Modernizar Sevilla de verdad

mapping-navidad-sevilla--478x270  Llámenme retrógrado, inmovilista, sensiblero e incluso ignorante. Llámenme iluso, quijote introvertido, perdedor o antiguo. Adjudíquenme el adjetivo más conveniente según sus sentires pero sigo considerando un atroz atentado la suplantación, única y sevillana, en los espacios abiertos de la ciudad, de árboles frondosos por otros de especies anejas al clima y a la idiosincrasia natural de sus habitantes. Los recuerdos visuales no citan a engaños. El alzhéimer se ha instalado en la conducta y en la memoria de muchos de nosotros, convirtiéndonos en meros espectadores de un drama que se representa diariamente y cuyos autores son los dirigentes que nunca quieren pecar de trasnochados actuantes y acometen la renovación paisajista de la ciudad sin tener en cuenta la historia ni los condicionantes ambientales ignorando que su pretendida modernidad, una y otra vez, cae en la más insulsa chabacanería, en el catetismo más suntuoso. Tienen miedo a preservar el legado. Y lo que es peor, tienen medios y dinero con los que dotar su latrocinio.

Modernizar no es arrasar y derribar el patrimonio sentimental de la urbe. Es adecuar y conferir a las estructuras, con las nuevas tendencias técnicas, el grado de supervivencia necesario para preservar el valor arquitectónico de sus bienes inmuebles, asegurar la supervivencia de aquellos espacios y lugares que dignifican la visión y consolidar el legado tal como fue recibido, una herencia que ya quisieran algunos países y ciudades haber heredado.

Viene todo ésto por la espantosa transformación que han sufrido, esencialmente, las principales calles del casco antiguo, con la loable intención de peatonalizarlas. Creíamos que se iba a regular el tránsito de vehículos de motor por ellas consiguiéndose la humanización de sus recorridos por los ciudadanos, que se iban a preservar sus principales monumentos y edificios del desgaste y la corrupción de sus piedras y que se recuperaría la vida comercial de los negocios familiares y particulares que se repartían por las lindes de sus calles. Pero no. Pero esos buenos propósitos, esas intenciones quedaron apartadas para construir un solariego y pétreo vial, sin demarcaciones para el tránsito peatonal, para la circulación de bicicletas y para el discurrir del despropósito del tranvía como única y exclusiva posibilidad de acceder al centro de la ciudad por transporte público. Todos comparten, peligrosamente, ese espacio. No se ha conseguido la finalidad del disfrute. Los sevillanos caminan por la Avenida pendientes de no ser atropellados por el Eddy Merck de turno, esquivando bicicletas –que conste que soy usuario de ellas- y tomando precauciones por no ser arrollado por el dichoso tranvía. ¡Con lo fácil que hubiera sido mantener sus aceras, restituir el bello adoquinado que escondieron, los progres de los años setenta, tras un manto asfáltico y delimitar así cada espacio área! Y lo que nos hubiéramos ahorrado, que ésa es otra. En verano no hay quien recorra el tramo que va desde la Puerta de Jerez a la Plaza Nueva sin exponerse a una insolación. Se desertizó ese zona arrancando los frondosos árboles que conferían sombra y resguardo al sofoco e inmisericorde poder del sol, sustituyéndolos por exiguos naranjos, que como todo el mundo sabe, son maravillosos en otros sectores más reducidos pero deficitarios vergeles de sombra cuando se agranda el ámbito.

Ahora en Navidad, convertida la ciudad en parque temático -¡menos mal que se saca partido y utilidad a los despropósitos urgidos por quienes nos gobernaron!- la Avenida de la Constitución se transforma en un discurrir multitudinario que impide el tránsito del servicio público, que restringe a sus pasajeros el derecho a llegar a sus últimas paradas. Si se hubieran hecho las cosas con sentido y responsabilidad todos, absolutamente todos, disfrutaríamos de los espacios que se nos ofrecen, de la sensación natural de un paseo en estos días que nos transmiten mejores sensaciones y compartir las visitas a los belenes, el acceso a las tiendas para realizar las compras y tomar una cerveza con los amigos pausadamente. O contemplar el espectáculo lumínico escénico, el mapping, que se visualiza sobre la hermosísima fachada plateresca del ayuntamiento de Sevilla, prueba evidente de la posibilidad de compatibilizar la modernidad con la historia inherente de la ciudad sin tener que derribar un edificio y poner en su lugar un espantoso telón donde proyectar este prodigo de la técnica. ¡Uy! Me callo. No vaya ser que tome la idea como suya algunos de estos modernos arquitectos que nos castigan con sus emblemáticos proyectos y restauren el edificio consistorial, que ya sabemos lo que entienden éstos por restaurar. No he dicho nada.

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