“Porque yo La ví”*

CARRECon la certidumbre de quién se sabe poseedor de la verdad absoluta, con la contundencia de mantener la seguridad de haber vivido lo que cuenta, con la despótica mansedumbre que permite la certificación de transmitir lo que sus ojos han contemplado, desandado el camino de las dudas e ignorando las soflamas de lo que pudieran haberle contando, acertó a confirmar que la Virgen tiene el rostro de la Esperanza. Sus ojos brillaron con la afirmación, desoyendo a la sinrazón, a los que pudieran tacharle de loco, de imponerle la túnica blanca, ésa que llevó esta cuaresma el Cristo a quien eleva sus plegarias, corroboró su aserto con unos segundos de silencio, unos instantes para que, quienes oíamos, pudiéramos revalidar la grandeza de sus palabras.

Mantenía sus afirmaciones sin torcer el gesto, sin alterar los músculos de su cara ni bajar la vista que delata a los araneros, a los procuradores de la mentira, manteniendo la templanza que da haber lidiado con la muerte, darle dos medias verónicas, como las que dibujaba Curro en las tardes del Corpus, y dejarla desorientada, en los medios, perdida y obnubilada por el empaque de la gran burla, mientras que él volvía, altanero y garboso, hasta las barreras que marcan las lindes de la luz y la oscuridad -¿dónde está, muerte, tu poder?-, esa frontera que separa el mercado de la Feria, las viejas casas de vecinos, que ahora habitan nuevos inquilinos con más posibles, y las casas señoriales de la antigua Alameda.

No supo que el tiempo se precipitaba, que las horas no tenían validez en aquel estado en el que habitaba, en aquel paraíso con forma de templo macareno, un espacio que se iba llenando, abarrotando sus gradas de personas que acudían a postrarse, para el sueño eterno, a las plantas de La más antigua vecina de la Macarena. No tuvo noción de días ni noches, ni mantuvo aspiración de ello. El tiempo se muere frente a la Virgen, en el cielo que muchas veces soñamos. Esa es la única fatalidad cuando se cruza la mirada con la Madre de Dios ¡Qué importancia tienen los ecos de las campanas que anuncian el discurrir del día! Se funden los bronces de la vida con su mera contemplación, con la resonancia de las palabras que salen por el hito de su boca, por ese valle entreabierto que nos acerca a la morada de Dios.

Francisco José aguantó estoicamente la reprimenda, la prédica maternal, pero contundente, de aquella voz que tenia reminiscencias de mujer de mercado, de patio de vecinos cuajado las pilistras y macetones de jazmines y damas de noche, de antiguas latas de tomates ahora preñados con guiños de claveles que empiezan a asomarse en los pretiles de una baranda verde recién pintada porque ya comenzaba el óxido a tender sus siniestras garras. Voces y palabras que incitaban a abandonar aquel cielo, en el que se obstinaba en permanecer, porque no había llegado la hora para el encuentro, y que el hijo atiende apesadumbrado y se abre paso, a contracorriente, luchando con la bulla que intentaba a acercarse a Ella, como si de una madrugada eterna se tratara, para observar esa Gracia que solo se mantiene en el brillo de sus ojos.

Dice que cuando despertó, cuando retornó a este valle de lágrimas, aún resonaban en su interior los ecos de las oraciones de unas monjas, que lo primero que acertó a discernir fue aquella fuga del tiempo, que su preocupación se centró en lo mal que lo habrían pasado sus seres queridos, sus amigos. Él no pudo darse cuenta del sufrimiento porque había estado con la Virgen y donde vive la Madre de Dios, o sea en el cielo, tan solo hay espacio para la alegría y la Esperanza, la que buscaba ansiosamente esa bulla de la que fue testigo Francisco José Carretero Díez, perdona que aquí en tu barrio, todos te queremos y conoces como el Carre, un armao que ha podido certificar –porque yo lo ví, acertó a decir– que la Virgen tiene en su rostro la Esperanza. En la Macarena estamos alegres porque estés con nosotros y que Ella te devolviera para confirmarnos que no estábamos equivocados y cuando se abren las puertas del cielo donde habita nos encontramos con el verdadero semblante de la Madre Dios.

 

*Al Carre que volvió porque cree en la Esperanza

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