Déjate llevar (otra vez tussam)

BkcI92WIYAA-BsNNo se les ocurra dejar el coche, o la moto, o la bicicleta, en su casa sin van a salir con sus amigos, o tienen previsto asistir a una sesión de ópera, o a ir al cine con su familia, o simplemente se les apetece departir con sus compañeros y tomar una cerveza a la salida del trabajo, en cuyo caso no podrán demorarla si tienen que coger algún autobús de Tussam. El metro, ni que decir tiene, es un medio transporte sectorializado porque su única línea retira el servicio a las once de la noche, los días laborables, y solo atiende a una parte de la ciudadanía.

Les advierto que soy usuario del transporte público, ya lo he manifestado en multitud de ocasiones, pero no entiendo las condiciones con las que actúa ni a quienes pretenden servir. Si tenemos una cita con el dentista, a las once de la mañana, en una clínica del centro de la ciudad, por poner un ejemplo elemental y rutinario, hemos de prepararnos una hora antes. A saber. Situarnos en la parada oportuna, en mi caso en la avenida de Hytasa, esperar con ansiedad la aparición del vehículo, rogando al cielo, repito una hora antes, que no haya demoras o imprevistos, que el conductor no tenga que cumplir un horario, que es “primordial y prevalece” a los derechos de los usuarios, o que no se averíe y haya transbordar. En el mejor de los casos, la espera puede demorarse unos diez minutos. Diez y diez. Desplazamientos atendiendo, evidentemente, las llamadas para apearse o subida de nuevos pasajeros. Cuando llega a su destino, Prado de San Sebastián, diez y treinta y dos. Nueva espera para tomar el tranvía. Sumemos cinco minutos de nueva espera y trece más en efectuar un trazado de poco más de un kilómetro hasta la plaza Nueva. Diez cincuenta de la mañana. La clínica dental está a diez minutos. Llegada con prisas, esperando que no hayan pasado la cita, y tengas que esperar para perder toda la mañana. Si, sé que me pueden referir que podría salir antes y no pasar los agobios relatados. Claro. Es lo que hacemos. Y así malgastamos horas laborales o de sueño. Mi mujer, y miles de sevillanos sin otra alternativa, se tienen que levantar hora y media antes de lo debido para acudir a sus trabajos en el centro –no quiero pensar lo que puede suceder cuando tienen que desplazarse a pueblos o acudir desde ellos a la capital-, un trayecto que se cubre en coche en quince minutos se transforma en cincuenta. Vamos, que se tarda menos a Huelva con nuestro vehículo.

Publicitan aquello de Déjate llevar, un eslogan extraordinario, pero se les olvidó ultimarlo con la coletilla: cuándo y cómo nosotros queramos. Y viene todo ésto a colación con la caminata que me tuve que pegar anoche por acompañar a un amigo en la bendición de su nuevo taller de creación y restauración artística. En pleno centro de la ciudad, en la misma Alfalfa tiene Carlos Peñuela Jordán su estudio, donde estoy seguro que desarrollará todo el genio que tiene en su interior porque ya ha dado muestras de ello. Once y quince minutos de la noche llego a la plaza Nueva y el tranvía emprende su itinerario, como la misma parsimonia –y guardando las distancias- que la cofradía de los Antiguos Nazarenos de Sevilla, que si me dejan la utilización del símil, lo realizaría con mayor celeridad. En la estación de autobuses del Prado de San Sebastián, una chica y yo intentamos hacer trasbordo, tomar el 26. ¡Pero oh negra suerte! Lo vemos marcharse cuando apenas nos quedan quince metros. Ignoro si el conductor nos vio correr. Quiero pensar que no. Ambos miramos nuestros móviles, intuitivamente, y comprobamos que son las once y veintisiete. ¡Cachis! Por un minuto hemos perdido el autobús. ¡El último autobús sale a las once y veintiséis horas! Tenemos que esperar, comenta la chica, más avezada en este tipo de situaciones que yo, al A5, el nocturno pero ese hasta las doce no llega, si no se retrasa, añade. Y se pone en marcha. Le pregunto si no lo espera y me contesta que llega antes andando. Resulta que vive dos calles tras la mía. Pues nada, a andar, que viene bien para el azúcar. Tras llegar a mi domicilio, me he preocupado de seguir el mismo recorrido que el autobús y no he visto ninguno, efectivamente he llegado antes andando. Indignado y cabreado, pero antes. Una población de casi cien mil personas queda aislada y sin posibilidad de transportes público hasta la seis de la mañana. Comprendo que hay que tener unos horarios, que la demanda no es tan alta como por la mañana o la tarde. Pero también que hay personas que trabajan, no voy a ejemplarizar con el asueto que también tenemos derecho, durante todo el día y no tienen posibilidades ni medios para adquirir un vehículo, u otras causas que impiden su uso, y se ven obligados a tomar el servicio público de transportes, y tras el cansancio propio de sus labores se les obliga a realizar un gasto o caminar hasta sus domicilios viendo la publicidad de Tussam Déjate llevar. No nos engañen por favor. Dios mío, quienes vivan en los barrios periféricos de Torreblanca, Alcosa o Pino Montano.

Y repito. No olviden sus coches si tienen que volver a sus domicilios partir de las once y media de la noche, porque tendrán que tomar un taxi, si sus economías se lo permiten, o pueden recuperar, durante su expedición nocturna por las calles de la ciudad, las experiencias y aventuras del Último mohicano.

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