¡Qué razón tenía usted, don Vicente!

jaumefv_1351675461_46Don Vicente era un ser maravilloso que escondía su excelencia cultural y humana, tras un velo de apariencia arisca, un escudo donde parapetarse de las inclemencias de su vida. Debió ser por las penalidades que le fueron marcando el devenir de su existencia. Empezó a trabajar con nueve años. Nunca dejó de estudiar, para lo que tenía especiales cualidades, y alternaba las clases con la siembra o el arado de los agrestes espacios que le procuraban el sustento a la familia.  Con diecisiete años tomó una gran decisión. Quería ser maestro de escuela, traspasar las enseñanzas que había adquirido de su viejo profesor, en un aula desastrada, húmeda y fría, de una aldea de la zona más deprimida de la España de los años veinte. Las Hurdes. Esa era su mayor ilusión, su ensueño. Pero la guerra vino a desbaratar sus planes, a reducir a cenizas y polvo sus utopías por construir hombres nuevos forjados en la cultura y la educación. Seres inmatriculados con el ideario de la libertad para poder construir un mundo mejor y más justo, un lugar donde las desigualdades no tuvieran lugar ni marcaran el sino de la desgracia a quienes nacía en una familia y otra. Le robaron la juventud y sus ideales. Luchó en el bando republicano por convicción, no por casualidad del destino, que fueron muchos, de una y otra parte que se vieron obligados a enfundarse un uniforme según la zona geográfica en la que vivían. Durante tres años logró esquivar la fatalidad. Participó en la batalla del Ebro y luego en la defensa de Madrid, donde vivió el horror de las checas, el magnicidio de los inocentes que mantenían otro ideal. Precisamente por defender a un sacerdote, que había permanecido escondido en el domicilio de un fervoroso republicano, fue juzgado y condenado por traición a la república. Durante tres meses su vida pendió de un hilo. La casualidad, o la providencia, se preocuparon de salvaguardarlo. El bombardeo de la capital, en los últimos meses de la confrontación, destruyó el presidio donde esperaba la ejecución. La explosión del artefacto destruyó el edificio, matando a la mayoría de guardianes y presos. Don Vicente tuvo la enorme suerte de salir herido. Durante unos días deambuló por las afueras de la ciudad, sobreviviendo al dolor y al hambre. Fue auxiliado por una familia que se preocupó de sanarle, que lo mantuvo oculto hasta que la ciudad fue tomada. Las secuelas fueron graves. Una cojera permanente y la alegría y la juventud destrozadas. Su ascendencia republicana significó su apartado de las ventajas que otros gozaron. Tuvo que estudiar durante las noches, trabajando de día. El cura que salvó lo encontró una mañana en la cafetería donde se ganaba el pan. Le abrió las puertas de la universidad y logró alcanzar el sueño de licenciarse en filosofía y letras. Pudo haber ejercido como profesor de universidad pero prefirió dedicar su vida a la enseñanza de los niños, prepararles para que tuvieran la base humana e intelectual necesaria para ascender en metas académicas mayores. Tuve la suerte de recibir sus enseñanzas, durante dos cursos. Séptimo y octavo de EGB. No recuerdo clase de historia, que era lo que nos daba, en la que no terminará dedicando unos minutos a relatarnos sus vicisitudes, a referirnos sus vivencias y cómo sus ideales fueron destruidos por quienes debía defenderle. Eran los años previos a la transición. Acababa de morir el dictador y comenzaban a extenderse ciertos aires de independentismos, ideales que se defendían con la violencia y el asesinato, con actos terroristas que cercenaban cualquier atisbo de razón. Nuestra incipiente mocedad no estaba exenta de una maravillosa ingenuidad. Alguien le preguntó, tal vez en gesto de naciente sensibilidad política, a raíz de los acontecimientos y sucesos que planeaban por el país, por la inminencia de la independencia de la Vascongadas, que era como nos enseñaron a denominar al actual país vasco, o como se le nomina ahora. Don Vicente guardó silencio durante unos segundos. Creo recordar que incluso encendió un cigarrillo –¡lo que ha cambiado la vida!- y tras exhalar la primera bocanada de humo, y pasear su cojera por delante de la palestra, sentenció:

– El problema no serán los vascos, al menos al principio. La fractura de la patria vendrá de Cataluña, de esos suavones que se servirán de los recursos de todos nosotros para enriquecerse y hacer saltar la unidad, y no les importará nada, ni la justicia ni la legalidad. Dios quiera que no volvamos a vivir otro desastre.

Don Vicente murió a mediados de la década de los noventa del pasado siglo pero dejó grabada la  impronta de su humanidad y bondad en algunos de sus alumnos y aquella frase que hoy recobra una actualidad estremecedora. Vaticinó, con treinta y cinco años, y con una claridad y rotundidad aplastante, la realidad de este acontecimiento que está poniendo en graves aprietos al gobierno y a la unidad de España.

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