La cercanía de la Esperanza

          10845626_411266985708597_5481993396399554354_oToda solemnidad se hace presencia en el ambiente como loa y muestras del amor hacia la Madre. Toda la grandeza que rodea a la ceremonia se empequeñece ante la presencia de Ella. La dignidad de los cánticos, de la proclamación de los salmos, de los ritos que regresan y se materializan para conformar el conglomerado litúrgico que se otorga como ofrenda para depositar a las plantas de Quién es capaz de procurar la buenaventura con el hito de su mirada, se diluye en la ambrosía que mana de la serena belleza que preside y engalana esta estancia de recogimiento y oración, estos mármoles que hacen acopio de la grandeza y sabiduría que implantaron la sencillez y la voluntad de los hombres para rendir pleitesía a la Madre de Dios.

            Toda la fortaleza de los cimientos que se izaron para sostén de la Gracia, todo el poder de los muros que se elevaron para recoger la Palabra, toda la argamasa que se empleó para soportar los rezos, toda la materia utilizada para acaparar las miradas se han eclipsado cuando aparece esta Reina que se muestra valiente y altiva en el precipicio del camarín que la salvaguarda, más cercana, tan inmediata que pareciera expuesta en la nube que la elevó a la gloria.

            Todo el clamor del saludo, la salve que se entona como preámbulo del epílogo de estos siete días en los que se proclama su nombre como muestra de salvación, como recuerdo inequívoco de que somos transición por este valle de lágrimas y que solo el consuelo de poder Contemplarla nos hace más llevado nuestro sino, porque al final del camino se hará realidad nuestro sueño, se concretará la utopía de reposar en el lecho que nos tiene preparado en su regazo.

            Toda la sabiduría que soporta la tradición se derrumba en el amor que mana de la fuente inagotable de sus ojos, cualquier premonición salvífica para nuestra almas pasa por un instante de admiración, sentado frente a Ella, invocando su mediación para la redención que se reclama, un instante de oración es vencer el paso del tiempo, una lágrima recorriendo la amalgama de las manos, la mejor meditación. Todo lo demás sobra, toda la magnificencia el boato se resume en la mera condición de sentirse beneficiados por una gracia de Dios, la que otorga la grandeza de su cara.

            Siete días que sumergen en la gloria a la gente de la Macarena, siete días de oración para rendir pleitesía a la luz que guía el mundo, al faro que nos señala la senda de la ilusión. Siete días de venturas que alegraron el corazón, que rejuvenecen el alma, que altera la condición humana; siete jornadas de conversación cara a cara, siete días que reportan claridad para el sendero que nos guía a la gloria, siete de días de preparación para alcanzar la memoria e instituir la razón de la locura, la cordura de la sinrazón que se asienta en nuestro ser cuando se vencen las sombras en el amanecer, en la mañana del Viernes Santo. Siete días para el desprendimiento de la prudencia innata a la condición humana y convertirla en la expresión sentimental que rebosa y se derrama del interior hasta secar las cuencas de nuestros ojos; siete días convocados a la revisión de la calma que precede a la gran tormenta que se desatará cuando la luna cubra de plata los tejados y azoteas, los terciopelos morados y el merino de las capas, el vidrio de las miradas y la voz de las garganta, las proclamas de realeza y los silencios que cruzan el aire de la mañana pidiendo que esta locura perdure, que no se deshaga y convierta en recuerdo el instante.

Siete de días que nos llevan desde el cielo hasta la tierra, a comprender que lo humano es efímero, que solo perdura su gracia, que sólo hay un cielo habitable donde descansar tras la dureza de la marcha, el amparo de su pecho, misterioso hogar donde reponernos de la turbación que supuso caminar por esta vida.

Siete días con Ella, aturdidos a sus plantas. Todo quedará en la nada, no hay propuestas que se hagan que no sean confortadas, arrinconadas cuando traspasas la puerta y te encuentras su mirada. Ahí quedas rendidos, a merced de su Palabra, de la grandeza  que entronca con la mirada de Dios y el dogma de su Esperanza.

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