuestros pecados, a instaurar la necesidad de nuestras oraciones en la vida cotidiana como remedio de la soledad que comienza a cercarnos.

El primer lunes de cuaresma, como aviso que remueve la nostalgia, los sentimientos y los recuerdos, las calles de la ciudad resucitaran a la Verdad de Cristo esperando la ejecución con la Humildad y la Paciencia propia del Hijo del Hombre, dos virtudes que debieran primar y sobresalir en la condición humana.

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