La ciudad soñada

santacruz1He de reconocer que el paseo de esta mañana ha sido hermoso y muy agradable, pausada andanza que no tenía prevista en mi agenda y que ha venido motivada por la inoperatividad del plan de acceso de vehículos al centro que me ha obligado a la utilización del coche de San Fernando –después de esperar más de veinte minutos al autobús-. El cumplimiento tributario con el ayuntamiento es el motivo de este inesperado y placentero discurrir por calles solitarias, alejadas del barruntar de motos y coches que me han devuelto a la juventud por unos momentos. Hay todavía una ciudad no profanada por la celeridad y el apresuramiento, por el estrés de esta nueva sociedad todo son urgencias, donde todo hay que resolverlo en la constante precipitación.

            Hay todavía sectores de esta Sevilla nuestra que permanece alejada de la especulación, de la maldad institucional que tiene en mente “modernizarnos” con actuaciones propias de una exterminación urbanística metódicamente pensada para recrear otra muy distinta a la que conocemos, una ciudad “revolucionaria y vanguardista” en la nueva concepción de vida que nos tienen ideada.

            Esta Sevilla que permanece “olvidada”, donde no son necesarios espacios amplios, laminados de hormigón y losetas antideslizantes donde se caen los niños y se dejan el pellejo de las rodillas en ellas, es la que nos legaron nuestros mayores, la que construyeron para mejor vivir, adecuándolas a las exigencias climatológicas de veranos calurosos y otoños lluviosos, de inviernos fríos y primaveras claras, donde los jardines ennoblecen patios llenos de pilistras y damas de noche, de buganvillas que reptan por la cal para recoger  y se guardarse el rumoroso canto de un canario cuando la mañana comienza a asentarse en la retícula marmórea del suelo.

            Hoy he vagado, aprovechándome del tiempo que se me ha regalado tan generosamente, por los recodos y plazuelas de una ciudad inesperada, presentada de improviso a mi nostalgia, por la estrechez infinita de calles donde cabe el mundo en la envergadura que delimitan tus brazos. He gozado con la angostura de los callejones que se me iban abriendo al recuerdo, donde las filigranas de unas rejas retienen los clamores de una declaración de amor, de confesiones que fueron transcritas en los pétalos de unos claveles que curiosos se asomaban al pretil de un tiesto de barro o la mejilla inocente de una joven ruborizada por un beso furtivo y robado.

            Hoy, de manera imprevista, me he visto inmiscuido en una suerte de hechizo, de sortilegio provocado por un torbellino de sensaciones que se habían asentado en mi espíritu invernando las sensaciones, incluso ocultándolas, que puede ofrecer un paseo por donde quedan halos de vida, suspiros de anhelos prendidos del sosiego y conmociones que llegan envueltas en el celofán translucido y nítido del silencio para revitalizar y recuperar el tiempo nos fue sustraído por las necesidades vitales, siempre rodeadas de prisas, pesadumbres y desasosiegos que procuran el robo de las horas al reloj.

            Ahora, adocenada el alma a las sacudidas de lo imprevisto, fundida en la candidez de la fragua sentimental donde se moldea la esencia de la ciudad habitable, vuelvo con el amargor del abandono al ámbito que destroza el candor que se me mostró de manera tan inesperada y tan sorpresiva, aún teniendo conciencia de su existencia, aún habiéndola disfrutado en otras ocasiones y de la que me desprendí, casi sin darme, cuando alcancé esa edad en las que las responsabilidades me hicieron preso.

            Por eso ahora os pido que no divulguéis este secreto que nos trae el aire cálido de una mañana de invierno, que no trasmitáis esta grandeza preservada de la ciudad que no quiere verse relegada a la cateta modernidad de unos pocos que creen que el progreso pasa por destruir lo antiguo y bello que todavía se atesora en el valle perdido de la memoria, no sea que nos vuelvan a castigar con otra sin razón de groseras y gigantescas setas que crecen al estimulo de la especulación.

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