Un pañuelo para María

mjose2No conocíamos a María, personalmente, pero desde el primer momento en el que tuvimos noticias de su existencia, se entablo una relación en la que no quisimos confundir los términos. Nos negábamos a sentir pena, lástima, por ella. Nos producía una inmensa ternura, una gran alegría, saber que luchaba. Porque maría era una luchadora nata, una de esas personas que nacen predestinada al combate, a enfrentarse a la dureza de la vida. Yo la imagino alegre, rodeada de los suyos, en los momentos en las que la enfermedad le otorgaba un respiro, en los instantes en los que podía sentirse desasfixiaba del rigor del dolor, de la incapacidad que provoca y atenúa la libertad.

            La distancia no significa una traba. Apenas cruzamos el primer mensaje y ya habíamos limado las líneas kilométricas que nos separaban. Son esas cosas que pasan cuando tienes una responsabilidad que afecta a las emociones. Desde que acepte mi puesto quise desprenderme del oficialismo institucional que rodeaba el cargo, arrancar esa aureola con la que quieren imponernos. No sé si he logrado el propósito. Soy de los que piensan que la casualidad no existe, que estamos ligados a la causalidad, a los designios de la Providencia, que marca el camino y la fortuna. Desarraigar el oficialismo fue una de mis premisas. Pronto me dí cuenta de lo acertado de mis actitudes. El mejor patrimonio, el más valioso y precioso de los bienes de una hermandad, tras las Sagradas Imágenes, son sus hermanos, y los devotos que se acercan para crear un ambiente de confidencialidad entre Dios y ellos. Ése es el mejor de los tesoros.

            Los padres de María enviaron un email desesperado. La niña tiene tres años y padece una enfermedad muy grave, tanto que en su corta existencia, no llega a reconocer del todo las paredes de su habitación porque ha pasado, casi toda su corta existencia, en una estancia del hospital. María tiene una vitalidad excepcional, me decían. Y a fe que las palabras, aún en la frialdad de una pantalla de ordenador, que no hay cosa más impersonal, alteraron la tranquilidad de mi ser. Habían oído comentar, a una religiosa del centro sanitario, donde se trataba al niña, que la Virgen de la Esperanza hacía honor a su designación teológica, que eran muchos los sanados tras la invocación de su nombre, muchos los que había recuperado la fe y la vida cuando pusieron la suya en sus manos, cuando alguna prenda de su celestial ajuar se depositaba en su cuerpo, muchos que se había desprendido de sus dolencias refugiándose en su mirada y en su rostro. La desesperación de estos padres, la hija empeoraba, le hizo ponerse en contacto con la Hermandad. Desde Valencia llegó la llamada de auxilio. Pedían un pañuelo de la Virgen. Tenían la fe, de la recuperación de su niña, depositada en los encajes y texturas de una prenda que estuvo en las manos de la Madre de Dios. Nos demoramos un poco porque no todos los días se cambia este lienzo que atesora todas las gracias. El retraso provocó el llamamiento consternado de los padres, aún no lo hemos recibido y nos urge que María lo tenga. Este grito de auxilio aceleró los procesos. Le enviamos el pañuelo. Recibimos las emocionadas palabras de la madre en respuesta al envío. Quedamos en mantener correspondencia sobre la evolución de la enfermedad de María.

            Hace unos días, la especialista pediátrica que llevaba a la niña, se desplazó a Sevilla para participar en un congreso médico. Lo primero que hizo, me cuenta, fue desplazarse hasta la Basílica para ver a la Virgen y para darme las gracias por el envío del pañuelo. Aún ahora, cuando escribo esto me tiembla el pulso. María no había podido superar la enfermedad y falleció. Pero allí estaba la mujer, dándome las gracias y un abrazo, que traía de la familia, por las atenciones y por el bien que estaba haciendo el pañuelo, la prenda donde se aferran ahora unos padres desconsolados que se refugian en su blancor y sus ribetes, porque sus padres hallan consuelo en este trozo de tela en la alegría de saber que María reposa y se acuna en los brazos de la Virgen.

            Nada es casualidad. El pañuelo consuela y da alegría, como lo hace desde su camarín, cada día del año, La que se presenta ante nosotros para otorgarnos la gracia de la Esperanza. Ahora, ya conocemos a María.

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