No podemos perder Sevilla

fuen1   Con doce años ya tenía muchísimo interés por conocer la historia, las leyendas y los extraños acontecimientos que jalonan la milenaria vida de esta Sevilla nuestra que nos hace sentir, a pesar de quienes intentan utilizarla, un gran orgullo. Es una ciudad encantadora, llena de sorpresas, de rincones hermosísimos que son testigos de la aglomeración de las diferentes culturas que la han ido construyendo, una amalgama inusual que le confieren una identidad propia, ajena a muchas otras ciudades europeas. Sentía cómo fluía un repelús por mis venas oyendo las leyendas hermosas sobre los principales personajes, desde la construcción por Hércules, a las de las Santas Justa y Rufina, la cabeza del Rey don Pedro, la Susona y cientos de ellas que conmueven las entrañas de la memoria. Con quince años, a los jóvenes de ahora les parecerá una ñoñería, nuestro principal motivo de asueto era pasear por el extensísimo casco antiguo y ubicar los personajes que la construyeron en los rincones más extraordinarios de la ciudad. Era una forma de instruirnos, asimilando como nuestra la gran historia que subyacía en las empedradas calles. Andar, vagar por los viejos barrios hasta identificarlos con la historia que muchas veces tergiversábamos para agrandarlas en nuestra imaginación. Conocimos las últimas casas de vecinos, en su mayoría casas señoriales reconvertidas en partiditos, donde la vida familiar gozaba de escasa intimidad, pero de una gran convivencia entre sus habitantes, el corral del Conde, el corral de los Chícharo, el siete de la calle Patricio Sáenz, el corral de las pellizas. También tuvimos la suerte de conocer el entramado mudéjar que discurría a espaldas de San Luis, el único que quedaba en Europa, divagar por sus calles inundadas por el olor a comida casera, por un silencio interrumpido por los silbidos melodiosos de unos canarios, asentados en sus jaulas, sobre el alfeizar de una ventana, mientras dirigíamos los pasos al instituto San Isidoro, el de nueva factura, no el de nuestros padres. En primavera, que en Sevilla coincide con el miércoles de ceniza aunque los fríos y la lluvia insistan en quedarse unos días más, alterábamos el comportamiento y en seguida conformábamos corros en el patio para exaltar y recuperar la memoria de la Semana Santa, y dilucidábamos quienes sabían más sobre nuestras cofradías, relatándonos los últimos acontecimientos en nuestras hermandades, desentrañando sus historias, el motivo de sus fundaciones o de las personas que habían dejado en el camino heredad y momentos familiares para hacer mejor y más grande a sus Corporaciones, y presumíamos de túnicas de merino y terciopelos verdes porque aquella sería la primera madrugada en la que realizaríamos solos, sin la presencia adosada de la madre o la tía, como cuando éramos aún más pequeños. Estábamos enamorados de nuestra ciudad, de su belleza antropológica y antropomórfica. Treinta y cinco años después seguimos estándolo a pesar del magnicidio que se viene acometiendo sobre ella.

Las nuevas generaciones continúan con este amor a la ciudad. Se congratulan de los bellos espacios que contemplan, de los paisajes bucólicos que observan, que captan con sus magníficas cámaras de fotos y sus habilidades artísticas para retener toda la hermosura de la ciudad, de sus rincones. No hay nada nuevo que no sea inmediatamente insertado en el correspondiente foro o en las páginas de las redes sociales. Me parece extraordinario, con absoluta sinceridad lo manifiesto, que se promuevan este tipo asociaciones virtuales, de escenarios donde poder recoger lo que nuestros sentidos captan y compartirlo con los amigos. Pero esa virtualidad no puede someter a la realidad, ni relegarla a un segundo plano. No todo puede quedar en la exaltación de la belleza, en la mera degustación onírica de los lugares más hermosos, en plasmar en imágenes lo que hoy vemos porque corremos el riesgo de caer en lo sucumbieron nuestros padres: en la banalidad que permitió, sin que nadie levantara la voz o quienes lo hacían eran tachados de reaccionarios, la destrucción de la identidad de la mejor Sevilla, de barrios enteros devastados por la ola de “modernidad” que asola a esta ciudad desde la medianía del pasado siglo. Mientras que algunos siguen embobados en la belleza onírica, que corroe la razón en muchas ocasiones, trasladando la superficialidad del enamoramiento a las páginas, mientras sigan encandilados con lo que hoy pueden disfrutar, hay un sector maquinando sobre la posibilidad de acrecentar sus intereses, cuando no sus bolsillos.

Me parece muy bien, reitero mis manifestaciones, que haya muchos enamorados de la ciudad. Pero que no se queden dormidos en sus afirmaciones y en sus declaraciones de amor y sean menos proselitistas, desoyendo voces, que quieren igual que ellos no más, que Sevilla continúe siendo la ciudad más bella del mundo. Porque mientras seguimos enamorados de ella hay quienes intentan hasta desentrañar nuestras más profundas y emotivas tradiciones. Lo mismo, de continuar abstraídos por la hermosura, tendremos que tirar archivos fotográficos para apreciar qué bonita era la plaza del Lucero, donde vivía mi amigo Escobar, o ver cómo era la calle Imagen, o el escaparate de Ultramarinos Casa Marciano, o recorrer el itinerario del último barrio mudéjar de Europa, destruido para urbanizar sus espacios históricos según las tendencias unos paletos que quieren presumir de modernidad.

Lo mismo para éso servirán, para recordarnos cómo fue Sevilla, esas páginas de redes sociales que son tan poco dadas a permitir la opinión de quienes nos manifestamos, y nos mostramos nuestro amor de una manera diferente, en favor de nuestra ciudad, que es hermosa y bella, que nos superará, gracias a Dios, pero que es un ente vivo que hay que cuidar, en todos sus aspectos desde los políticos hasta los oníricos –condiciones que van unidas desgraciadamente, por mucho que nos duela- de quienes no les importa suplantar su alma para poder imponer sus intereses.

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Una respuesta a No podemos perder Sevilla

  1. mmartinezguis dijo:

    Reblogueó esto en Blog de Manuel Martinez H. E..

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