La cuadrilla del Cristo de la Sentencia*

Publicación1Allí estamos. Media cuadrilla delante del Cristo de la Sentencia. Joviales, unidos ya por el abrazo aun cuando quedaran muchas horas para ungirnos en el definitivo. No recuerdo el año, pero allí estamos. Sonriendo con premeditación pero si alevosía, que los impulsos de la devoción surgen de improviso, porque nos esperaba la gloria sumergidos en las galeras de esta impresionante nave de amor. Un grupo de amigos dispuestos para la mejor labor, para entonar los salmos de la redención que tienen su pretil coral en el barrio de la Macarena, en los aledaños de las antiguas huertas que se transmutan en el tiempo y se hacen presencia en los ojos, en las manos, en las voces y los vítores de su gente, cuando el sol alcanza el orto del universo. Un clamor popular que llegaba a través de los orificios labrados en los respiraderos, no para aliviarnos del cansancio y dotar al cuerpo de oxígeno, que no nos hacía falta, sino que nos llegaran los clamores populares, las aclamaciones multitudinarias que son seguidas cuando se quiebran las emociones en el alma y brotan incontenibles para ensalzar la figura del Sentenciado. Si la Virgen lleva consigo la Universalidad de la belleza y la devoción, este Cristo es el sentimiento y el asentamiento del fervor del barrio, lo que distingue su carácter, profundizando en la religiosidad que se ancla en los mostradores de las tabernas o en el mensaje salvífico que en la calle Parras, en una pizarra y con tiza, se manifestaba con  un Viva el Cristo de la Sentencia.

La imagen nos recupera al tiempo pasado, aquel instante eterno en la espera y convertido en suspiro cuando traspasábamos las lindes del territorio que encontraba tras el muro aterciopelado, cuando nos fundíamos en la oscuridad aún sabiendo que éramos parte del estallido lumínico que se presiente en los ojos del Señor, en el aviso de salvación que van reluciendo en la cruz que forman sus manos y que nos invitan a tomarla, a seguirla, a quererla y hasta a fundirnos en el sufrimiento. Nunca el tiempo es tan fugaz como cuando nos fijábamos a la trabajadera y nos fundíamos para convertir la comunidad en un solo espíritu, en una sola fuerza capaz de trastocar la física y la teoría de la gravedad. Newton no comprobó en sus tratados que había gente capaz de invertir sus teoremas y que en vez de ser atraídos, elevábamos nuestros corazones al lugar del cielo donde reside el amor.

Éramos felices, como lo serán ahora, casi treinta años después, quienes tienen el honor de transgredir las espesuras de la razón  y procurar la conversión al amor que pregona Cristo. Éramos felices, porque nos sentíamos cerca de la dicha, porque sabíamos que los esfuerzos nos unían, porque estábamos convencidos de la necesidad de Esperanza que se postra en los bordes de las aceras y comenzaban reconciliarse con la ilusión transfigurada en sus rostros, con la alegría de saber que en las lágrimas habitaba el sentimiento de un recuerdo, la emoción de un padre que los instruyó en la sensibilidad del cariño, de la voz de una madre que reclama por su nombre, a uno de los que iban debajo, de un humilde macareno que no tuvo más sueño, ni mayor pretensión, que se fiel a su devoción.

Esta foto nos entrega la condición de los recuerdos. Esta foto es la ratificación de la existencia de Dios. Éramos conscientes de la responsabilidad que adquiríamos con el trabajo, con la forma de realizar la estación de penitencia con nuestra Hermandad, hombres niños capaces de vencer los miedos, de relegar de la soberbia para sumirnos en la dependencia de esa mirada sencilla y alegre –fijaos cómo le brillan los ojos, como se personifica en su semblante la servidumbre y la entrega- que nos obligaba, que nos obliga, a transmitir sus palabras, sus hechos, sus mensajes y sus silencios.

Allí estábamos. Nos llamó y acudimos, sumisos y prescindibles. Ser costalero macareno es un marchamo de la mejor condición, es personificarse en elemento transmisor de la Esperanza. ¡Qué suerte tuvimos, verdad! Un grupo de amigos, de cristianos, convertidos al amor por el Cristo de la Sentencia.

*A todos los que pertenecieron, pertenecen y a los que aún no saben todavía que ya han sido elegidos.

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