Una anécdota de la semana santa

Virgen de la Candelaria (5)Fue en una noche de primavera, cuando en el cielo se va conformando el preámbulo luminoso para mantenernos en vilo el espíritu. Habíamos acudido, con el ansia al descubierto, con la necesidad de encontrarnos con el prodigio. Uno nunca sabe cómo se aparecerá, ni cómo se presentará ante nosotros. Es un deambular por los senderos por los que transita la sorpresa, intentar alcanza es el propósito principal, porque sabemos cuán huidiza es, cuanto gusta flirtear con la rutina hasta seducirla y transformarla en inigualable, cómo le gusta embelesar al tiempo con sus veleidades, con sus caprichosos menesteres. Por eso huíamos de los lugares inhóspitos, de los habituales donde se aglomeraba el gentío. ¡Qué difícil era desadiestrar la razón, la cotidianidad de las costumbres, desasirnos de los hábitos que adquirimos con el transcurso del tiempo! Queríamos apartarnos del ámbito sobrecogedor, acercarnos a lo rutinario, buscar el envilecimiento de la tradición. Sólo Núñez de Herrera fue capaz de conseguirlo, de traspasar la visión gloriosa para glorificar lo cotidiano, lo usual mostrarlo como extraordinario. Sólo tenía que apartarse del ombligismo narcisista y exhortar al impulso ebrio de las sensaciones a mostrarse. Hurgar en la tradición para decapar los primeros estratos y holgar de los pensamientos.

            Fue una noche de alientos contenidos, de sensaciones que querían concentrar la atención en la extensa y precisa devoción que se presentaba a la contemplación, a la mirada piadosa que de soslayo no deja de otear las protuberancias de una joven que distraída en la visión tal vez nueva para ella, de ahí su ensimismamiento, al rezo bisbiseado que aletea sobre los hombros de este pueblo que precisa de sus Imágenes para poder concentrarse, para atraer el mandamiento teológico que representa cada misterio que procesiona. El misticismo de elevaba con la premeditada oscuridad de la calle, donde las farolas habían sido apagadas y solo la luz de los cirios sostenidos sobre el cuadril procuraban una luminotecnia siniestra. Apartada la luz confiere al espacio una sensación decimonónica. El recogimiento de nuestros ancestros se mostraba con aire de nostalgias. Al final de la calle aparecía la Virgen, íntima y bellamente presentada, como la doncella de los salmos, como los anuncios que los grandes profetas preconizaran, sobre el ascua de luz de bella candelería que le profería una apariencia decimonónica, tal vez premeditada esta presentación. Toda la majestuosidad de su palio embelesando a los escasos devotos que nos apostábamos en las orillas de la vía, toda la musicalidad para Ella concebida, enalteciendo los espíritus, todo el aroma de los naranjos, recién nevados de la flor que los hace regios acompañantes de las esperas, dulcificando el ambiente, todo el misticismo popular manifestándose en la emoción incontenida de una voz que recita la oración aprendida y heredada. La voz del capataz llegaba con la nitidez de la proximidad. Las órdenes concisas eran obedecidas por la cuadrilla, que se esforzaba por dotar de brillantez el caminar de la Santísima Virgen, el esfuerzo convertido en rezo. El paso se arrió, para contento y regocijo de los que nos encontrábamos más próximos, y levemente se posó sobre el de adoquines. Una pausa en el tiempo, un receso en la continuidad del espacio, porque el firmamento venía a presentarse, con toda su extraordinaria brillantez, a nosotros. Sonó tres veces el martillo, la plata que quiebra el silencio para avisar, para desposeer al descanso de su quietud. Se adivina un movimiento bajo las trabajaderas porque la tersura del terciopelo de los faldones ha temblado, se ha rebelado contra la inercia cuando se han acomodado los costales a la madera de la trabajadera. Vuelve la voz ronca a solicitar la atención de los valientes. La mano sostiene el argénteo aldabón en vilo. De pronto el horror que se presenta en forma de error, en el pretencioso gesto del capataz que quiere jactarse de su pinturera importancia, el llamador que cae de improviso, el caos se hace dueño de la uniformidad en el empuje, el paso que se eleva esperpénticamente, lo místico derrotado por la rotundidad de la aseveración, de la voz que traspasa aquel castillo de murallas aterciopeladas que les protege del mundo y que se muestra incapaz de contener el exabrupto que aparejaba la indignación del costalero: “Un mojón pa nosotros”.

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