Aparcar en Sevilla

20150127_190242 No sería necesario convertir las palabras en armas de defensa si todo funcionara con la igualdad y justicia que debiera prevalecer en la sociedad que llamamos del bienestar, que visto lo visto sólo mantiene su calidad para los que pueden pagarla y no como se jactaron de anunciárnoslo hace apenas una década. Continuamos cayendo en la trampa de la equiparidad social. Seguimos tropezando en la misma piedra cada vez que pasamos por la vereda por la que discurre la necesidad, la precariedad a la que estamos abocados con tantas podas en los presupuestos domésticos.

Uno de los principales problemas de esta ciudad, que se viene repitiendo desde hace años, es la imposibilidad de aparcar, en lugares próximos, a nuestros centros de trabajo, nuestros propios domicilios o cuando se visita un centro sanitario. No digamos nada si lo que necesitamos es realizar una gestión urgente, o simplemente necesaria, y tenemos que desplazarnos con el vehículo particular, si no queremos invertir tiempo, que es dinero en la mayoría de las ocasiones. Una verdadera odisea encontrar el hueco donde dejar el coche. En la mayoría de las ocasiones, cuando se encuentra el ansiado aparcamiento, hay que abonar ese impuesto revolucionario, que al parecer no se recoge en el pago de las tasas municipal de circulación, de las zonas azules.

Algunos, convendrán conmigo, que tenemos la mejor opción del desplazamiento en la ciudad en el transporte público, en incrementar el uso de los autobuses municipales para evitar sofocones y acaloramientos innecesarios. Es cierto. Incluso yo mismo soy un voraz usuario de este medio de locomoción al que solo le encuentro dos inconvenientes. El primero de ellos es la impuntualidad del servicio. Para llegar a tiempo al destino deseado es necesario salir con una hora de anticipación. Y no digamos si hay que hacer trasbordo. Que se tarde lo mismo en llegar a la Macarena desde la Carretera de Su Eminencia que a Huelva, me parece un hecho propio del mejor teatro de absurdo. El segundo es la falta congruencia entre quienes conducen los autobuses. He sido testigo de varios casos en los que sus conductores van más preocupados de hacer valer sus propios derechos, como trabajadores, que cumplir con los de los usuarios. Un caso sangrante.  Prado de San Sebastián. Diecinueve treinta horas. Los pasajeros llevan veintitrés minutos esperando un circular. Por fin aparece el autobús. Acceden a él y abonan el billete. El conductor, al que algunos usuarios, cumpliendo con las normas básicas de la educación, dan las buenas tardes, descansa acodado sobre el volante e ignora el saludo fijando su vista en el parabrisas. Entre los consumidores hay estudiantes ociosos, trabajadores que finalizan su jornada laboral, y otros que necesitan cumplir un horario para incorporarse a sus puestos de trabajo, amas de casa con bolsas de compras. El autobús continúa parado otros diez minutos. Se cierran las puertas y por fin parece que vamos a emprender la marcha. El conductor, con la misma seriedad con la que nos recibió, se dirige al pasaje y comunica que el vehículo se ha averiado y que como acaba de llegar otro –todos dirigimos la vista hacia la parte trasera para asegurarnos de ello- tenemos bajarnos y ocupar el señalado. Un rumor de protesta se eleva sobre el discurso del chófer pero como la mayoría tenemos prisas, asumimos el hecho. Cuando estamos ubicados en el nuevo autobús observamos con sorpresa y perplejidad cómo el anterior maniobra, acelera y desaparece, sin que en apariencia se detecte ninguna anomalía. Un sacerdote, viajero descontento, se queja y el conductor indica que su compañero había terminado su turno. Lo de Esquilache fue una anécdota comparado con el motín que viví. Hasta intentos de vuelco. No hay derecho este trato a los usuarios, que al final siempre somos los perjudicados. Casi tres cuartos de hora, desde la llegada a la parada hasta que arrancó el autobús. Supongo que algunos llegaron tarde a sus trabajos, sin tener culpa, y el sacerdote, por lo que oí, tampoco podría con el horario establecido para su menester. Indignante la actitud del empleado que había dejado irse en su última vuelta para cumplir su horario y completarlo con la espera y el posterior artificio. Solo queda la impotencia tras llegar a la Basílica de la Macarena a las 20, 23 horas.

La última opción para desplazarse por esta ciudad es utilizar los aparcamientos repartidos por ella. Pero la indignación vuelve a florecer cuando nos prestamos a abonar la estancia. Un verdadero atraco. La exasperación llega a límites insospechados cuando el ensañamiento se realiza con quienes vienen de compartir el sufrimiento, de quienes sin otra opción, para acompañar a sus familiares enfermos, tienen que dejar sus coches en estos lugares. Que por cuarenta minutos se tenga que abonar 1,90 céntimos me parece un abuso. No quiero pensar en aquellos que se lleven horas, por necesidad, y tras ser testigos del dolor de sus familiares, se encuentren con tan desagradable sorpresa. Es una infamia aprovecharse de estas tristes circunstancias para lucrarse. Y a las pruebas me remito.

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