Ojalá cunda el ejemplo

sevilla   Me llevo la gratísima sorpresa por la iniciativa de una empresa sevillana que sugiere, para celebrar los cumpleaños de los niños, paseos culturales por los principales monumentos y museos. Un hermoso proyecto que puede resultar, amén de novedoso, en los tiempos que corren, muy interesante para reflotar la decadencia cultural a la que estamos sometidos por las nuevas y espectaculares tecnologías, que no el ejercicio y fomento de la ciencia que es cosa diferente. Los niños sevillanos necesitan instruirse en las cosas de la ciudad, en su longeva y atractiva historia, conocer sus intríngulis patrimoniales con el fin de preservar su gloria y esplendor. Sólo desde el conocimiento se puede conservar, que no quiere decir anclarse en el tiempo.

Esta concepción de aglutinar el divertimento con la cultura es, ya de por sí, una aventura. La experiencia nos dice que conocer lo local sirve para recuperar la normalidad cultural tan necesaria para superar los extremismos que se contraen desde el desconocimiento, desde el analfabetismo que suele traer consigo la fanatización de las mejores filosofías. Acendrar la razón para convertir el mundo, desde el mismo suelo que uno suele pisar diariamente, en un lugar compartido, en un espacio donde cualquier ideario sea respetado, donde los pensamientos no se tergiversen para utilizarlos como resortes para provocar la violencia injustificada.

Cambiar las hamburgueserías, las pizzerías y los locales de juegos por una visita al museo, por un recorrido por los barrios que todavía guardan esencias de la majestuosidad de esta ciudad, por las calles donde se encuentran vestigios de la grandeza humanística que tuvo un día, por los callejones que retienen el recuerdo de la convivencia pacífica de las diferentes culturas que compartieron, durante siglos, sus ideales, sus teologías y sus hábitos domésticos, es ir sembrando los campos de la tolerancia, una virtud que tan escasamente se ejerce en la actualidad. Los niños sevillanos desconocen las prácticas de ocio de sus padres, de sus abuelos, cuando la calle era centro de reunión y las plazoletas lugares capaces de convertirse, con la imaginación y la fantasía como únicos medios, en terrenos de fútbol, en campos de batalla donde se recreaba la épica de nuestros ancestros, el cosos taurinos o en salas de maravillosas tertulias donde el descubría el mundo, que en la mayoría de las ocasione, apenas traspasaba la as lindes de una esquina o el perímetro demarcado por la travesía de una avenida. Aquellas reuniones nos forjaban en los comportamientos esenciales para construir algo tan necesario y sencillo como es el respeto. Desconoce esta generación, que parece embrujada por la tecnología que nos avasalla, que nos aísla y nos convierte en seres huraños, incapaces de mantener una conversación, que la mejor manera de crecer es compartir las experiencias, dejarnos llevar por el conocimiento de quienes nos rodean para descubrir que nuestras esencias nos aquilatan el alma.

Por eso me agrada tanto advertir que una empresa, alejándose del convencionalismo que nos intentan imponer, recupere la cultura como foco de diversión, que no están en absoluto reñido. Que volvamos a interesarnos, a preocuparnos de que otros lleguen a interesarse por nuestra cultura, por desentrañar los misterios que subyacen en la intrahistoria de nuestra ciudad, es algo que debiera enorgullecernos. Eso sí, sin olvidar que la historia no tiene reveses, ni mucho menos transmitirla con rencor. Podemos aprender de ella, subsanar los males endémicos que parece debemos heredar cuando ni participamos ni compartimos las actuaciones y errores de quienes entendían la religión como conducto por donde evacuar sus frustraciones. La cultura, la religión, el conocimiento y la inteligencia pueden caminar asidos de la mano. Lo que no tiene cabida es el patetismo de quienes quieren convencernos que la modernidad viene teñida por sus apreciaciones y su intolerancia, por la interpretación cejada de la historia, de sus principales actores, intentando convencernos de la manipulación intelectual que impregnaron en sus libros, en sus lienzos o en sus consideraciones científicas. Quienes piensen que la cultura tiene una interpretación parcial, esquinada, están demostrando su ineptitud, su decadencia intelectual. O quizás sean estos autodenominados progres quienes estén intentando manipular la historia.

Que los niños sevillanos conozcan sus raíces, las leyendas e historias de esta ciudad es algo excepcional. Son ellos los que deben reconocerla en el futuro. Que no les pase como a sus padres y abuelos que son incapaces identificar los lugares donde crecieron, donde jugaron, donde acometieron sus primeros lances amorosos, donde comenzaron a sentirse hombres y mujeres, y un día se encontraron con una ciudad extraña, irreconocible, donde solo los recuerdos hacen que pervivan. Ya podrán compaginar los momentos de asueto en hamburgueserías y pizzerías, que todo tiene su tiempo.

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Una respuesta a Ojalá cunda el ejemplo

  1. epsevilla dijo:

    No cabe duda que es una gran iniciativa esta, darles a conocer a los chic@s su historia, tradiciones, entorno, desde una forma lúdica.
    Con los juegos y anécdotas aprenderán a conocer ya vivir en una Ciudad, su Ciudad, y aprenderán a quererla, amarilla y respetarla.
    Y, cuando sean mayores, se reconocerán en ella y en su historia y habrán aprendido a amarla y, por ende, a Cuidadla y respetarla.
    No cabe duda de que es una gran idea que también los mayores deberían adoptarla.
    La gente de mi edad hemos aprendido a amarla de la mano de personas que nos la han ido mostrando de forma más o menos completa. Personas como José María de Mena, Francisco Morales Padrón, Eduardo Ibarra o Rodriguez-Buzón y tantos otros, nos la han mostrado a través de sus libros y nuestras visitas, conversaciones entre nosotros y/o con ellos han hecho crecer ese amor y conocimiento a nuestra amada Ciudad.

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