Mi novela en Coria, en mi pueblo

LIBRO NUEVOEl pasado viernes 28 de noviembre, tuve la inmensa suerte de poder presentar mi novela, Esta noche vienen a por tí, en la localidad de Coria del Río, que es el lugar donde vi la primera luz, donde aprendí a jugar y a soñar. Fue una jornada inolvidable, acompañado de mi familia, en la que se encuentran esos amigos que siempre están a nuestro lado, y de mis paisanos. Gracias a la Hermandad de la Vera Cruz  por su inestimable y apreciada colaboración para realización del acto, pues tuve el honor de proferir mis palabras bajo la atenta mirad de la Santísima Virgen de la Concepción y el auspicio del Cristo de la Vera Cruz. Mis palabras fueron la siguientes.

Mi agradecimiento a D. Modesto González Márquez, alcalde del Excmo. Ayuntamiento, a don Juan Manuel Suárez Japón, paisano y ex Consejero de Cultura de la Junta de Andalcuía, que me honra con su presencia y al Sr. Vice Presidente del Consejo de Hermandades de Coria. Igualmente reiterar, nunca tendré palabras para ello, mi agradecimiento a la Editorial Jirones de Azul, Rosa y Esperanza García Perea, que han depositado tanta confianza en mí, en mis obras, y sin ellas nada hubiera sido posible. No puedo dejar pasar la presencia de quienes son partícipes de mi memoria en el recuerdo, en esa patria que comienza a forjarse en el alma cuando aun solo tenemos conciencia de la inocencia y los juegos nos sustraen. Juan Manuel y Eduardo Martínez Azogue. No sabéis la de veces que os he usurpado vuestras memorias y os he retrotraído de aquellos años que compartimos para referiros, creo que hasta la saciedad, a mi mujer, a mi hija y mis mejores amigos, solemnes y misericordiosos pacientes, que soportan mis ataques de nostalgia de aquel tiempo que todavía la memoria no nos ha robado. Gracias, sinceramente también a Sebastián Camacho, por su desinteresa y menesterosa ayuda, por aportar cuanta bibliografía le requerí para la mejor documentación de mi novela. Y por supuesto a la Junta de gobierno de esta Hermandad de la Vera Cruz, y muy especialmente a su hermano mayor, Miguel Campos Villalta, por esta acogida, por este recibimiento, por tanta amabilidad y sencillez, por abrirnos las puertas de su corazón y por este prologo inmerecido hacia mi persona. Gracias, de verdad, por vuestra gentileza, por no poner inconvenientes, muy al contrario, para que este humilde escribidor, que suele presumir, algunos de los presentes lo pueden corroborar, de ser coriano y macareno, allá donde vaya, pueda realizar la presentación, en su pueblo, de mi segunda novela, Esta noche vienen a por ti.

 

Hace muchos años, cada mañana, un niño ascendía por estos escalones que conducen la cima de este Cerro de San Juan, para acudir a sus clases diarias en el colegio que está situado al final de su ladera. Decían que era tímido y distraído, comentarios que ignoraba porque él prefería centrar su atención en las cosas minúsculas que son las que hacen grande al mundo. Se fijaba en las blancas paredes de la ermita y en una cruz, que se adosaba en una de sus paredes laterales. Siempre iba fabulando, abstraído por sus fantasías, elucubrando historias que nada tenían que ver con la intención pedagógica a la que se suponía acudía. Fantaseaba con soldados romanos que habían situado uno de sus principales accesos fluviales en este término denominado, por entonces, Caura, un palabro que le espetó, un día don Francisco García, el maestro que le enseñó y transmitió sus primeros conocimientos, sus primeras nociones del nacionalismo coriano. ¡Qué bien explicaba!

Hoy, casi cuarenta años después, aquellas elucubraciones han tomado la blancura de un papel y se han transformado en la obra, en la novela que hoy traigo a ustedes, con la mayor ilusión, como la concreción del mejor de mis sueños. Y no exagero, ni adultero, con esta enunciación, la verdad ni la sinceridad del término. Hoy cumplo un sueño. Poner ante mis paisanos una de las obras en las que hago referencia al lugar que me viera nacer. Una novela en la que transmuto los tiempos, en los que altero la cadencia de los siglos, en la que juego con la percepción historicista de la que me he surtido para concretar una historia que no pretende desvirtuar la historia. Por sus páginas transitan personajes reales, que existieron, que tuvieron cuerpo y voz, que recibieron besos y caricias, que caminaron por estas mismas calles que ahora pisamos, sin tener conciencia de la importancia que guardan en sus estratos, entre sus piedras y adoquines. Como Juan Manuel de la Rosa Sousa, a quien conocían en su época, como El sombrerero, o a su amigo, Manuel Zambrano, que trabajaba en el Ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda y que utilizaba como medio de transporte el vapor que cubría la ruta entre Sevilla y la bella localidad gaditana. O las ermitañas que custodiaban y cuidaban este mismo recinto donde hoy escuchan mis palabras, donde tal vez todavía residan las miradas de las mujeres, emboscadas en las grietas y recovecos de sus paredes, pendientes y observantes de cuánto hacemos en su recinto. A todos estos personajes, a los que trato y considero con el respeto que merecen, los he involucrado en una historia de conspiraciones, de  la defensa del bien frente al mal que intenta sitiarnos constantemente para hundirnos en las miserias de su poder.

