Memoria íntima de la Semana Santa III

amarguraEra la noche, celosa de su belleza, la que robaba el aura a la luna para aparecer más hermosa, para desprenderse de las tinieblas que la rodeaba, despropósito de la locura de un amor que se antojaba imposible. Se acicalaba vertiendo el cosmético argénteo sobre la espesura oscura que se apoderaba del recinto público. Nadie podía quitarle aquel momento. Envidiaba la noche al aire porque sus manos podían robar caricias de la mejilla de la niña guapa que se espejaba en los cristales de una ventana. Cuántos anhelos perdidos, cuántos sueños inalcanzados, cuantas ilusiones robadas a la madrugada para guardarlos en el firmamento. Sólo ella conocía el secreto de aquel tapiz de azogues y brillos estelares que había frisado con la única ilusión de confeccionar un manto para posarlo en sus hombros. Cada estrella era un beso, cada lucero una sonrisa para enamorarla. Aquel ver sin sentir, aquel no poder tocar, la mortificaba y la hundía en las miserias de lo inalcanzable, en un mal de amores que la sumía en la tristeza.

            Buscábamos aquel tumulto de silencio que La rodeaba como el maná venturoso que sació a los israelitas en su tránsito por el desierto. Así nos encontrábamos, ahítos de su gracia, un don que todavía no nos había sido concedido. No importaba la espera, ni el cansancio que ya se acumulaba en las piernas. Omitíamos cualquier sonido que pudiera destrozar el encanto, envilecer el momento, el rumor que nos traía la admonición de la belleza que estaba por llegar para descubrirnos el nuevo paraíso, ese que ya estábamos empezando a conquistar a base de suspiros, de embelesamientos y que se nos comenzaba a mostrar ya por la esquina con el resplandor cálido, ascendente y trémulo que se proyectaba en las paredes blancas transmutándolas en pantallas celestiales, acercándose a las aristas que delimitaban el cielo y la tierra para, en tan solo la eternidad de unos segundos, invertir los espacios en tierra y cielo, conversión celestial que iba en consonancia del camino que recorría Ella. Aquella visión significaba la primera noción de la grandeza que estaba por llegar, la premonición de un suceso emocional que turbaría los sentidos. En los ojos de muchos se adivina una gloria conocida. La espera nos estaba forjando, a golpe a emociones, en el conocimiento de la verdad, en los enrevesados secretos que ocultaba la noche.

            El resplandor de la candelería vino a destrozar el muro de oscuridad, a perforar sus entrañas, para dejar al descubierto sus esencias; a mostrarnos los misterios dolorosos que conforman una mejilla y unas lágrimas, todo un compendio de aflicción en la escena mostrada. La Virgen caminaba con gallardía, pausadamente, proclamando su dolor. San Juan la seguía a pasito lento, guardando las distancias del respeto. ¿Qué ira diciéndole, qué palabras pueden procurar remedio para esa angustia?

            Siguió la noche alterada, anegando de oscuridad su camino. Sólo para ella aquel momento. Menos luz, que nadie le robe su sueño, que nadie ose sustraerle el instante. Aquel idilio imposible.

Y mientras Ella, La que le roba sus sueños, La que osa sustraerle los momentos, surcando aquel mar donde se asienta el amor que van desprendiendo unos ojos, que van proclamando unos labios, que van esculpiendo unos rezos, para ir llenando de luz los espacios más negros.

Cae derrotada la noche mientras la doliente Madre sigue andando, buscando el reposo del templo. A lo lejos, una oración hecha cante, acrecentó el embeleso. Fuimos testigos aquel día del quebranto de un secreto, sin querer, sin esperarlo; cuando pasa por una casa, llena de tocas blancas, donde la bondad se emplaza, donde la Cruz es premisa feliz no quebranto, la Virgen de la Amargura se hace luz y vence al llanto.

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