La otra mejilla, siempre para los mismos

santi-potros   Nos acostumbramos a ver natural que las bestias realizaran por nosotros los trabajos más difíciles, los más arduos, los que conllevan un esfuerzo superior al posible de los seres humanos, para los que la resistencia física del hombre supondría su agotamiento o su descalabro muscular. Los animales de tiro vienen supliendo, con su esfuerzo aquellos que nos imposible de realizar. Las tareas agrícolas tuvieron su primera emergencia cuasi industrial con la utilización de los animales que rodeaban al hombre que fue restándole su agreste origen hasta convertirlos en dóciles compañeros en las tareas más afanosas. Bestias y hombres lograron una paridad como resultado de sus necesidades. Los uno sumando la fortaleza esencial para labrar campos, edificar o transportar; los otros, cuidándolos, administrando sus fuerzas, dosificando sus energías y alimentándolos convenientemente. Incluso se les tomó aprecio y cariño y sus muertes descubrían un dolor solo comparable a las pérdidas de seres queridos

La supremacía del hombre, como rey y primer eslabón de la cadena alimenticia e intelectual, como ser racional capaz de distinguir el bien del mal, sugiere al instinto una mayor severidad en los comportamientos sentimentales, en las emociones que nos distinguen y separan de la barbarie, la injusticia y la administración del poder, de ecuanimidad en las actuaciones para no ser comparados con las bestias que pululan, en sus hábitat naturales, dejándose guiar por sus instintos, sin más criterios que los de alimentarse y cuidar de sus semejantes. No hay más razón. Lo que nos puede parecer salvaje, cuando contemplamos los documentales que tan ávidamente nos ofrecen los medios de comunicación y las redes sociales, no es más que la concreción del ciclo de la vida. Unos tienen que servir de sustento para que otros sobrevivan.

Lo que no es normal es el cambio de postulados en las conductas y la razón se disuelva en la espesura de la insensatez y la pérdida de la cordura. La razón no es, ni debe ser, un instrumento para someter a quienes no consideremos iguales, para ignorar los derechos esenciales de la justicia, ni encubrir a los que no entienden que todos tenemos las mismas obligaciones en este juego societario que es la humanidad. Si la razón la utilizamos a conveniencia de unos pocos, estamos introduciendo nuevos factores en las reglas que nos impone la convivencia. La razón debe utilizarse para rasar las conductas, para igualarnos cuando obramos con bondad, cuando reforzamos la condición regalada por la Providencia y otorgamos el don de la caridad, sin confundir con la malevolencia, para perdonar cuando las acciones son consecuencia de un arrebato o de un error. Cuando la premeditación, la alevosía y la infamia actúan, hay que obrar con rigor y ejecutar todo el peso de la ley, a quienes se atribuyen y aspiran a la condición de creerse Dios.

La Audiencia Nacional ordenó la semana la libertad incondicional del asesino que ideó y ordenó las matanzas de Hipercor y la plaza de la República Dominicana, dos atentados que se llevaron por delante a treinta y tres personas, eso sin contar los daños colaterales y emocionales que ocasionaron a sus seres queridos, víctimas del terrorismo que observan, como una vez más, se liberan a los asesinos y reabren las heridas de la memoria. ¿Ésta memoria no interesa a nadie? Santi Potros podrá disfrutar de las fiestas navideñas, rodeado de sus familiares y adláteres, en la serenidad de su hogar, con la certeza de saberse salvaguardado por quiénes debieran amparar a sus víctimas. Una sensación tan contradictoria que remueve conciencias en la ciudadanía que observa atónica decisiones de esta índole y se pregunta si verdaderamente  vivimos en un estado de derecho, si gozamos todos de la misma equidad.

Dios no obliga al perdón, a la restitución de la dignidad. ¿Han pedido perdón, al menos, estos individuos que tanto dolor han ocasionado a la sociedad? ¿Deben ser las víctimas, unilateralmente, las que sean obligadas, por su bondad y aquiescencia a la dignidad humana, a soportar la indulgencia de la leyes que malescriben y dictan los hombres? ¿Sólo ellos están obligados a poner la otra mejilla?

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