Aquí en este mismo lugar donde estamos nace la historia de esta novela, en el año 43 D. C., con la llegada de dos de los apóstoles de Jesús. Aquí mismo, bajo nuestros pies, en las cuevas que horadan las entrañas de este Cerro, nace y se instituye una sociedad secreta, una orden que pretende custodiar el objeto que los dos judíos dejan a los primeros cristianos, para defenderlo de la ambición de otra hermandad que intenta sustraerlo para adquirir el supuesto poder que el objeto contiene.

Veinte siglos después, esta lucha subrepticia, que ha permanecido intacta pero oculta a los ojos del mundo, continúa y se engrandece. Asesinatos que se encubren con los altercados afines a la celebración de la proclamación de la II República, desordenes que se crean para conseguir el fin y culpar a la situación política de ellos. Dos guardias civiles, José Urbano, El lecherito, y José Rebollo, que se enfrentarán, junto a los citados personajes corianos, y otros que irán apareciendo, a la misteriosa orden que quiere instaurar el mal como paradigma de vida.

No entiendan, quienes se enfrasquen en su lectura, que se refieren hechos históricos textuales, ni estrictamente coincidentes con los acaecidos verdaderamente en la época en la que se desarrolla el argumento, pues no tiene mayor rigurosidad que la que emerge de la imaginación de este escritor, aunque hay hechos reales y concretos que acaecieron, como sucede con los personajes principales, sucesos y actos dramáticos y tristes, que se elevan en nuestra memoria, pero son utilizados como escenarios de la fantasía que nace de mi condición de escritor, para centrar la época argumental, situar los contextos y tejer los hilos de una sólida malla por la que puedan transitar los personajes sin peligro de despeñarse. Estos artificios literarios no tienen mayor pretensión que la de incubar el interés de quienes se sumerjan en las aguas de la trama y alterar las inquietudes que tienden a adocenarse el ánimo, las mismas situaciones que yo experimento cuando me posiciono en mi condición de lector, y abrir el corazón a las emociones y las sensaciones que fluctúan por el interior del ser humano. Si acaso, poner en consideración la necesidad natural e inherente de tener que distraer la crueldad de la realidad con la belleza eterna de la ficción, como reseñaba, hace hoy justamente dos semanas y durante la presentación de esta novela en Sevilla, de corresponder a la inquietud que nos invade cuando oímos o leemos un relato, apartar la indiferencia y anclar la necesidad ancestral de poder llegar a ser feliz, de que nadie nos sustraiga la eternidad de una sonrisa o la profundidad sentimental de unas lágrimas que remueven la nostalgia, cuando las palabras fluían cadenciosas desde labios de nuestras madres cuando nos contaban un relato o cuando apreciábamos un resplandor ilusionante en los ojos de nuestros hijos cuando le contábamos su primer cuento. Con esta fabulación emocional he intentado organizar un entramado de historias en las que los personaje puedan desenvolverse con la autonomía precisa que le vaya dictando su razón o sus inquietudes sentimentales. Por eso encontrarán, especialmente al inicio de cada capítulo, una descripción emocional, sobre las situaciones que viven y padecen los protagonistas, realidades que nos hacen preguntarnos ¿Qué puede pasársenos por la mente, mientras se huye apresuradamente, cuando mantenemos la certidumbre de que la muerte nos pisa los talones? ¿Cómo se acepta el fin? ¿Cómo pueden atormentarnos los recuerdos cuando las palabras, susurradas al oído, nos anuncian que la parca se embosca en la revuelta de una esquina? ¿Qué nos hace fuertes ante el dolor? ¿Cómo nos marca en la vida? ¿En qué rincón del alma comienza a pudrirse la honestidad y la dignidad de los hombres por mor de alcanzar el poder? Si al final de la lectura, son capaces de responderse a estas interrogantes, este humilde escribidor dará por satisfecho toda la labor realizada para construir la novela.

Decía al inicio de mi intervención que hoy se cumplía un sueño, con la presentación en mi pueblo, de esta novela que tiene a Coria del Río como una de sus principales protagonistas, en  un tiempo de convulsiones sociales que no debemos olvidar. He de confesarles que no les he dicho del todo la verdad. Hoy, mientras subía los treinta y tres escalones que me acercaban a esta ermita, he desandado los tiempos y he recobrado mi infancia. He vuelto a ser aquel niño que conforme avanzaba hacia el centro escolar, iba definiendo historias que luego han llegado a ser leídas por millares de personas. Hoy no solo he cumplido el sueño sino que he hecho realidad mi retorno a aquel tiempo donde las horas no tenían más valor que el que procura la imaginación, a la recuperación de la primera luz de la mañana que comenzaba a dorar el blancor de la fachada de los muros que acogen y guardan al Cristo de la Vera Cruz y a su Madre, al revuelo de las palabras de mis amigos, mezclándose, enalteciendo el aire, que me incitaban a jugar con ellos, los preceptos de don Francisco y don Gregorio abriendo en mi pecho un hendidura por donde se filtraban las emociones y los conocimientos que fueron forjando mi identidad. Hoy no solo he cumplido mi sueño, sino que lo he hecho realidad, al presentar mi libro ante ustedes y al sentir el frescor de la candidez e inocencia de aquel tiempo, en el que compartí estos mismos espacios, taladrando mis sentidos mientras oía el susurro misterioso de unos pies invisibles que me cercaban y el murmullo ascendente de la voz de mi niñez y mi infancia, advirtiéndome al oído, que esta noche vienen a por mí.

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