Memoria íntima de la Semana Santa IV

Cómo llora SevillaLlegó a mí ya vencido por el tiempo, con cierta apariencia de cansado, con el rostro ajado por las cruentas experiencias a las que fue sometido pero en el que se adivinaba todavía un vigor inaudito. Vitoreado en las numerosísimas batallas a las que se vio abocado, conservaba en su voz todo el frescor que le confirieron cuando fue engendrado, cuando vio la primera luz, vigorosa y útil encandilaba a cuántos se acercaban para escucharle. Pregonaba un mensaje de belleza sin igual, sin parangón, con una visión extraordinaria pues nos descubría hechos que, aún estando junto a nosotros, floreciendo en los mismos balcones a los que nos asomábamos para ser testigos del testimonio de fe que se nos mostraba, pasaban desapercibidas a nuestros ojos y por ende, al alma. Quizás por eso, porque llegó de muy lejos pudo percibirse antes de todos esos extraordinarios sucesos, tantos y tan grandilocuentes que enseguida se sintió prisionero de aquella exhibición que se le mostraba de manera imprevista. Sus palabras, confabuladas con el lirismo y la ternura, con la emoción y el sentimiento, fueron sustrayéndome de la realidad, alejándome del mundo que me circundaba y mostrándome nuevas visiones sobre cosas y sentimientos que yo creía ya superados.

            Quienes hablaban de él los hacían con excelencia, con magnificencia, elogiando la elocuencia de sus exposiciones, el montaje de sus relatos que solían discurrir con la agilidad y desenvoltura de un prócer romano, aunque la realidad era otra muy distinta y acudiera siempre revestido de un hábito de humildad.

            Fue durante las tardes de un calurosísimo mes de agosto, cuando el único frescor provenía del patio donde una pequeña fuente adormecía la calima opresiva de los horas centrales del día y donde se acumulaban pilistras, geranios, damas de noches y un jazmín que nos traían los primeros recuerdos de una añorada infancia en un pueblo de la ribera del Guadalquivir, donde tuve mi primer contacto con él y poco a poco fue devorando las horas para hacerme ver cómo una niña asomada a un balcón suplicaba que la pudiera buena, cómo aquellos hombres se dignificaban en el más honroso de los trabajos, sin el que sudor les restara un ápice de recién conseguida nobleza, portando a Cristo o María.

            Aquel pequeño librito, con sus hojas gastadas, con las pastas descosidas, abrió ventanas a mi juventud para acercarme a ese Dios que se mostraba vencido por el peso de la cruz, crucificado expirando por un puente de plata, o me aproximaba a la bendita gracia de la Virgen, haciéndome tan suyo que ya he podido separarme de Ella.

            Aquel mes de agosto, con un calor sofocante, comprendí que la Semana Santa de Sevilla era un terreno inexplorado, que todo cuanto creía saber se difuminaba en la grandeza de su propio ser, que me estaba esperando para conformar, conmigo no con otros, un universo nuevo donde proclamar la divinidad de Dios, que se concilia con el aire para transmitir sus profusos dones, que se materializa en un clavel para revocar cualquier signo de belleza sino va acompañada por la sonrisa de una Virgen, que se transforma en luz para construir el camino por donde Jesús extiende el mayor de sus poderes, que aglutinaba a la luz, la cera y la plata para pronunciar el discurso espiritual más hermoso de la cristiandad cuando los sentidos son capaces de retener el transitar y paso de un palio que enmarca en la estrechez de una calle.

            Todo eso, y algunas cosas más, extraje del aquel librito que el padre Ramón Cué escribió para deleite de los sevillanos, un mejicano que nos confesó su amor por Sevilla y su semana santa, por su cosas y por la religiosidad popular que se ancla en la noche de los tiempos. Cómo llora Sevilla, acrecentó mi interés por el conocimiento de la fe y no hay año que no pase, durante mi estación de penitencia, en la madrugada del viernes Santo, por la estrechez de la calle Feria y busque, elucubrando sobre su posible ubicación, la ventanita donde se asomaba una niña enferma.

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