Cinco de enero*

CINCO DE ENERODespertó con la primera claridad de la mañana, con la ilusión asaltando sus sentidos, con un resplandor fulgurante iluminando su cara, con la sensación del reencuentro con la felicidad, con esa punzada en el estómago que le advertía de la dicha por venir. Corrió por el pasillo hasta alcanzar el ventanal que le descubría el mundo desde el salón. Pegó sus mejillas al gran cristal y sintió rejuvenecer con el frescor que habitaba en el mural transparente, cómo se alteraban sus pulsos con el rocío, que milagrosamente traspasaba las lindes de la vidriera para convertirla en escaparate donde se dibujaban redes acuosas en aquella superficie límpida que era incapaz de separarle del frío. Las calles aparecían casi desiertas, en una inusual apariencia. A esas horas, en la normalidad de una jornada laboral, el tráfico deshumanizaba la plazoleta y la avenida adyacente, con un rumor incesante de motores, de cláxones desacralizando el silencio, profanando la quietud que solo mantenía un reducto apacible en las copas de los árboles. En aquellas horas, un trasiego incesante de niños encorvados por el peso de las mochilas, un ejército infantil de azules chaquetillas y grises pantalones, madres acuciadas por el tiempo, dirigía sus pasos al colegio que se oteaba al final de la avenida. Pero aquella mañana aparecía casi desierto. El caos circulatorio había dado paso a una sensación apaciguadora, instalando la tranquilidad frente al desconcierto habitual. Los comercios tradicionales, los que habían sobrevivido a la especulación urbanística de la zona, o habían reconvertido sus actividades a las necesidades sociales imperantes, proyectaban, desde su interior, la luz en las aceras sombrías, todavía atrapadas por la penumbra de la madrugada. De la tahona ascendía un delicioso aroma de barras de pan recién elaboradas, de bollitos de leche humeantes, dispuestos en las bandejas para atravesar los sentidos. Pensó si el tiempo no se habría detenido. Se miró y contempló al niño, con su pijama de franela, con el blancor asaltado por caballitos rojos, esperando el beso de su madre, la voz resuelta que insistía en que comiera el panecillo recién tostado, con la mermelada rebozando los bordes, que ya venían los Reyes, que ya estaban asaltando el perímetro de la ciudad con sus camellos, con sus comitivas de pajes y ayudantes exóticos, cargados con sacos repletos de juguetes, de deseos y felicidad, que era lo que los mayores recibían. Vió, reflejado en el mural cristalino, al niño resuelto en la frescura de la ilusión, de la alegría desbordando su mirada, centelleando en sus ojos el goce que nacía en el alma y que desbordaba las orillas de la emoción, incapaz de contener su tranquilidad por el anuncio que su madre acababa de hacerle, palabras convertidas en bando del júbilo, del alborozo que le removía el corazón hasta convertirlo en una fuente inagotable de entusiasmo viendo la cabalgata, recogiendo caramelos que caían del cielo como por encanto, golosinas disputadas a otros niños donde descubría su misma mirada, la barahúnda emocional que sólo sería vencida por el sueño intranquilo, por el deseo de descubrir a las egregias y mágicas figuras depositando los juguetes al pie de su cama, una aspiración que moría en la proclama, en la alarmante perorata de su padre, indicándole que de ser descubiertos caerían en la desgracia de no recibir regalos en su vida y cerraba sus ojos, con tanta fuerza, que le dolían los párpados, un suplicio gratificado por los regalos.

La dulce voz de la mujer, atravesando la estancia, rompió aquella tegua con el tiempo, los años resueltos en un retroceso que le hacía inmensamente feliz, donde los recuerdos y la nostalgia cambiaban su fisonomía. Se volvió rompiendo la quietud de aquel universo que le devolvía la imagen de su madre, su sonoridad tajante y cariñosa, y se encontró con la sonrisa de su esposa. Supo, con las primeras luces de la mañana anegando el salón, con el silencio cómplice de su compañera, que volvería a revivir el milagro, único e indescriptible, de recuperar su niñez, de recobrar las horas en las que el mayor tesoro, el mejor y más cuantitativo bien que pudiera concebir la mente humana, residía en la ilusión, en la nigromancia de la felicidad que brotaba del corazón, justo cuando tomaba la mano de su hija, la de su mujer y el primer caramelo surcaba el cielo y caía junto a ellos mientras la cabalgata de los reyes magos cubría de felicidad las calles de la vieja ciudad, hasta convertirlas en el paraíso donde tiene cabida cualquier Esperanza.

 

*A mis queridas y entrañables Maldades Necesarias, a las que tanto quiero.

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2 respuestas a Cinco de enero*

  1. Maravilloso…
    El primer regalo que me han traído los Reyes. Gracias, hermano.

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