Guárdame el secreto

Avda. de la Cruz RojaGuárdame el secreto, ése del que te hiciste cómplice en el tiempo de la ilusión. Deja correr el viento por las calles de la inocencia, que se manifieste, si acaso, cuando los ojos vuelvan a recorrer los espacios que creíamos perdidos. Deja que las palabras sigan entumecidas en las esquinas donde quedaron prendidos los besos que no dimos, los abrazos que omitimos porque éramos -¿seguiremos siéndolo?- prisioneros de nuestros propios recelos, de las dudas que imponían la parquedad de la edad y la trémula sensación de padecer mal de amores, esa fiebre que alienta los corazones y los eleva a la cúspide del deseo para luego estrellarlo, sin piedad ni misericordia, sobre las heladas simas donde reside la pena.

            Deja pacer el tiempo irrecuperable en los hábitats de la nostalgia donde se izan gloriosos los recuerdos, imágenes irreales ahora, aunque un día tuvieran cuerpo, guardaran alma y el hálito de los ficciones engañara a la realidad que fantaseaba con poderse concretar, en poder cristalizar aquella quimera en verdad.

            Guárdame el secreto de aquellas madrugadas tibias donde el barullo de palabras se convertían en cuentos, en historias de aventureros que mataban a dragones por retener la mirada de la amada, por conseguir un suspiro exhalado por los labios que sus labios añoraban, por la caricia trémula recorriendo la tersura del cabello, por mantener la sonrisa en la prisión de sus sueños, por conseguir que sus suspiros surcaran y alentaran los senderos que fueron marcando las dudas del ser o del no ser, del te quiero o no te quiero.

            Guárdame el secreto de aquellos primeros recelos que corroían entrañas, que deshacían respetos de amistades cercanas, que procuraban los celos infundados y baldíos, que animaban las mentiras y procuraban desaciertos cuando la mirada huía hacía los misterios de una expresión extraña y convertían los campos de la alegría en paramos desiertos, en estepas desoladas por los vientos de la rabia y los fríos desalientos.

Guárdame el secreto del sonido del silencio buscando amparo en la esquina, arañando y creando recovecos en las paredes vencidas por los años, socavando la blancura de la cal que caía desprendida y sembraba las aceras con cascotes de amargura mientras la tarde pasaba y se vencía en la sorpresa de un vencejo que pasaba rasando aquella vereda, alisando las turbulencias de la insufrible espera, soterrando la paciencia que se hacía por minutos insufrible.

Sé guardián de las vivencias que han quedado en tus calles, sé custodio de las sombras que surgieron del ensueño y reivindican sus vidas, recobrar los alientos que fueron fortaleciéndose con sonrisas, con la despreocupación de los juegos, con las bromas que ideaban para surtir y cubrir con simpatía los momentos del asueto, del tiempo recuperado que ya dábamos por muerto y que se hizo presente, en un solo pensamiento, cuando volvieron mis pasos a deshacer el camino que fue marcando la ausencia de estos años.

Ayer regresé al barrio donde vive prisionero mi recuerdo, el tiempo de mi juventud. Solo quedaba el silencio. Ya no asombra el parpadeo de los neones del cine, ni en la esquina hay presagios de sonrisas que anuncien alegrías nuevas, ni anhelos de ansiadas esperas. Queda el hálito del viento que va susurrando la elegía de nuestros primeros sueños, la canción del desespero por encontrar los oídos que quieran escuchar el duelo de un pasado redivivo, ése que tú y yo sólo sabemos. Sigamos siendo cómplices y guardemos el secreto. Tal vez algún día podremos poner sobre un lienzo, sobre un trozo de papel o escribirlo sobre el propio firmamento aquellas tardes en las que fuimos dueño del tiempo, ese bien que nos arrebataron para fundirlo en aranas y ponerlo a los pies de los dioses del mañana. Guárdame, barrio mío, este secreto hasta que vuelve a por él para alojarlo en mis sueños.

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