Radio y cofradías

         Sin título Vienen las tardes preñadas de sombras, de un umbrío presagio sobre fríos y luces que se tiñen de tinieblas apenas el sol comienza su declive en el orto celestial, que se nos muestran tras un velo que dulcifica los ambientes y van tejiendo paisajes de grises  mientras las sombras de los árboles con sus ramas desnudas, sin hojas, alfombran las aceras y tiñen de nostalgia las aristas de la memoria. ¿Quién no recuerda, pasados los primeros días de noviembre, atrás el dramatismo de la fiesta de los muertos y de todos los santos, el humo de una castañera meciendo el aire de una esquina, acompasando las brisas vespertinas para desasirlas de estrías gélidas que van marcando sus muecas en tabla donde se para el tiempo, donde se impregna la imagen? ¿Quién no celebra el retorno de un abrigo y una bufanda que nos cubría la cara, de unos guantes de lana procurando calor a unas manos, mientras dibujábamos nubes de vahos exhalados? Aquél era el termómetro con el que se computaban los fríos.

            Eran esas tardes del primer invierno, aun cuando en las calendas faltarán fechas por tachar, para que el solsticio se convirtiera en fiel de la balanza y decantara el declive de los días e iniciara una cuenta atrás sentimental, un deshacer el camino que el tiempo nos iba delimitando alargando las esperas y acumulando impaciencias, cuando recuperábamos la memoria oyendo cintas magnetofónicas que retenían las voces que soliviantaban nuestras emociones, que nos devolvían a los instantes que creíamos perdidos, a los lugares que desgastábamos de tanto pasar, una y otra vez, mientras nos sorprendíamos con los sonidos que alteraban los ritmos del alma. Eran las voces de la ilusión que retornaban a destiempo para involucrarnos en el sueño que habría de llegar, que habría de concretarse en los inicios de la primavera.

            Programas de radio que nos alertaban del gozo y removían las aguas de las emociones, envasadas en el cristal de la nostalgia, sin que nos importara la reiteración de las palabras, de los sones musicales, de los versos que alimentaban y fortalecían las ansias cofrades. No había recoveco en el corazón que no atestiguara un sentimiento, ni euforias que se pudieran controlar. Eran llegar los fríos y el ambiente doméstico del que éramos dueño, se anegaba de marchas procesionales y escalofríos. Nuestro único sustento cofrade venía de la recuperación de los programas de radio que habíamos tenido la precaución de conservar.

            Hoy retorna a las ondas “El llamador”, el buque insignia de la información cofrade radiofónica. Apenas hemos cruzado la medianía del invierno y ya nos revuelve los instintos con su melodía de cabecera. Viene para provocar las emociones, para hundirme en la reminiscencia del tiempo, en lo sustratos de la memoria de otras voces que alteraban mis conductas. La Voz del Guadalquivir, ponía en las ondas sevillanas Sentir Cofradiero, con Agustín Navarro dramatizando las poesías de Rodríguez Buzón, Antonio Osuna o Florencio Quintero; desde Radio Sevilla, Filiberto Mira inscribía, en el libro del futuro, los nombres de unos jóvenes que hoy son pilares de nuestras hermandades, base sobre la que se solidificó el magma del amor hasta llegar a convertir Cruz de Guía en el programa de referencia para la juventud cofrade. O Sevilla paso a paso, en Radio Peninsular, en donde D. Francisco Montero Galvache nos introducía, con su profunda y generosa voz, en los entresijos y vericuetos de las cofradías, aportando luz a nuestro natural desconocimiento. Y Saeta. Aquella introducción, la voz cortando el aire, de Manuel Centeno  -“Silencio pueblo cristiano…” que nos ponía en frontispicio al Señor del Silencio, mientras la palabra iba perforando nuestros sentidos, en la melosa y cadenciosa locución de José Manuel del Castillo –“se dice…”- y Chano Amador resolviendo el enigma, bajo la dirección de Carlos Shlatter, primero en Radio Vida, germen que se convirtió en sueño con la COPE.

           Hoy se descorre la celosía del tiempo y deja al relente mis emociones, la confusión de una época que dormita en el fondo del alma y que se despereza para devolverme la alegría y retornar a la juventud cuando la ilusión transitaba por las ondas hertzianas a los sones de Amargura.

 

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