Memoria íntima de la Semana Santa I

foto3Apenas traspasábamos el umbral -¿recuerdas amigo?- y ya nos recibía la buena nueva. Aquella semipenumbra que nos abrazaba y nos envolvía en un halo de misteriosa algarabía, que no traspasaba la línea de nuestros ojos pero que se manifestaba con inigualable algazara en el interior del alma, era la primera constancia del tiempo que se volcaba ya hacia nosotros sin ninguna remisión, la inexorable certeza de la inminente llegada de los días que ahora se nos mostraban ya tan cerca y que apenas unos instantes antes no eran más que fechas inalcanzables, tan espaciadas en el almanaque de aquella otra de palmas y celestiales azules, que apenas podían vislumbrarse en la línea del horizonte de la emoción.

            Era un sin vivir, un imposible, controlar aquella conmoción que alteraba los sentimientos. Aquel aldabonazo sentimental nos transportaba a la culminación de la espera. Ahora, cuánto se pudiera vivir, cuánto se pudiera acaparar, cuánto se pudiera retener en la retina del alma, sería el preciado tesoro que habríamos de guardar en el arcón de la memoria, para luego poder rastrear durante todo el año en sus entrañas y rescatar la prenda para dejarnos embargar por la nostalgia.

            Salíamos, en aquellas tardes de la incipiente primavera, a saborear el cielo azul, a deleitarnos con sus cálidas caídas, a descubrir nuevas variedades pictóricas en el atardecer que inmediatamente adjudicábamos a una cofradía en lugar determinado, sin saber que la ciudad nos engañaba ahora para sorprendernos después, que la cromática intensidad vespertina iría variando conforme languidecían las tardes cuando la luz derrocaba a las sombras para hacerse patente claridad en la salida de la Vera-Cruz o en la jubilosa entrada de la Borriquita.

Nos instruíamos con nuestras propias experiencias, asimilando la de nuestros antepasados, incluso atreviéndonos a corregirlos, con la valentía sin complejos de la infancia, con la inocencia de la primera juventud, cuando aún no se poseen los juicios y los valores suficientes con los que la experiencia y los años van perforando el corazón hasta introducir el saber reposado que la historia. Asimilábamos todo cuanto nuestros sentidos podían captar. Nuestras aulas fueron las calles, las plazas, el ir y venir en la búsqueda de una cofradía que aún era proyecto en la tiniebla de una capilla, en el frotar la plata de unos varales para que el sol sintiera celos de su resplandor, en despejar la hermosura de una insignia, que oculta a la visión durante todo un año, ahora se nos mostraba orgullosa y altiva, pletórica de belleza.

 con esas cosas minúsculas que engrandecen el alma de quienes saben captarla, y que se aparecen de improviso tras una esquina, el regocijo de una multitud o en el silencio incólume que va  esparciendo una cruz amorosamente apresada.

Descubrimos las vísperas abriendo nuestros sentidos a esta conjunción de ciudad y fe, retrayendo hasta nosotros las voces de los antepasados advirtiéndonos de esta maravilla que nos rodea, recogiendo los frutos de la siembra de quienes precedieron en el amor y la dicha, sin darnos cuenta que empezábamos a esparcir nuestras propias simientes para que hoy otros jóvenes comenzaran a vivir la pasión de la Semana Santa.

Ayer como hoy, como mañana, hemos de corresponder con la herencia que nos legaron y de la que tuvimos primera conciencia –¿te acuerdas amigo?- cuando atravesamos el umbral de una iglesia y se nos mostraba, escondida y todavía temerosa, la parihuela desnuda, como el comienzo de un sueño.

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