Memoria íntima de la Semana Santa II

benito5Por los ventanales de las aulas del instituto se colaba todo el oro de la tarde, todo el esplendor luminotécnico del sol que buscaba ya el horizonte aljarafeño para dejarse caer en los brazos de Morfeo, dotando a aquel espacio pedagógico de una fluorescencia casi mágica por las reminiscencias sentimentales que nos traía. Se le sumaba la calidez de la primavera ralentizando el paso del tiempo y la mente se obnubilaba vencida por el sopor y el candor de estas horas vespertinas en las que las monótonas explicaciones sobre física aumentaban las ínfulas de la imaginación y más de uno fue sorprendido cuando rendía pleitesía a la diosa siesta.

            Otros, por el contrario, ya vislumbrábamos en aquello espasmos luminosos que recorrían las vidrieras las señales de la inminente llegada del tiempo de la gloria, ése en el que la ciudad era atravesada por las hermosas comitivas que llamaban a la fe y al encuentro popular, en esa extraña simbiosis que conjuga religiosidad, sentimientos y tradición, y que siempre avanzaba su mensaje presencial con una cruz de guía. Eran tiempos pausados donde la prisa solo se hacía presente en nuestras almas, en el jubileo que se presentaba porque nos creíamos deudores del tiempo, de su paso, ignorando entonces que todo tiene una medida y que por mucho que nos esforzáramos no podríamos evitar su fuga, igual que el agua se nos va de las manos por mucha fuerza y tesón que pongamos para retenerla. Fuímos aprendiendo lo conveniente de disfrutar el momento, de intentar retener la imagen de la Virgen de Madre de Dios de la Palma venciendo la oscuridad de la plaza de San Pedro, o apresar el instante mágico en el que los sones de la Centuria Macarena, taladrando el aire de marzo, nos ponían sobre alerta de la llegada de la Hermandad de San Bernardo a la Alfalfa.

            Con un poco de suerte, tal vez porque en ellos también habitaba, y con mayor profusión quizás, la ensoñación de los días santos, el profesor aparcaba en el estrado su condición pedagógica y adquiría la de guía sentimental de sus recuerdos, transportándonos a su tiempo, haciéndonos partícipes de sus vivencias, inoculando en nuestros sentimientos parte de los suyos, en esa hermosa transmisión de espiritualidad popular en la que todos somos partícipes de la fiesta, de la religiosidad entendida al sevillano modo. ¡Cuántas lecciones de dibujo técnico se vieron suplidas por el recuerdo de viejo nazareno de la Amargura que tenía el privilegio de ser testigo de esa mística conversación de la Virgen con las vírgenes! Nunca, ahora que se ve desde la distancia, se nos aseguró mejores enseñanzas, nunca tuvimos mejor adiestramiento ni aprendimos tanto que en aquellas clases en la que los conocimientos nos llegaban desde la emoción de la voz del viejo profesor, del viejo cofrade, para hacernos mejores personas. Jamás tuvimos mejores lecciones catequéticas que las que nos fue dictando aquel recordado profesor de literatura refiriéndose, y citando con asiduidad, a un viejo amigo de su infancia, que escribió un pequeñito libro sobre Teoría y Realidad de la Semana Santa de Sevilla. Las pausadas lecturas, de sus diferentes capítulos, sí que fueron decisivas para que muchos de aquellos alumnos ociosos y vencidos por el narcótico de aquella luz vespertina de la primavera, descubriesen el verdadero sentido de una fiesta que nos trae la religiosidad envuelta en manifestaciones de carácter popular.

            Aquellas palabras iban configurando y materializando escenas en los cristales mientras la luz continuaba su periplo inundando la estancia que iba adquiriendo la misma tonalidad de una tarde de martes santo cuando la Candelaria atravesaba el dintel de San Nicolás para confabularse con el aire y dejar prendida su belleza en el arco intemporal donde continúan, como en aquel pequeño librito, cuantos habían acudido a ver la salida de la cofradía y a participar de su hermosura.

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